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Coahuila

Tras el reconocimiento, Carranza concede, allá en el pueblo, la primera entrevista a la prensa extranjera 

Por Rodolfo Villarreal Ríos

Hace 3 meses

Para escribidor-historiador, perenemente en proceso de aprendizaje aun cuando no sea el campo de su especialidad, siempre será un placer compartir y analizar con usted, lector amable, cada pedazo de historia que nos encontremos durante nuestra búsqueda constante. En esta ocasión le presentamos la entrevista que el estadista Venustiano Carranza Garza concedió, el jueves 11 de noviembre de 1915, a los representantes de la prensa extranjera, cuyo texto lo tomamos del diario “El Pueblo,” editado en el puerto de Veracruz. El sitio en el cual se desarrolló fue el edificio de la Aduana Fronteriza en Piedras Negras, Coahuila. Aparte de los conceptos que el coahuilense ahí expresa, y que le presentaremos a lo largo de esta colaboración, la entrevista es relevante pues fue la primera que concedió a la fuente periodística foránea tras de que, el 9 de octubre de 1915, el gobierno estadounidense encabezado por el presidente Woodrow Wilson le otorgara el reconocimiento diplomático. 

Los señalamientos que en la pieza encontramos son el boceto que hacía quien diseñó el edificio que albergaria el estado mexicano moderno. En ellos, también, se encuentra la cimiente del llamado nacionalismo pragmático, ese que, al estar conscientes de nuestras fortalezas y debilidades, nos permitió enfrentarnos al mundo para poder crecer y desarrollarnos durante el Siglo XX.  Vayamos al contenido de la entrevista en la cual se abordan los temas de los impuestos, asuntos agrarios, la participación de la inversión extranjera, libertad de cultos, el destino que esperaba a quienes conspiraban en los Estados Unidos para derrocar a Carranza y la operación y propiedad de los ferrocarriles

Carranza inició la entrevista mencionando que las grandes propiedades tendrán que pagar los impuestos que justamente les corresponde. Señaló que “desgraciadamente durante a la administración que antecedió a la del señor Madero, [la del presidente Díaz Mori], y la que siguió con motivo de la traición de Huerta, los grandes propietarios no pagaban los impuestos que justamente les correspondía. En infinidad de casos, si no todos, los acaudalados obtenían privilegios especiales mediante los cuales se les exceptuaba de todo impuesto. Tales privilegios constituían una flagrante violación de las leyes del país, que terminantemente prohíben la extensión de exenciones ya se trate de simples particulares o corporaciones. Asimismo, los ricos terratenientes de México rehuían el pago de impuestos manifestando fraudulentamente el valor de sus propiedades. Por ejemplo, las propiedades que valían un millón de pesos o más, pagaban impuestos equivalentes a cincuenta mil pesos o menos.” Esto provocaba que “ese favoritismo de que disfrutaban los ricos, las clases desheredadas eran, por decirlo así, las únicas que contribuían a los gastos del gobierno.” Un poco de demagogia no hacía daño al discurso, pero don Venustiano no se instalaba en la facilidad de la palabra hueca, la utilizaba como herramienta política, algo que siempre ha sucedido y sucederá, el problema es cuando el discurso se queda ahí, pero ese no era su caso.

Estaba consiente de que a la hora de gobernar era necesario considerar a todos y por ello tomó medidas. Indicaba que “para contrarrestar ese injustificado desequilibrio, designé hace poco más de un año, una comisión encargada de revaluar la propiedad de los particulares, a fin de imponerles la contribución que justa y equitativamente le corresponde. Esa comisión ha estado trabajando enérgica y activamente en el desempeño de su cometido y tengo la seguridad de que en breve rendirá el informe correspondiente.” Aun cuando, militarmente, seguía enfrentándose a quienes se resistían a su liderazgo, eso, no le impedía tener en marcha acciones encaminadas a crear un estado moderno.

Eso era el objetivo primordial del presidente Carranza sabedor que nada podría concretarse si el gobierno no contaba con recursos para poder conducir esa obra. Así, refiriéndose a los ingresos del gobierno “manifestó que durante el periodo de reconstrucción se procedería a nivelar los derechos de importación y exportación, teniéndose pensado exceptuar algunos artículos, de toda clase de impuestos, cosa que determinara el gobierno tan pronto como se fije el monto de los ingresos y se calculen los presupuestos anuales.” Nada de vender ilusiones falsas, era necesario conocer con cuanto se disponía para poder establecer políticas.

