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| Imagen televisada del Accidente del Transbordador espacial Challenger, desintegrándose a 73 segundos de su lanzamiento.

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‘Tocaron el rostro de Dios’: El discurso de Reagan que consoló a EU tras la tragedia del Challenger

  Por EFE

Publicado el viernes, 13 de febrero del 2026 a las 01:28


Hace 40 años, el transbordador se desintegró 73 segundos después del despegue ante la mirada de millones de personas.

Ciudad de México.- Se cumplen 40 años del accidente del Challenger, el transbordador que se desintegró 73 segundos después del despegue ante la mirada de millones de estadounidenses, quienes horas después escucharon el discurso del presidente Ronald Reagan, el cual consoló a la nación, honró a los héroes y transmitió un mensaje de confianza en el futuro del programa espacial.

“Diría que es un ejemplo perfecto de cómo un líder puede consolar y unir a una nación frente al dolor, frente a una tragedia”, aseguró en entrevista con EFE el director de Asesores de Comunicación Pública y experto en Oratoria, Óscar Santamaría.

Para ese 28 de enero de 1986, además del despegue del Challenger, estaba programado el discurso anual sobre el Estado de la Unión, pero quedó pospuesto ante la urgencia de comparecer y dar explicaciones del accidente en el que habían fallecido los siete tripulantes.

Entre la desintegración de la nave y la comparecencia de Reagan pasaron aproximadamente seis horas. Un tiempo récord para procesar el dolor colectivo, escribir un mensaje y transmitir esperanza a una nación en shock.

“Era consciente de que el país estaba desconcertado y entristecido. Sabía que todo el mundo había presenciado el trauma al mismo tiempo. Cuando dispararon contra John F. Kennedy, la mayoría de la gente no vio las imágenes hasta pasados unos días (…) Todos vimos explotar el Challenger al mismo tiempo y nuestros hijos estaban viéndolo por la televisión”, declaró Peggy Noonan, la redactora de los discursos de Reagan, en una entrevista en 2024 en Firing Line.

La primera tragedia televisada

Según Noonan, el desastre tenía “repercusiones” y Reagan las tenía que abordar: “Eso es lo que hace un verdadero líder”. Aunque antes ya había habido otros accidentes espaciales, la catástrofe del Challenger fue la primera tragedia televisada y en la que además iba la primera civil, Christa McAuliffe, una maestra ganadora de un concurso nacional para poder formar parte del vuelo.

La imagen de McAuliffe, una profesora común convertida en pionera espacial, había capturado la imaginación del país. Miles de niños la vieron despegar desde sus salones de clase. Su presencia convirtió aquella misión en algo cercano, familiar. Por eso, cuando el Challenger estalló en el cielo, el dolor fue inmediato y profundamente personal para millones de estadounidenses.

En menos de cinco minutos, Reagan se dirigió a los familiares de las víctimas, a los niños, a los trabajadores de la NASA y al pueblo estadounidense en general; pero también a la Unión Soviética, en un contexto de plena carrera espacial durante la Guerra Fría.

“El texto es aparentemente sencillo, pero aquí te das cuenta de que es un texto muy trabajado. De los diez discursos más citados o memorables de la historia, seis o siete son de estadounidenses: Kennedy (con el de Berlín), Martin Luther King (‘I have a dream’), Steve Jobs (‘Tres historias’), Reagan (‘Challenger’), Bill Clinton u Obama, con un par de piezas retóricas de primer nivel”, detalla Santamaría.

El cierre que quedó en la historia

El discurso de Reagan es recordado por su emotivo cierre con la cita del poema ‘High Flight’ de John Gillespie Magee Jr.: “Y se alejaban de la seguridad de la tierra, para tocar el rostro de Dios. Gracias”.

Esas palabras transformaron la tragedia en algo trascendente. Los astronautas no solo habían muerto; habían alcanzado algo sublime. Reagan convirtió el duelo en homenaje y el fracaso técnico en sacrificio heroico.

Otro de los elementos que destacan es la breve pausa final entre que pronuncia “Dios” y “gracias”, la cual aporta musicalidad extra al discurso, según Santamaría. Ese silencio, cargado de emoción contenida, permitió que la audiencia asimilara la magnitud del momento.

