Así, el Señor interrumpe en la vida de las personas. Lo vemos, por ejemplo, con Mateo, quien, estando trabajando en su mesa de recaudador de impuestos, es interrumpido por Jesús, que lo llama. Y él, dejando su libreta de cuentas, su pluma, su puesto y, sobre todo, su dinero, lo sigue.
Lo mismo pasa con Simón, quien, acabando de pescar, es interrumpido por Jesús, que lo invita a pescar con Él.
Y aquel hombre, renombrado Pedro, lo sigue sin importar nada más. Lo mismo pasó con su hermano Andrés y, más tarde, con Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, quienes, interrumpidos por Jesús mientras remendaban las redes junto a su padre, lo dejaron todo y lo siguieron.
Y no otra cosa hizo el Señor con Saulo, quien, andando muy activo en su vida, celoso cumplidor de su deber judío e incluso persiguiendo a los cristianos, es interrumpido por Jesús, quien, con rudeza, lo derriba y se mete en su vida, haciéndole dar un giro de 180 grados para convertirlo ahora en uno de sus más fieles seguidores.
Un gesto igual, pero más trascendente, hizo con María, la doncella de Nazaret, prometida y ya en desposorios.
Dios interrumpe sus sueños y preparativos y la invita a cambiarlos para construir ahora los sueños de Dios. Y ella, como la más humilde sierva, acepta y transforma para siempre su vida.
Y no menos hizo con José, su prometido, aunque, si se pudiera decir, de una manera un poco más brusca, haciendo que modificara repentinamente todos sus planes para hacer ahora sólo los de Dios.
Y lo mismo hace, hay que decirlo, con tantos jóvenes, hombres y mujeres de todas las edades, que escuchan este mismo llamado que interrumpe su camino para dejarlo todo y seguirlo solo a Él.
Pero ¿por qué esto es así?
Sencillamente, porque Dios no interrumpe, sino que irrumpe en la vida como un trueno, como un relámpago, como un rayo que lo incendia todo, que con su fuego lo aquilata, lo pule, lo abrillanta y lo transforma hasta hacer algo completamente nuevo.
Cambia con ello todas las coordenadas de la vida, todos los criterios y parámetros hasta ese momento conocidos, transfigurando la forma de ver la vida.
Descubre uno —maravillado y desconcertado al mismo tiempo— que Dios te invita, te dispone, te seduce, esa es la palabra, a seguirlo.
Y cuando uno decide aceptarlo, puede llegar a expresar, con toda la alegría del corazón y el éxtasis, como la Virgen María, que no pudo haberle sucedido nada mejor.
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