Y una de las primeras que habría de implantarse era la relacionada con el tema agrario Por ello, “manifestó, también, que con todo ahincó se está estudiando la resolución del problema agrario, tomándose en consideración la división de las grandes propiedades y los métodos que se emplearan para llegar a ese fin.”  En ello no iba implícito un afán confiscatorio, “excepto en aquellos casos en que las propiedades resulten ilegítimamente adjudicadas a tales o cuales personas. Que en caso de que una o varias personas hayan obtenido sus bienes fraudulentamente o en connivencia con los funcionarios públicos de las pasadas administraciones se litigara en los tribunales los derechos de propiedad y probada que sea la ilegitimidad de la posesión, la propiedad pasara a manos del gobierno.” El planteamiento era establecer un estado de derecho y que en función de las disposiciones legales se tomaran las decisiones que correspondían, un largo camino que aún se encuentra inconcluso. Pero si algo se encontraba en una etapa primaria era la tenencia de la tierra y su uso. Al momento en que se le interrogó sobre si implantase como obligatorio el cultivo de las tierras, respondió que no lo consideraba necesario en lo que concernía a los pobres, porque estos cultivan toda la tierra que poseen.”  Aunado a ello, delineó a grandes rasgos cuales serían las acciones por tomar en materia agraria.

Mencionaba que “los jornaleros que trabajan en las ciudades y los pueblos y que deseen dedicarse a la agricultura, obtendrán en cuanto lo soliciten, la tierra necesaria que deseen cultivar.” Pero eso no era tan rápido como a primera vista lucía, era requerido establecer el procedimiento y en ese contexto apuntó: “Primeramente nos proponemos dividir los terrenos de la nación y venderlos a los pobres en condiciones que de ninguna manera sean gravosas, esto sería en abonos extraordinariamente cómodos. En segundo lugar, si vemos que los terrenos nacionales no son suficiente, el gobierno comprara tierras a los terratenientes y las pasara a los pobres en las mismas condiciones que los de la nación.”  Aquí cabe precisar como originalmente lo que se buscaba era crear un país de propietarios, no de aquellos quienes vivían en la indefinición sobre si eran o no propietarios de la tierra. Lo del asunto de los ejidos fue una concesión que Carranza realizó durante las discusiones de la Constitución de 1917. Sin embargo, quienes lo sucedieron inmediatamente en el cargo, la trinca sonorense De La Huerta-Obregón-Elías Calles, siempre estuvieron convencidos de que el ejido era un estado transitorio hacia la consolidación de un sector agrícola conformado por pequeños propietarios, algo que no se pudo concretar pues llegaron los de mentalidad de loteros y los campesinos fueron generadores de votos y no de alimentos. En eso terminaron como consecuencia de las políticas implantadas años después por el presidente Cárdenas Del Río. Pero retornemos a las palabras del estadista coahuilense quien enfáticamente señalaba que “los terrenos adquiridos fraudulentamente por los particulares o los que desempeñaron puestos públicos en las administraciones de Díaz y Huerta serán indiscutiblemente confiscados y distribuidos entre los pobres de la misma manera que se hará con los terrenos de la nación.” Nada de concesiones a lo mal habido, pero ninguna dádiva para ganar el aplauso fácil, ese es el primer paso para crear una nación de ciudadanos responsables. 

Al estar ante un grupo de corresponsales extranjeros, no podía dejarse de cuestionar acerca de la participación de los foráneos en la vida del país. Al preguntársele si se ofrecerían privilegios a quienes provenientes del exterior estuvieran dispuestos a invertir en México, la respuesta fue concisa: “si, señores, invitaremos al capital extranjero; pero sin compromisos, ni privilegios onerosos y condiciones gravosas para la nación.” Así, sin aspavientos mayores, se aceptaba que era necesaria a participación de capital foráneo siempre y cuando se realizara en el marco de las leyes vigentes, nada de envolverse en el lábaro patrio y argüir que con la llegada de la inversión extranjera habría de mancillarse el sacrosanto honor nacional, eso queda para los demagogos y Carranza Garza era un estadista, no un aspirante a liderzuelo. Tampoco estaba en contra de recibir extranjeros quienes desearan asentarse en nuestro país.

