Cuando se trata de temas vinculados a la salud, quitando a gobernantes populistas como Trump, Bolsonaro o nuestro actual Mandatario federal, el resto deja que los médicos establezcan las políticas públicas de salud. Ellos, los doctores, son los que tienen la última palabra. Cuando un médico empieza a hablar, todos guardamos silencio.
Algo similar ocurre con los empresarios en relación con la economía y al empleo; o los juristas y las leyes.
En educación, por el contrario, todo mundo se siente experto, todo mundo opina y decide, nadie procura escuchar a los profesores. Por decreto se establece el ¿cuándo regresar?, sin embargo, poco se discuten los elementos que pueden o no generar una mayor calidad en la enseñanza, no hay debates relacionados al ¿cómo establecer las dinámicas educativas presenciales y cómo la enseñanza a distancia?, ¿qué contenidos se deben descartar, cuáles se tienen que reforzar en una presencialidad limitada?, ¿cuántos recursos se requieren y dónde se tienen que invertir?
Uno se pregunta: ¿de qué sirve contar con una maestra normalista en la Secretaría de Educación Pública, si el Presidente la va a ningunear y contradecir de forma grosera e injusta? Ahí frente a todos se pone de manifiesto esa actitud de la clase política, de sentirse superior a quienes llevan una vida vinculada a la educación.
Ahora bien, habrá que decir que los profesores tenemos parte de la culpa. Vemos incongruencias y nos quedamos callados. Pongo un ejemplo. Se dice que será voluntaria la asistencia presencial de los alumnos, pero no hay claridad en la oferta académica para quien no acuda a la escuela, ese niño o joven seguramente tendrá que conformarse -en el mejor de los casos- con una precaria educación a distancia, peor que la que experimentamos en el ciclo escolar pasado. Puede sonar bien para algunos, aunque creo que eso va a implicar que un grupo de educandos terminen abandonando los estudios. No es un tema menor. Gracias a la poderosa opinión de los que se sienten expertos, quizá estamos a la puerta de uno de los mayores retrocesos educativos de nuestra historia, en unos años veremos incrementar notablemente el número de analfabetas y de adultos con educación básica inconclusa.
Y eso lo sabemos, pero nos quedamos callados.
El silencio nos perjudica. No importa que después de poner los puntos en las íes las autoridades pasen de largo. Los profesores tenemos que resaltar una y otra vez las debilidades que sufre el sistema educativo, debilidades que no surgieron ayer, pero que en los actuales tiempos de crisis sanitaria van a generar una exagerada desigualdad en el desempeño académico de los estudiantes de distintos estratos sociales.
Hay que repetir una y otra vez que en las escuelas públicas de educación básica hay demasiados estudiantes por cada salón de clases. Difícilmente se puede encontrar una institución con menos de 30 alumnos y sí muchas con más de 40 educandos. En otros países se establecen límites máximos de estudiantes, en México, por el contrario, se exige un mínimo para mantener abierto un grupo de alumnos. Seguramente se dirá que el problema reside en lo económico, somos una nación pobre, aunque también hay que reconocer que existe una buena dosis de mala planeación.
Lo cierto es que hoy en día, ante la pandemia, los alumnos no podrán recibir clases los cinco días de la semana.
También hay que subrayar que los esfuerzos que se hicieron en los tiempos de Vicente Fox por dotar a las escuelas de tecnología y a los maestros de equipos de cómputo fueron desapareciendo por falta de inversión y exceso de malos manejos en los diversos programas, como por ejemplo en Enciclomedia. Algo parecido ocurrió con México Conectado.
Nuestra realidad sería un poco menos grave si todos los espacios públicos contaran con internet. En otros países los gobiernos se apoyan en la Iniciativa Privada y ofrecen sistemas gratuitos con algo de publicidad.
Si las escuelas tuvieran internet, se podrían implementar campañas para el uso educativo de los aparatos celulares que muchos niños llevan a las aulas. El uso de la tecnología es vital para el desarrollo de los seres humanos en el siglo 21.
Tal como señalamos en la anterior entrega, sin una gran comunicación entre los maestros y los padres, la agenda educativa estará condenada al fracaso. Y no solo hablamos de educación a distancia. Es un hecho que igual se fortalece el desempeño de los estudiantes en la enseñanza presencial si se consigue un trabajo conjunto entre los maestros y los padres de familia.
Habrá que agregar que de un tiempo a la fecha las autoridades manejan un doble o triple discurso: a) la educación es gratuita y por lo tanto está prohibidas las cuotas, b) intenten gestionar -le dicen a maestros y directivos escolares- que las sociedades de padres de familia sean los que pidan apoyo, pues el Gobierno no puede con la carga económica; c) se dará dinero a los padres de familia, no a las escuelas (dinero que tampoco se observa).
Asimismo, se precisa elevar la voz y criticar la enorme cantidad de contenidos en nuestros planes de estudio, las carencias en infraestructura, los problemas en la ventilación de los espacios educativos y las dificultades que se van a presentar para mantener sanitizadas las aulas.
Todo mundo coincide tanto en la importancia como en la urgencia de regresar a clases presenciales. La Unesco ha sido muy tajante en la necesidad de que los estudiantes vuelvan a las aulas. No obstante, el panorama es complicado. Se precisa invertir lo que sugiere la misma Unescp para la educación: el 6 % del PIB o el 20 % del gasto público. Atacar de una vez por todas nuestras debilidades. Enfrentar con determinación la crisis educativa. Evitar el incremento en la desigualdad educativa. Se requiere escuchar a los maestros.
Una pregunta al azar
¿Con qué partido simpatiza la mayoría de los funcionarios de la UAdeC?
Opción 1. Con ninguno pues no les gusta la política.
Opción 2. Con el PRI, pero no se nota, pues son tímidos y discretos.
Opción 3. Con Morena, pero aún no es tiempo de decirlo.
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