También dijo la frase “el futuro no pertenece a los pusilánimes, pertenece a los valientes”, que se volvió emblemática, y citó el nombre completo de los siete tripulantes, hecho que humanizó el discurso: Michael Smith, Dick Scobee, Judith Resnik, Ronald McNair, Ellison Onizuka, Gregory Jarvis y Christa McAuliffe.

Pronunciar cada nombre fue un acto deliberado de reconocimiento. No eran solo víctimas anónimas de un accidente. Eran personas con identidad, familia, sueños. Esa decisión narrativa conectó emocionalmente con la audiencia de una manera que las estadísticas o las generalidades nunca hubieran logrado.

Un mensaje para los niños

A los niños también se dirigió desde el Despacho Oval el presidente: “Sé que es difícil de entender, pero a veces pasan cosas dolorosas como ésta. Todo esto es parte del proceso de exploración y descubrimiento”.

Reagan entendía que millones de escolares habían visto la explosión en vivo. No quería que ese trauma infantil se convirtiera en miedo permanente al progreso o a la ciencia. Su mensaje buscaba preservar el sentido de asombro y posibilidad que caracteriza a la infancia, incluso frente a la pérdida.

El texto contiene, además, una efeméride. Ese día se cumplían 390 años desde que el explorador Francis Drake había muerto a bordo de un barco frente a las costas de Panamá. Reagan hizo un símil entre Drake y la tripulación del Challenger al afirmar que compartían una “dedicación completa”.

Esa referencia histórica no era casualidad. Conectaba la exploración espacial con una tradición más amplia de valentía humana, recordando que el progreso siempre ha tenido un costo y que las generaciones anteriores también lo pagaron.

La estructura perfecta de un discurso de crisis

Reagan logró equilibrar varios tonos en un solo mensaje: consuelo, celebración, determinación y esperanza. No minimizó el dolor, pero tampoco permitió que se convirtiera en derrota. Reconoció el sacrificio sin glorificar la muerte. Y, sobre todo, mantuvo viva la promesa del programa espacial sin sonar insensible.

El discurso duró cuatro minutos y 32 segundos. Cada palabra estaba medida. Cada pausa tenía un propósito. La brevedad fue estratégica: en momentos de crisis, la gente necesita claridad, no largos análisis.

Otros discursos inspiradores

Otros discursos que le sucedieron y que, al igual que este, fueron pronunciados tras una catástrofe, intentaron seguir su misma estructura y en cierta forma “copiarlo”, detalla a EFE Elisa Brey, profesora del Máster en Estudios Avanzados en Comunicación Política de la Universidad Complutense de Madrid.

El primero de ellos es el que dio George Bush tras la desintegración del transbordador Columbia en febrero de 2003. “Este sería un ejemplo de cómo un presidente intenta replicar, aunque no necesariamente con el mismo éxito, la estructura y la intención consoladora de Reagan tras un desastre”, según Brey.

Los otros ejemplos son los pronunciados también por Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 o los de Barack Obama tras los tiroteos masivos de Tucson en 2011 y Charleston en 2015.

Cada uno de estos presidentes enfrentó el desafío de hablarle a una nación herida. Pero ninguno logró la precisión poética y la resonancia emocional que Reagan alcanzó aquella tarde de enero.

Un legado que perdura

Cuatro décadas después, el discurso de Reagan sigue siendo un manual de referencia para la comunicación de crisis. Se estudia en escuelas de comunicación, se analiza en cursos de liderazgo y se cita como ejemplo de cómo las palabras pueden sanar.

La tragedia del Challenger cambió para siempre el programa espacial estadounidense. Provocó investigaciones exhaustivas, rediseños técnicos y nuevos protocolos de seguridad. Pero también dejó algo más: la certeza de que, en los momentos más oscuros, un líder puede elegir qué narrativa construir sobre el dolor.

Reagan eligió la narrativa de la trascendencia. Y por eso, cuando hoy pensamos en el Challenger, no solo recordamos la explosión. También recordamos a siete personas que “tocaron el rostro de Dios”.

Cristina Dumitrescu.

 

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