Al respecto dejaba bien claro “que las Leyes de Reforma continuaban en vigor y que se les darían garantías a todos los extranjeros y que todas las personas que solicitaran establecerse en la república quedarían sujetas a las leyes de inmigración que excluyen a los extranjeros perniciosos, personas enfermas, etc.” Pero ahí no paró lo relacionado con el tema de los inmigrantes, al inquirírsele sobre si “su gobierno ofrecería alicientes especiales a los jornaleros procedentes del extranjero, contesto enfáticamente: “No, señores, el nuevo gobierno considera como uno de sus primeros y principales deberes ayudar en todo y por todo a los jornaleros nacionales.” Vaya palabras cargadas de pragmatismo y actualidad, primero esta preocuparse en iluminar a los de casa y nada de tratar de aparecer como candiles de la calle. en los tiempos actuales, los políticamente correctos ya lo tuvieran en los linderos de la pira de leña verde, pero el coahuilense estaba en proceso de crear un estado moderno y por ello se mostraba preocupado por la formación intelectual de sus gobernados.

Al cuestionársele acerca del tema educativo, el rostro del coahuilense se iluminó. Era un convencido de que el futuro de la nación pasaba por que sus habitantes tuvieran acceso a la enseñanza Entonces, mencionó: “México tendrá dentro de poco tantas escuelas como le sea posible edificar a las autoridades municipales y del estado. Tengo el orgullo de poder asegurar a ustedes que el país cuenta actualmente con más escuelas de las que había al iniciarse la Revolución. Hay actualmente más edificios escolares de los que existían hace mas de un año en los estados dominados por el gobierno Constitucionalista.” El objetivo de Carranza era preparar una sociedad basada en el razonamiento capaz de poner a cada cosa en su lugar y dejar atrás supercherías y dogmas que impedían el desarrollo de la sociedad.

En materia de libertad de pensamiento, estableció su respeto a las creencias religiosas de cada uno. Sin embargo, dejo muy claro que “las leyes de México prohíben a los sacerdotes de cualquier culto inmiscuirse en asuntos políticos del país. En consecuencia, quienes violen estas disposiciones o son expulsados o juzgados conforme a la gravedad de su delito. Como esas son las leyes de México nosotros no pedimos otra cosa sino su estricto cumplimiento.” Seguramente, no ha de faltar quien por esta afirmación pase a calificar al estadista como un rabioso jacobino, pero antes de que persigne por vez primera, permítanos reproducir lo que Eliseo Arredondo De la Garza, quien, además de ser el representante del gobierno Constitucionalista en Washington, era primo hermano de Carranza por la vía materna aun cuando este último decidió prescindir lo “De La” de su apellido y dejarse simplemente en Garza, pero dejemos disgregaciones genealógicas y volvamos al tema. El 16 de abril de 1915, Arredondo se entrevistó con quien fuera enviado especial de Wilson a México en 1913, John Lind. En el trascurso de la conversación Lind preguntó a Arredondo acerca de las acusaciones que calificaban a Carranza de anticlerical, negó dichas imputaciones. Para respaldar su aseveración Arredondo mencionó que todos en su familia eran católicos, Carranza se casó por la iglesia y sus hijas fueron bautizadas. Aun cuando todos profesaban el catolicismo, al igual que Juárez, [a lo cual nosotros agregaríamos, y después lo haría el otro estadista, Elías Calles Campuzano] estaban convencidos de que debería de existir la separación entre el estado y la iglesia. No tenían nada en contra de la iglesia, pero deberían de respetar las leyes mexicanas que prohibían la operación de monasterios, conventos y órdenes religiosas.  Asimismo, como prueba de que Carranza nada tenía en contra de los religiosos, mencionaba que cuando Obregón ordenó, como medida de seguridad militar, el arresto temporal de un buen número de sacerdotes, al enterarse, Carranza ordenó que los liberaran inmediatamente. Lo que Carranza nunca perdonó a la curia fue su involucramiento en el cuartelazo.

