Son mucho más que números, que estadísticas; son verdaderos dramas y algunos, muchos por desgracia, parecen arrancados de alguna película de horror. Son las historias de las mujeres, de los niños que sobreviven con miedo al embate de verdaderos monstruos que establecen como lógica de convivencia “familiar”, los insultos, las amenazas y los golpes.
Como mero dato referencial, los delitos de violencia intrafamiliar en la región aumentaron 135% en los primeros cuatro meses del año, respecto al mismo periodo del año pasado, según la Fundación Luz y Esperanza, que estima que solo 50% de los casos llega a los juzgados.
Va otro dato: el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública reportó que entre enero y abril de este año se integraron 3 mil 805 carpetas de investigación sobre violencia en los hogares, lo que significa que a diario se reportaron 32 casos al 911. En el mismo lapso del 2020, se registraron 2 mil 870, mil menos.
Pero estas cifras tal vez no le digan mucho. Finalmente vivimos en una sociedad apática y poco solidaria, pero en esas carpetas de investigación se registran los testimonios de las víctimas y el grado de abuso, en muchos casos, llega a niveles francamente inhumanos.
No se trata de números, se trata de verdaderos dramas en esos hogares en los que se cometen cotidianamente actos aberrantes contra mujeres y niños, y que los depredadores son los esposos y padres, que en la mayoría de los casos quedan impunes.
Sí, esta es una postal de la clase de sociedad en la que nos convertimos y que se replica cotidianamente en cientos, en miles de hogares y que, no solo debería preocuparnos, sino ocuparnos para hacer, cada quien lo que pueda, para inhibir la violencia intrafamiliar.
Podríamos empezar por marcar al 911 cada vez que escuchemos los gritos de mujeres y niños en alguna casa y no hacer oídos sordos a lo que, en cualquier grado, sería ya una desgracia.
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