Arte
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Grupo Zócalo
Publicado el lunes, 31 de mayo del 2021 a las 03:40
Ciudad de México.- En el piano de 7 mil pesos que su madre le compró con el sueldo de maestra, la joven Olivia Revueltas compuso unas “piececitas”. Para escucharlas, fue llamado su padre, José Revueltas. El escritor llegó de inmediato y, sentado en la sala, de espaldas a su hija, entonces de 13 años, le prestó toda atención.
La adolescente esperaba de él alguna reprimenda, pues era un hombre exigente, y, al concluir, se quedó un rato frente al teclado, sin voltear.
Cuando por fin lo hizo, vio a su padre sollozando: “¿Por qué tú, compañera? Tú no”. Y es que vislumbraba las dificultades para que los jóvenes artistas se abrieran paso en México.
Sin embargo, el escritor le mostró todo su apoyo, y en una fotografía que sacaron de aquel momento, le escribió unas líneas que la pianista, a punto de cumplir 70 años, atesora como un testamento: “Para mi hija, Olivia, con la absoluta confianza en su talento y en espera que sepa asumirlo con integridad, pureza y valentía”.
Nació el 17 de julio de 1951, hija de Olivia Peralta y José Revueltas, y llegó a definirse a sí misma como la “pianista proletaria” cuando, al inicio de su carrera, apenas le daba para comer y corría a sus trabajos en peseros y camiones.
“
Eso me dio la satisfacción de verdaderamente andar con el pueblo, mi pueblo”, dice en entrevista.
Del piano no quería levantarse ni para comer. Un instrumento al que se unió a pesar de sus manos pequeñas y en el que se formó de manera autodidacta, aunque con un paso breve por la Escuela Nacional de Música y el Conservatorio Nacional.
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Todo lo que toco es por intuición”, comparte.
Los discos, de donde sacaba la música de oído, fueron su mejor maestro. “Ahí está el contenido, el sentimiento; todo”.
Un día, de regreso del Conservatorio a su casa, en la colonia Roma, atravesó la Zona Rosa. Al pasar frente al Schiafarelo, un café cantante, escuchó una música que la dejó sin habla. Debía entrar, pero para que la dejaran ingresar se quitó las calcetas, se arremangó la falda y se deshizo las trenzas.
En ese lugar escuchó a Mario Patrón al piano, Ray Negrete en el saxofón, Jorge Rojas en el contrabajo y a Max Nava en la batería. “Me volaron la tapa de los sesos”, recuerda. Una impresión que dinamitó los sueños de su madre de enviarla a Viena para ser una pianista clásica.
Ella aprendió, dice, viéndole las manos a Patrón y Chucho Zarzosa, también pianista, de los grandes del jazz en México. Rebelde y a contracorriente, se abrió paso en ese género, de las pocas mujeres entonces, entre ellas Ana Ruiz.
Hoy se recupera de un quebranto de salud sufrido hace dos años y medio, cuando sus órganos colapsaron por la diabetes. Pero no se rinde, siempre a contracorriente: “El jazz es infinito”, asegura.
“
Me vale madre”, responde la pianista sobre lo que significa ser una Revueltas.
Como hija de José Revueltas y sobrina del compositor Silvestre Revueltas, la actriz Rosaura Revueltas y del pintor Fermín Revueltas, advierte que siempre ha divorciado su lucha de los Revueltas.
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