Coahuila
Hace 1 año
Con base en el género literario urbano que se centra en la vida de las ciudades, con temas, personajes y escenarios propios del entorno cotidiano, es que tomo estas tres historias para recrear al Saltillo de mediados del siglo pasado.
Don Carlitos tiene callos
Como la famosa canción de la peruana Chabuca Granda, La Flor de la Canela, del Centro a la Alameda caminaba por las tardes don Carlitos, un hombrecito como de un metro y cuarenta centímetros. Era moreno, delgado, siempre pulcro, hasta brillaba por el exceso de vaselina o brillantina que utilizaba al final del baño, que seguramente era a diario. Don Carlitos casi siempre vestía pantalón blanco, camisa y calcetines color rojo chillante y tenis blancos. En su pecho portaba algunas medallas de imágenes religiosa, otras más de la Legión de Hijos de Veteranos de la Revolución.
La gente de antaño, con sus modismos, decía: “¡Don Carlitos se cuelga hasta el molcajete!”.
La chiquillería que recogía los periódicos ahí, en el puesto de Toño “La Bola”, para irlos a vender por la barriada, le gritaba: ¡Don Carlitos, tiene callos! Y el hombrecito se molestaba. Para demostrar que no tenía callos, brincaba y decía a voz en cuello: “¡No tengo callos, miren como brinco y no me duelen los pies! ‘Tan jodidos, cabrones”, y daba la media vuelta.
Siempre pegado a una de sus orejas llevaba un pequeño radio portátil de pilas, mientras caminaba con paso lento sobre la avenida Victoria, desde Allende hasta la Alameda.
Nunca permitía escuchar lo que él oía y decía: “¡Achís, cómprate uno!”.
¡Huy está re-lejos… ¡No sé cuánto me tarde!
César Felipe Rodarte Álvarez, regiomontano él, llegó a Saltillo para quedarse y recuerda lo reducido de la mancha urbana de entonces.
Dice que su esposa necesitaba el arreglo de algunas tuberías de la casa donde decidieron vivir en la ciudad, casi al final de la avenida Universidad.
Contrataron a un plomero quien tomó todas las medidas e hizo el presupuesto. Solicitó el dinero y cuando la señora de Rodarte Álvarez le preguntó “como cuánto se tarda, maistro”, este contestó: “¡Uy, señora, no sé. ¡Voy hasta el centro y esta re-lejos!”.
Esta anécdota nos hace recordar que todavía el crecimiento de Saltillo no llegaba más allá de la avenida Universidad y lo que ahora para nosotros es cercanía, para los habitantes de la época era lejanía.
Los toreros
Auténticas tardes de gloria tuvieron primero que ninguno otro medio, trabajadores, redactores, columnistas, fotógrafos y reporteros del Heraldo del Norte para disputarse “la manoletina de oro”.
Fueron memorables y espectaculares aquellas tardes de la Plaza Armillita en la antigua Villa Olímpica al norte de la ciudad.
Y quienes daban el paseíllo por el Heraldo del Norte eran auténticas “figurones” del toreo espontáneo saltillense. Roberto Orozco Melo, Arturo Berrueto González, Jesús Alfonso Arreola, Pepe González, Mauro de la Rosa Gloria “El cachorro”; José Mora, “El Güero” García, “La Cachorrona” Salazar, Carlos Gaytán Villanueva, entre muchos otros inolvidables trabajadores de la comunicación local, que pusieron de modas las corridas de toros de los medios impresos y radiofónicos
Luego a la caída del Heraldo del Norte, que se atribuye al disque coronel revolucionario José García Valseca, para instalar aquí su periódico de la famosa cadena que llevó su nombre; empleados, directivos, redactores y reporteros del Sol del Norte habrían de continuar con esa tradición muy periodística, las famosas corridas de toros.
Así surgieron “figuras del arte de cuchares” como Antonio “Toñete” Ruíz, Agustín “Cayetano” García, Guillermo “Pinturitas” López, Adolfo “El comandante” González, y el que sería jefe de redacción por muchos años del Sol, el parraleño Octavio “El Güero” Paéz, entre otros.
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