Respecto a ello, afirmaba que “ha quedado perfectamente comprobado que algunos altos dignatarios de la iglesia católica contribuyeron con sermones y con dinero al sostenimiento del régimen usurpador que derrocó al presidente Madero cometiendo con esto el más infame de los asesinatos. Siendo ese un acto universalmente conocido, me permito llamar la atención sobre el hecho de que muchos de los sacerdotes católicos que han salido de México no fueron expulsados por los constitucionalistas, sino que, reconociendo su propio delito, voluntariamente se apresuraron a salir del país antes que sufrir las consecuencias de su errónea conducta.” Aun cuando Carranza no los mencionó, dos de ellos eran los arzobispos, el de México, José Mora y Del Río, y el de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez quienes salieron cubriéndose con el manto de la victimización como acostumbraban. En igual forma, Carranza indicaba que a varios sacerdotes más “los hemos expulsado por creerlo conveniente para los intereses del país y del gobierno, contándose entre estos últimos, algunos sacerdotes españoles, franceses e italianos quienes indebidamente tomaron parte en los asuntos políticos del país.” Acerca de la aplicación de la ley emitió algunos comentarios.

“Manifestó que con excepción de una indispensable reforma a los códigos vigentes y la adopción de una practica moderna que simplifique los procedimientos judiciales, el gobierno constitucional no tenía pensado cambiar el actual sistema de administración de justicia…indispensablemente se crearían nuevas leyes adaptadas a las necesidades de la época.” Esto ultimo indicaba que Carranza se percataba que el sistema judicial más temprano que tarde habría de reformarse, pero antes tendrían que concretarse otras acciones. Antes de llegar a eso, aun quedaban por resolver asuntos del pasado reciente.

Respecto a si se continuaría sometiendo a la pena capital a ciertos sujetos a quienes se les acusaba de cometer delitos políticos, Carranza respondió: “Por lo que respecta a la muerte de Madero, no consideramos tal acto como de carácter político sino un mero asesinato. El incendio de algunas poblaciones llevado a cabo por algunos militares huertistas, no podemos considerarlo como cuestión política, sino un acto verdaderamente criminal, y por serlo, amerita un castigo. Por último, aquellos que han dinamitado y volado trenes, dando muerte no precisamente a los soldados, sino a inocentes pasajeros, inclusive mujeres y niños, siendo notoria su culpabilidad en tales crímenes, los consideramos fuera de la ley y por eso eran irremisiblemente ejecutados.”  Pero como entonces quien ocupaba el mas alto cargo del país no actuaba como oficial de barandilla, el encargado del Poder Ejecutivo evitó dar nombres de los delincuentes, concretándose a referirse en general a todos aquellos “complicados directamente en los acontecimientos de febrero, agregando que los militares, lo mismo que los civiles que hubieran combatido a los constitucionalistas; pero que no fueran reos de graves delitos podrían perfectamente acogerse a la amnistía, concluyendo por, asegurar que muchos de ellos se han presentado ya sin que las autoridades militares hayan tenido que molestarlos.” Después de todo, los triunfantes no eran una gavilla de ejecutores que buscaran decapitar a diestra y siniestra sin evaluar cada caso en particular. Pero esto no aseguraba la paz, desde el extranjero había quienes conspiraban.

Al respecto, Carranza indicó: “en los Estados Unidos residen actualmente muchos enemigos del gobierno constitucionalista que luchan por predisponer al pueblo americano contra el gobierno que presido.”  Aun cuando no lo precisó, se refería a la curia católica encabezada por James Cardenal Gibbons quien a toda costa buscaba que el presidente Wilson le ayudara a retrasar el reloj de la historia en México, y nada de que, como ya nos ha sucedido, nos vayan a colgar el sambenito de apóstatas, cada cosa que afirmamos la sustentamos en información dura. Entre ese grupo de conspiradores estaban miembros del Partido Católico Nacional, avecindados en San Antonio, Texas, sobresaliendo Federico Gamboa y Toribio Esquivel Obregón, futuro fundador del PAN, quienes, asociados con los científicos, tenían un par de candidatos para reemplazar a Carranza. Uno era Huerta, recién retornado de Europa repleto con recursos alemanes. El otro, el hoy héroe de moda, Felipe Ángeles Ramírez a quien siempre vieron con buenos ojos. Pero esos eran cartuchos de largo alcance, por vía de mientras los conspiradores se entretenían con ensayos. Respecto a esto, Carranza señalaba que se trataba de “hacer aparecer al gobierno mexicano como instigar de los desordenes iniciados en la región de Brownsville.” Se refería a los hechos que, al amparo del llamado Plan de San Diego, llamado así por la población texana en donde surgió, mediante el cual un par de sujetos, Aniceto Pizana y Luis de la Rosa, se dieron a la tarea de cometer atrocidades, al tiempo que se decían apoyados por las fuerzas carrancistas, aun cuando no eran sino siervos del huertismo tal y como lo declaró otro inmiscuido, Basilio Ramos. Para dejar las cosas en claro, Carranza aseguro que” mientras dure en el gobierno, jamás permitiré que el territorio nacional sirva de guarida de esos malhechores, pues estoy propuesto a respetar la neutralidad…” Quedaba pendiente un tema, el del principal medio de trasporte de entonces.

