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Coahuila

Son diferentes, no dementes

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 4 años

¡Oiga no, no estoy gorda, lo que pesa son los bultos que cargo y no me pregunte por qué lo hago, porque es cosa que ni usted ni a nadie le importa!

Es Sara María Hortensia Hernández Licona, una mujer que recorría el primer cuadro de la ciudad, cargando una serie de bultos, principalmente ropa y cobijas, que constituían su recamara portátil, su única pertenencia, pues dormía plácidamente en la vía pública, siempre que no hiciera mucho frío, entonces se iba a la Cruz Roja, donde pasaba la noche calientita.

Sara María era una mujer muy característica en el primer cuadro de la ciudad de Saltillo. Por años la vi deambular cargando “su tambachi”. Quienes la conocieron joven, dicen que era una escultural y hermosa mujer. Lo demás que dicen de ella, no me parece muy adecuado comentarlo, porque a veces la gente inventa cosas y a cualquier dama se le respeta.

Ella decía que se había casado cinco veces y que los cinco maridos que tuvo fueron profesores, que incluso estuvo cobrando una pensión de uno de ellos. Y me pregunta insistentemente que dónde está aquel profesor de educación alto y muy fornidote, que tanto le gustaba.

No sabía con exactitud cuántos años tenía, pero al momento de entrevistarla me decía que su único hijo tenía 38 años. ¡No más échale cuantos”, me casé de 18!

Sara María tenía ya muy pocos dientes y su cara denotaba en las arrugas el paso del tiempo. Yo le calculaba unos 78 años. Tenía dificultad para caminar y se cansaba muy rápido. No se acordaba cómo se llamaba su hijo.

Solo sabía que fue bautizado en Catedral y que sus padrinos fueron José y Margarita.

La entrevista con esta singular mujer se registró en la parada del autobús de Hidalgo y Presidente Cárdenas, hace ya algunos años.

No pude sacarle más información, porque repentinamente se molestó y comenzó a gritarme. ¡Ya lárgate, que te importa mi vida! Y pues tenía razón.

Ella terminó la entrevista drásticamente.

Me despedí de Sara María Hortensia Hernández Licona, presentándole mis disculpas, ante las miradas de los transeúntes.

Repentinamente soltó une enorme carcajada y me dijo:

¡Que te vaya bien, no te acerques al riel, para que no te machuque el tren, mejor vete por el andén, no seas pendejo, ¡Jajajajajaja!”, y la dejé avergonzado. Ella con una risa de pocos dientes, pero muy potente.

Es parte del riesgo de entrevistar a la gente para contar historias, pero no me arrepiento, vale la pena.

Luego les cuento cuando entrevisté a don Hermenegildo Torres, el presidente del Partido Único de Pendejos, El PUP, y la definición de pendejo que hizo de mí.

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