Cada persona tiene un propósito y camino de vida distinto. Según ciertas filosofías, prevalentemente orientales, la reencarnación existe. Esto significa que la vida que vivimos ahora, en el 2023, es muy probable que no sea ni la primera ni la última de las vidas de cada uno de nosotras y nosotros.
Claro, no sabemos lo que éramos en las vidas anteriores. Hay distintas técnicas de regresión que nos pueden ayudar a tener esta información, pero lo que sí es cierto es que venimos a esta vida, además de para ser felices (como ya lo escribí en la columna del lunes pasado), también para cumplir con alguna tarea pendiente de las vidas anteriores.
Según las distintas teorías de la reencarnación, somos nosotros mismos quienes decidimos hasta en qué familia nacer para resolver algo que quedó pendiente de nuestras vidas anteriores.
Podemos creer o no en la reencarnación (hay estudios científicos que demuestran su veracidad), pero lo que sí es cierto es que, cada día, nos enfrentamos a distintas decisiones que pueden tener un impacto más o menos importante en el rumbo que nuestra vida puede tomar.
Desde decidir qué carrera queremos cursar, hasta la elección de una cierta pareja o, mucho más sencillo, por lo menos en apariencia, qué bebida tomar en una noche entre amigas. Aun sin darnos cuenta, nuestro día a día son una permanente “sliding door”. Los factores que condicionan nuestras elecciones son múltiples: gustos, curiosidad, atrevimiento, creencias o patrones. Estos son los ingredientes que contribuyen a la receta mágica de nuestras vidas. También es cierto que la vida, a todas las personas, nos otorga muchas oportunidades. A algunos más y a algunos menos. A algunos mejores y a algunos no tan “mejores”. No es posible comparar debido a que la historia de vida de cada uno de nosotros es muy distinta.
Pero todos, en mayor o menor medida nos enfrentamos a esas puertas corredizas detrás de las que existen distintas oportunidades. Nosotros escogemos, si recogerlas o, aun corriendo ciertos riesgos, dejarlas ir porque no queremos salir de nuestra zona de confort.
Mujeres y hombres se enfrentan a esas “puertas corredizas” de manera muy distinta a causa de la persistente estructura patriarcal de la sociedad en la que vivimos.
Hace un par de semanas, en este mismo espacio, les conté la historia de Lidia Poët, la primera abogada italiana que a finales del siglo XIX tuvo que enfrentarse con muchos obstáculos para construir un mundo más igualitario y hacer algo que las mujeres hoy en día, en el siglo 21, podemos hacer (casi) sin problemas: estudiar Derecho y ser abogadas.
Las mujeres como Lidia Poët, que desde distintas trincheras luchamos para la construcción de un mundo más igualitario para todas las personas, no solamente nos tenemos que enfrentar a las puertas corredizas de la vida, sino que muchas veces la decisión de si cruzamos o no esas puertas –especialmente en el mundo laboral– implica tenerse que enfrentar (muchas veces de manera permanente) a una serie de desafíos y retos.
En realidad, se trata de obstáculos que van desde manipulaciones sutiles que tratan de convencernos de que si nos sometemos y obedecemos a lo que nos ordenan nos puede ir muy bien, hasta situaciones mucho más violentas que se traducen en lo siguiente: “o haces lo que te digo o te puedes ir”.
Muchas mujeres no están en las condiciones de irse, de escoger otra cosa, de buscar un mejor espacio (laboral, personal, o social). Muchas mujeres quieren llevar adelante el compromiso que asumieron por un sentido de lealtad y responsabilidad.
Pero ¿a qué costo? La lealtad hacia los demás (una pareja, la familia, unas amistades, un trabajo) es un valor importante, pero hay un límite. Y el límite se encuentra en el amor hacia nosotras mismas y nuestros valores, aquellos valores que nos identifican como personas.
Desde la AIDH, enseñamos el derecho con perspectiva de derechos humanos a nuestras alumnas y alumnos, recordándoles siempre el valor fundamental de ser personas, lo que no es absolutamente negociable para nadie y lo que en cambio sí podemos negociar.
La nuestra es una institución, gracias a una serie de oportunidades afortunadas que persigue objetivos de justicia e igualdad para que la AIDH se posicione en el panorama académico nacional e internacional.
Este es el significado de un mundo verdaderamente inclusivo: tener oportunidades que permitan, tanto a hombres y mujeres, cruzar las “puertas corredizas” de la vida (en este caso profesional) sin arrepentimiento. Así como lo hice yo, hace nueve años.
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