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Trastornados por la Fórmula Uno

Por Ricardo Raphael

Hace 7 años

Durante la segunda mitad de su vida, el general Porfirio Díaz utilizó polvo de arroz para blanquearse el rostro. En la vejez, el héroe de la Intervención Francesa padeció el trastorno de querer parecer francés.

Un mercadólogo contemporáneo diría que aquel fue un tic “aspiracional” del dictador, quien recurrió, acaso con ayuda de su esposa Carmen Romero Rubio, a la simulación para saltar barreras tan imposibles como las de la genética cutánea.

Ni los presidentes están a salvo del trastorno aspiracional, tanto menos el resto de los mortales.

En el presente los mexicanos sobresalimos, mundialmente, por la inversión que hacemos en tintes de pelo –siete de cada 10 usuarios prefieren el cabello güero– y, desde luego, en cremas y maquillajes blanqueadores.

La aspiración mayor no es por los productos que nuestros exiguos ingresos apartan del deseo: los objetos son solo un pretexto. Como en el caso de Don Porfirio, el propósito más íntimo es romper las barreras que achican la reputación social, el prestigio y la pertenencia al círculo privilegiado.

Como aquel oaxaqueño, con polvo aspiramos a apartarnos de la irrelevancia social y la devaluación pública.

Un mural gigante del trastorno aspiracional que todavía devora a la sociedad mexicana fue, otra vez, el Gran Premio de la Fórmula Uno que se celebró este fin de semana en el Autódromo Hermanos Rodríguez.

Casi 300 mil personas acudieron para ovacionar los arranques y rebases, pero, sobre todo, para ser admiradas. Poco importa que a la hora de presumir hayan tenido que pagar a 70 pesos la Coca Cola más barata del mercado, a 50 la botella de agua, a 45 las papas o a 500 pesos el sorbo de güisqui.

En lugar de tinte güero, en la gran final podían adquirirse, en 2 mil pesos, gorras de las distintas escuderías.

La entrada más económica fue de mil 600 pesos: un pase para tomarse dentro la selfi, con el dispositivo celular y, debido a la mayúscula distancia con la pista, utilizar luego ese aparato para mirar la carrera, tal como si uno se hubiese quedado en casa.

Hay quien sufragó 23 mil pesos por boleto, pero, como la aspiración no puede vivirse a solas, invitó a dos o más integrantes de la familia para dejar testimonio de la osadía.

Entre los más aventajados de la aspiración nacional destacan los que adquirieron suites o palcos para apartarse de la masa. Esta vez el precio de una de esas salas rondó los dos millones de pesos para los tres días. (Harto político y sobre todo expolítico se vio rondando ese Olimpo).

No hay por qué combatir este negocio que genera más de 7 mil empleos, deja como ganancia alrededor de 14 mil millones de pesos y ha hecho que una empresa destacada en la organización de eventos (CIE) lograse mejorar sus ingresos en más de un 500 por ciento.

El tema preocupante es otro: vale referirse al trastorno que altera la percepción de las personas hasta el punto de hacerlas creer que su asistencia a este evento automovilístico puede cambiar mágicamente su realidad.

Un trastorno que hace a muchos endeudarse, por meses y quizá años, que desintegra ahorros, que aplaza gastos indispensables, que redistribuye ingreso desde la estructura media de la sociedad para beneficiar al penthouse.

Muy probablemente el Gran Premio sea un éxito en México porque aquí la reputación y el privilegio fundan sus raíces en la honda cultura de la discriminación.

Una gorra, una camiseta, un asiento, una selfi, una cerveza a costo de champagne, un grito acompasado de otros miles de gritos aspiracionales –justo en el momento en que el piloto llega a la meta– hacen suponer al incauto que él no es como el resto.

El trastorno es grave sólo porque está destinado a aniquilar la esencia de las personas, aunque sólo sea por tres días al año.

ZOOM: hablando de presidentes, hay algunos que aspiran y otros que inspiran. A cada cuál le toca ponerse la gorra –el sombrero– que mejor le acomode.

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