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Coahuila

Sin coartada

Por Fernando de las Fuentes

Hace 4 meses

“La libertad es un estado de la mente”.
Krishnamurti

 

Sin importar cuántas justificaciones en contrario tengamos, sólo propia, y de nadie más, es la autoría de nuestra vida. Ni las desventuras que nos aquejan ni la forma desafortunada en que nos sentimos se deben a lo que alguien más nos hizo o nos hace; somos sólo nosotros, evadiendo la responsabilidad de asumir las consecuencias de nuestras decisiones, acciones, inacciones y forma de pensar.

Todos, en mayor o menor medida, nos negamos a hacernos responsables de nuestros errores; de manera que comenzamos por negarlos o le atribuimos la culpa a otros, pero cuando ya no podemos hacerlo buscamos a quien trasladarle la factura, porque quedarse sin coartadas en la vida es aterrador. Se acaban los culpables. ¡Imagínese que toda la carga recaiga sólo en usted!

Por eso, la responsabilidad es uno de los atributos humanos más difíciles de asumir y ejercer. Junto con la obligación, constituye la Moby Dick de las capacidades humanas: cargada de obsesión, peligros y derrotas anticipadas.

Sin embargo, aunque suene paradójico, la responsabilidad es condición incuestionable para la verdadera libertad, la de la prisión de nuestras creencias y carencias. Ser responsables es lo único que nos permite tomar el dominio de nuestra propia vida.

En efecto, es aterradora porque nos pone frente a la perspectiva de fallar sin pretexto y, como resultado muy posible, de ser víctimas de las personas necesitadas de poner a los demás en desventaja, porque ¡ah, cómo nos gusta a los seres humanos sentirnos superiores a nuestros “semejantes”!, no obstante los furiosos reclamos de igualdad.

Uno acostumbra batear la responsabilidad con indecisiones, indefiniciones y pesimismo porque cuando algo que deseamos requiere de una firme convicción que no tenemos y la consecuente acción que no emprendemos porque son muchos los obstáculos, evidentemente fracasaremos.

La responsabilidad elimina los pretextos de la bronca inesperada, el impedimento repentino, etc. Todavía peor, nos coloca en la encrucijada del arrepentimiento autoflagelante, porque toda elección conlleva un descarte que, como producto de nuestra tortura mental, pesará más que lo obtenido. Ya conoce usted la tóxica idea de “¿y si me equivoqué?”. Es de las que provocan insomnio llevándonos a darle vueltas y vueltas a lo que pudo haber sido y no fue.

La responsabilidad también nos boicotea la comodidad del victimismo y del sufrimiento, porque si no hay causantes más que nosotros mismos, no hay, solemos creer, razón para sentirse mal, pues familiar y socialmente se nos impide “arrastrar la cobija”. Ya sabe: no llores, no tengas miedo, no estés triste, al mal tiempo buena cara, échale ganas, entre otras expresiones con que la gente evita ser empática, porque no puede ni con sus propios sentimientos, menos con los nuestros.

Pero el día que usted comprenda que puede sentirse como le dé la gana y no como la gente cree que debería hacerlo, es muy probable que asuma la responsabilidad sobre ello, y ese es el comienzo para hacerse cargo de las consecuencias de su decisión de cómo estar.

Cuando sepa bien a bien cómo se siente, sabrá exactamente qué necesita, qué desea, y estará en posibilidad de moverse hacia la satisfacción y la concreción. No estará esperando que alguien se haga cargo de ello, y por tanto no tendrá que manipular a nadie.

Moverse hacia la consecución de sus objetivos, por otra parte, le quitará el miedo al éxito, a ser visto, a descubrir la propia capacidad, porque satisfacer sus necesidades y cumplir sus deseos ya no dependerá de gustarle a los demás.

Responsabilizarse también le hará posible cambiar de creencia cuando quiera, de proyecto, de actividad, de rumbo, porque no será la opinión de los otros lo que determine cómo debe sentirse ni qué debe o no pensar. Le evitará, asimismo, experimentar culpa por la forma en que lo ven y lo juzgan los demás.

Responsabilidad es libertad y ambas son estados del ser, no circunstancias.

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