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Tenemos maíz

Por ATL DEL DESIERTO

Hace 3 semanas

Nadie pone en duda que México es el origen del maíz. Sin embargo, desgraciadamente solemos considerar ese hecho como un regalo y no como una responsabilidad.

A lo largo de los siglos, nuestro gobierno se articuló alrededor del cultivo del maíz —entre otros cultivos— y, hasta los gobiernos posrevolucionarios, se lograron avances importantes en los materiales genéticos de esta planta. Primero hubo una selección de materiales: antes de ello, el maíz más común y deseado era uno muy alto y de bajo rendimiento. La razón es que el grano se destinaba al consumo humano, mientras que el follaje servía para alimentar al ganado.

El propio gobierno apoyó un amplio programa de mejoramiento genético del maíz y de otros cultivos, lo que generó incrementos notables en los rendimientos. Entre estas mejoras comenzaron a aparecer los materiales híbridos, que ofrecían resultados extraordinarios. No obstante, presentaban ciertas limitaciones: el grano cosechado no era adecuado como semilla para la siguiente generación debido a la variabilidad genética y a que la polinización cruzada podía afectar a los maíces nativos.

Se implementaron mecanismos para mitigar esos problemas. Esto, sumado al esfuerzo constante de los gobiernos por alcanzar la autosuficiencia en la producción de granos —incluida la construcción de presas, infraestructura, banca, aseguradoras, productoras de semilla, entre muchas otras acciones— permitió que, durante años, esa meta pareciera alcanzable.

Pero llegó el populismo con Echeverría y todo comenzó a venirse abajo gradualmente.

La biotecnología y las variedades transgénicas tuvieron sus primeros desarrollos en México, con participación de científicos mexicanos. Sin embargo, a nivel mundial el discurso ya había cambiado, influido por corrientes reaccionarias y socialistas que se oponían incluso a lo más elemental. A nivel nacional, los gobiernos dejaron de apostar por un campo autosuficiente y empezaron a desmontar los avances agrícolas. A esto se sumó el negocio multimillonario de funcionarios que hicieron de la importación masiva de granos un botín personal, a través de moches, comisiones y acuerdos. Así, se terminó el sueño de la autosuficiencia.

Quedó, eso sí, el productivo deporte de culpar a cualquiera. Varios actores del ámbito científico han responsabilizado a la biotecnología, a los transgénicos y a los pesticidas de que hoy prácticamente todo el maíz para la industria sea transgénico. Una parte importante del maíz procesado en alimentos también proviene de estas variedades. Los rendimientos de los productores nacionales siguen siendo bajos porque las variedades no transgénicas disponibles no rinden igual; a esto se suma la reducción del apoyo gubernamental al campo y el hecho de que los dos últimos presidentes no han dudado en entregar al país vecino agua destinada a la producción agrícola. (Ante un reto igual, Vicente Fox “se mordió uno”, pero no entregó el agua exigida).

Ahora sorprende que reclamen que el pusilánime de Ebrard —encargado de Economía— no demande a Estados Unidos por el uso de materiales biotecnológicos en el maíz, cuando es evidente que, si hubiéramos hecho el trabajo durante los últimos 50 años para mantener un sistema sólido de creación de materiales genéticos, su multiplicación, el apoyo técnico y económico al campo, y una comercialización eficiente —todo lo cual terminó convertido en botín para las ratas— hoy no estaríamos en esta situación.

Esa exigencia me recuerda la frase: “No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre”.

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