Un viaje hacia uno mismo. Un viaje sin retorno, exiliado en sí mismo. Sin paz, sin guerra. Volando hacia el cielo y bajando a lo más profundo de la tierra. Veo sin ojos. Mi voz, velada, implora amor, vida, muerte. Las notas del piano surgen emanadas de lo más profundo. Años de estudio incansable, infatigable, obsesivo que se evaporan en el futuro. Sin una ruta más que caminar por entre los bosques llenos de notas, de melodías, armonías donde reposar. Y ahí estaba yo, con la partitura en mi cabeza como si brotara de lo más íntimo de mi ser. Un ascenso en octavas, sonaba premonitorio de un sufrimiento convertido en sonido. La abstracción de sentimientos que no se convertían en poemas, sino en canciones sin palabras.
Liszt siempre fue una fuente de intensas emociones, más allá de los fuegos de artificio, de las extravagancias técnicas que carecen muchas ocasiones de profundidad. Y sin embargo hoy lo recordamos casi por eso y no por sus ascéticas aproximaciones a lo que está más allá del sonido, la pureza.
Vuelvo a mis recuerdos, a esas cuatro paredes que huelen a polvo y humedad, donde un piano resuena. Las hojas de los árboles se asoman por una ventana pequeña pegada al techo. Los días transcurren en silencio, donde lo único que impera es el latido de mi corazón anhelante de algo ignorado; las letras de un libro sobre la mesa y el sonido del piano que es como mi voz gritando, cantando, agonizando a veces.
El soneto del Petrarca 104 me retaba con sus arpegios que durante horas trataba de dominar; me cautivaba con sus líneas melódicas más dolorosas y profundas que cualquier nocturno de Chopin. Nace non trovo, e non ho da far guerra; E temo e spero, ed ardo e sono ghiaccio… veo sin ojos, pero percibo con mis manos, de mi cuerpo, el fluir de mis emociones, que vibran. Nada más importaba sino escuchar lo que producían mis dedos, mi interior. ¿Yo soy mi cuerpo o yo tengo este cuerpo? Y aquí estoy, de pie a un lado de mí, mirándome tocar. Peregrinación en la que no importaba hacia dónde iba, no importaba el destino, solamente caminar extasiado de música, absorto en ella.
Liszt también caminó por Italia durante años, mismos que dejó convertidos en música en sus Años de Peregrinaje, donde no solo se desplazaba su cuerpo, también se desplazaba su ser hacia ignotos horizontes. Harían falta años aún para que la paz y el sobrecogimiento de una vida casi monacal, alejada de las enojosas materialidades de la vida llegara a Liszt. ¿Cuántos años me faltarán a mí? rarae aves in terris.
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