El presiente declaró que “los ferrocarriles del país seguirían siendo operados por el gobierno por el tiempo que dure la pacificación, entregándose después a los legítimos dueños. A ustedes no les será difícil comprender lo indispensable que es para el gobierno tener el dominio de los ferrocarriles manejados por militares expertos, lo que contribuye a la rápida movilización de las tropas.” Para quienes consideraban esos actos arbitrarios, indicó: “Debo manifestar a ustedes que el gobierno de México posee la mayoría de las acciones de las Líneas Nacionales y de uno de los ferrocarriles que une a la ciudad de México con el puerto de Veracruz. Las leyes relativas a la incorporación de esas líneas previenen claramente que el gobierno del país puede hacer uso de ellas cuando lo estime conveniente. Por lo tanto, el gobierno constitucionalista no ha invadido derechos al posesionarse de las líneas para usarlas en la movilización de sus tropas y toda clase de equipos militares” Dejó claro que “aunque los ferrocarriles se construyeron con capital extranjero es necesario que todo mundo sepa que no son propiedad extranjera por la sencilla razón de que al incorporarse u organizarse las compañías constructoras se sometieron y aceptaron de plano las clausulas legislativas que previenen la renunciación a la intervención de un gobierno extraño con respecto a la propiedad, habiendo convenido en aceptar y respetar la leyes que rigen en la republica mexicana. De hecho estas compañías son mexicanas en cuanto a su carácter.”

En aquella entrevista estaba el bosquejo del diseño del estado mexicano moderno. Aun faltaba mucho por discutir y, aun cuando poco se le reconoce, al momento en que se elaboró el diagrama final, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, Carranza no actuó con la testarudez que le caracterizaba, fue capaz de entrar al dialogo y negociar para aceptar se incorporaran conceptos con los cuales no necesariamente estaba de acuerdo. Con ello, demostró que su estatura física e intelectual iban aparejadas y el uso de espejuelos no le impedía tener una visión de largo plazo. Lo suyo era una perspectiva de estadista y no la de un aspirante a liderzuelo de plazoleta. [email protected]

Añadido (22.14.60) El domingo anterior, se mostró cual es la formula que debe emplear la oposición si quiere derrotar a Morena en 2024. El gran problema, además de conciliar los intereses de cada partido, es encontrar un candidato con solidez intelectual capaz de presentar una propuesta viable de revertir lo que se ha perdido en todos estos años. Eso sí, nada de fulanos simpáticos-guapitos-populacheros, ya vemos lo que sucede con ese tipo de candidatos al convertirse en gobernantes.  En el siglo XXI, llevamos tres con ese talante y sus resultados han sido nada satisfactorios.

Añadido (22.14.61) Como dirían las crónicas antiguas, el domingo 17, el diputado priista neolonés, Ildefonso Guajardo Villarreal destapó el frasco de las esencias y dictó una catedra autentica durante el debate sobre la reforma eléctrica. 

 Añadido (22.14.62) Pocos le prestaron atención, pero es importante destacar como el mandatario de Texas y quienes están al frente de los gobiernos de Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas fueron capaces de sentarse a negociar para resolver el problema que enfrentaban. Para nada requirieron de los presidentes de los EUA y México y menos del secretario de estado o del responsable de las relaciones exteriores. ¿A que otro tipo de acuerdos podrán llegar sin necesidad de esperar a ver qué es lo que opina el gobierno federal de sus respectivos países? Recordemos que la región fronteriza tiene su dinámica propia, algo difícil de entender para quienes desconocen cómo es la vida por esos rumbos.

Añadido (22.14.63) La diferencia entre la bestia austriaca y el carnicero georgiano era que uno se vestía de café y el otro de rojo. Uno marcaba, antes de enviarlos a los hornos, con una estrella amarilla a los que consideraba traidores. El otro, remitía a los Gulags a quienes disintieran. Ambos espectros anduvieron por México durante esta semana que concluye.

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