En días pasados, cumplí mi tercer año como directora general de la Academia Interamericana de Derechos Humanos. En unas semanas más, rendiré mi informe anual de actividades frente a las autoridades universitarias, tal como lo establece la Ley de la Academia Interamericana de Derechos Humanos.
Sin embargo, no quiero dejar pasar este momento tan importante para mí sin recalcar la que ha sido siempre mi visión desde que tomé la decisión de dejar a mi familia y mi tierra (mi amada Cerdeña), con una maleta llena de ilusiones y con unas pocas lágrimas de nostalgia, para perseguir un sueño.
Un sueño que compartíamos Luis Efrén y yo, junto con otras personas que acompañaron a nuestro fundador desde el inicio: Maleni y Sergio. Nuestro sueño era crear uno de los proyectos más grandes e importantes en materia de derechos humanos en la Universidad Autónoma de Coahuila, en nuestro estado, en nuestro país y en toda la región interamericana. Hace tres años, recibí la gran oportunidad de fortalecer este proyecto asumiendo la dirección de la AIDH. Hace tres años, empecé una gran aventura, quizá la más importante de mi vida profesional.
Hace tres años, asumí una serie de compromisos muy claros. Soy una mujer sarda, que mantiene las promesas que hace y cumple los compromisos que asume, cuesten lo que cuesten. Mi primer compromiso fue hacia las víctimas de violaciones graves a derechos humanos. Se trata de un compromiso académico en el marco de nuestras competencias que direcciona nuestros proyectos, programas e investigaciones académicas para que sus derechos sean protegidos, garantizados y reivindicados, su voz escuchada y su memoria honrada.
Mi segundo compromiso fue hacia las instituciones: ir fortaleciendo las instituciones estatales para que siguieran trabajando en la implementación de las políticas públicas en materia de derechos humanos. No solamente acompañamos al Estado en la elaboración de su Programa de Derechos Humanos, sino que estamos trabajando en el monitoreo y seguimiento del cumplimiento de las políticas públicas que allí se desarrollaron y en aquellas que son prioritarias para el Estado.
Finalmente, last but not least, mi tercer compromiso con las y los jóvenes. Son nuestra mejor apuesta, como universidad, estado y país. Mi compromiso implicó la realización de todo lo necesario para formar jóvenes profesionales de los derechos humanos con los más altos estándares académicos que exigen un trabajo de esta magnitud.
Proteger derechos humanos, incluso desde la trinchera académica, no es algo que se puede improvisar. Es algo que necesita de mucha preparación: profesional y humana.
Este es mi mayor reto como directora general para el futuro. A la fecha, más del 30% del cuerpo de investigadores de la AIDH son integrantes del Sistema Nacional de Investigadores, más del 50% tienen el perfil Prodep, lo que se traduce en un cuerpo docente altamente especializado y de alta calidad académica. Mi compromiso es que, en próximos años, a través de nuestro trabajo, podamos acercar estos porcentajes al 100 por ciento.
El nivel de excelencia académica que exigimos, tanto a nuestros investigadores, así como a nuestras alumnas y nuestros alumnos, de la Licenciatura y de nuestros cursos de posgrado, es alto. Su punto de comparación no se puede limitar a lo que tienen más cerca. Su punto de comparación tiene que ser el más alto que exista en el mundo.
Nuestras alumnas, nuestros alumnos, nuestras personas investigadoras tienen que ser competitivas y competitivos en el mundo global. Solo así, podrán ser los agentes de cambio social que tanto necesitamos, en Coahuila, en México y en la región latinoamericana.
Esta era mi visión cuando emprendí el “sueño mexicano”, cuando empecé la “aventura directiva” y hoy, tres años después, sigue siendo la misma. Hay solo un cambio. Hoy estoy mucho más convencida que hace tres años. Esta sí es la vía…
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