Las tres últimas sucesiones del Gobernador siguieron la misma ruta: señalar al elegido con anticipación y darle manos libres; sofocar cualquier atisbo de competencia interna, y dividir o captar a las oposiciones. En el sexenio de Enrique Martínez, el aparato se volcó con Humberto Moreira, quien, a su vez, impuso a su hermano Rubén. En 2005 hubo resistencias (Javier Guerrero compitió por la candidatura), pero en 2011 no, pues el clan ya tenía al estado en un puño y se había adueñado de la escena política. Sin embargo, la fórmula se desgastó y en 2017 el continuismo estuvo a punto de irse a pique, cuando las oposiciones superaron por primera vez la votación del PRI. Miguel Riquelme ganó en el último instante.
Los candidatos de la oposición fueron cada uno por su lado y la alternancia se frustró. Guillermo Anaya, de la Alianza Ciudadana por Coahuila (PAN, UDC, Encuentro Social y Primero Coahuila), obtuvo 452 mil votos. De haber sumado los 151 mil de Armando Guadiana (Morena) o los 105 mil de Javier Guerrero (independiente) habría ganado. Riquelme, de la coalición Coahuila Seguro (PRI, Verde, Panal y cuatro satélites locales más ya desaparecidos), recibió 482 mil votos, apenas 30 mil por encima de Anaya. Hoy las condiciones son distintas, Morena es la segunda fuerza electoral en el estado. El PAN solo podría renacer de sus cenizas si la alianza con el PRI y el PRD naufraga.
Manolo Jiménez fue ungido por Riquelme con antelación. Primero lo convirtió en Alcalde de Saltillo para un doble periodo (de uno y tres años) y después lo nombró secretario de Desarrollo Social, desde donde ha intensificado su campaña por la Gubernatura. Las cosas marchaban de acuerdo con el guion. Incluso pudo disuadirse al diputado federal Jericó Abramo -una de las pocas voces discordantes- de abandonar su postura crítica contra la cúpula política y su preferido. Abramo aceptó repentinamente -“en aras de la unidad”- lo que antes rechazaba: legitimar una decisión ya tomada, pues la exposición mediática y los recursos los tiene Jiménez. En el contexto de una elección de alto riesgo, la renuncia del legislador habría puesto al PRI en una situación todavía más comprometida.
En cambio, las dimisiones de los laguneros Jorge Luis Morán y del diputado federal Shamir Fernández, por súbitas, no pudieron conjurarse. Ambos acompañaron a Riquelme en su carrera política y conocen la estructura electoral del PRI. Ahora forman parte del equipo del subsecretario de Seguridad Pública, Ricardo Mejía, el aspirante al Gobierno más incómodo para el poder. En el mismo proyecto participa el exlíder priista Noé Garza Flores y empresarios de distintas regiones, antes identificados con el partido gobernante. Las renuncias de Morán y Fernández han tratado de minimizarse, pero harán mella en las urnas. En sentido inverso, Raúl Sifuentes, exjefe de ese grupo, se ha sumado a la campaña de Jiménez.
Armando Guadiana y Luis Fernando Salazar, los otros pretendientes de Morena, representan un riesgo menor para el PRI e incluso los alienta, pues Jiménez le ganaría a cualquiera. El problema es Mejía, quien hasta hace poco no aparecía en el radar sucesorio. Hombre cercano al presidente Andrés Manuel López Obrador, el funcionario podría ser la némesis del “moreirato”. Su discurso ha calado y genera simpatía en algunos sectores; en otros, inquietud y rechazo. Morena anunciará a su candidato después del quinto informe de Miguel Riquelme. Mientras tanto, el ambiente se crispa y la coalición sigue a la deriva. Si el PAN y el PRD deciden cerrarle las puertas al PRI, entonces podrían ir juntos a la elección para gobernador. Así lo hicieron el año pasado en Chihuahua y ganaron con Maru Campos.
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