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Coahuila

Todo era mentira

Por Fernando de las Fuentes

Hace 1 año

‘La vejez es una construcción social’.
Francesco Alberoni

 

En nuestras sociedades modernas ser viejo es sinónimo de decadente, necio, incompetente, impertinente, ignorante, inútil, dependiente y frágil. Desafortunadamente, así es como han venido envejeciendo cientos de generaciones, sobre todo a partir de la Revolución Industrial.

Decía la filósofa y activista Simone de Beauvoir que donde solo se reconoce el valor de la producción, el viejo es descartado como un objeto inútil, y señalaba asimismo que la vejez no es una cuestión de años, sino de la forma en que la sociedad trata a los individuos que han alcanzado cierta edad.

Y nosotros, que vivimos según los paradigmas o conjuntos de creencias de nuestra época sin cuestionarlos, porque nos educan para perder la curiosidad, dejar de preguntar y adormecer el pensamiento crítico, pues envejecemos como nos dicen que debemos hacerlo.

¿No es terrible que se trate sólo de un estilo de vida impuesto por un contexto en el que dominan los intereses económicos, en estrecha colaboración con los gobernantes? Y hablo de todos los gobiernos: de derecha, de centro, de izquierda, democráticos o totalitarios. Las ideologías son para el pueblo, no para el ejercicio del poder.

Eso está más que demostrado en la historia de la humanidad, en cada época, en cada país, así que tenga la edad que tenga, deje de creer promesas políticas que le ofrezcan resolverle sus problemas personales.

Hecha esta acotación, retornemos al tema: es cierto que ante este panorama ha habido reacción, una reivindicación de la vejez. Sin embargo, se hace desde los mismos paradigmas que la estigmatizan. La palabra ha adquirido un gran poder durante centurias y en sentido despectivo.

Así que lo mejor no es intentar cambiarle el contenido, sino sacarla del vocabulario útil. Que se quede en los diccionarios como un término en desuso. La podemos suplir muy fácilmente si dividimos la vida de una forma distinta, por ejemplo, en décadas, respondiendo solamente a las capacidades y los procesos de evolución de la persona en sí misma, y no en relación con la utilidad que representa para su sociedad. Eso es otra cosa. No se trata, por supuesto, de una delimitación precisa ni exacta, pues variará según cada contexto y cada individuo.

Pensemos en los primeros 10 años de vida como los formativos, no sólo educativamente, sino emocional e intelectualmente. La autoconciencia surge y comienza a percibir el mundo desde un incipiente yo. Esta etapa nos marcará para siempre, porque implica una gran apertura a todo lo que nos rodea y, por tanto, gran exposición a lo perturbador y doloroso. Aquí comenzamos a darnos cuenta de los problemas de los adultos y los adoptamos o los rechazamos.

La etapa de los 10 a los 20 es de rebeldía y búsqueda de una identidad propia. Comenzamos el proceso de desidentificación con los padres, que puede implicar gran conflicto si nuestra década formativa fue difícil y confusa, e incluso conllevar resentimiento, odio e ira. Comenzamos a darle gran peso a los amigos y a los cánones sociales que rigen para la edad.

La década de los 20 a los 30 es de exploración de nuestras opciones en el mundo, de nuestras inclinaciones, que ya fueron prefiguradas en la etapa anterior, de autoconstrucción para desempeñarnos en nuestro entorno como seres independientes y libres. Si nuestros dos anterior decenios fueron difíciles, ciertamente esta puede ser una época de excesos y extravío.

De los 30 a los 40 nos asentamos emocionalmente, a menos, por supuesto, que continuemos sin resolver las dificultades que venimos cargando desde la primera etapa de nuestras vidas; adquirimos más responsabilidades; crecemos productiva y laboralmente. Ya habremos formado una familia propia o lo haremos, aunque actualmente esta generación ha rebasado el paradigma dominante del matrimonio y tiene una gran apertura respecto de la relación de pareja.

Hasta aquí vamos (esperemos) a media vida. Lo que sigue se pone cada vez mejor, pero será para la próxima semana.

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