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| Claudia Neaves

Piedras Negras

Tres historias una enfermedad

  Por Siboney Alvarado

Publicado el sábado, 30 de octubre del 2021 a las 04:01


Claudia, Yoana e Irene narran cómo han enfrentado el cáncer tras ser diagnosticadas.

Piedras Negras, Coah.- 

Espera tratamiento médico

Claudia Neaves, de 54 años, originaria de Piedras Negras, dudó si su historia sería digna de ser contada; para ella su testimonio sobre el cáncer de mama es incierto; se lo diagnosticaron en junio de 2020 y un año cinco meses después, no ha tenido acceso a un tratamiento médico.

El tiempo transcurrido desde que le dijeron de su enfermedad a la fecha la tiene en el “limbo”, el resultado de una tomografía que le hicieron el mes pasado arrojó un hallazgo desalentador, el cáncer se extendió a los pulmones y cerca de su axila izquierda.

Noé Linares, el oncólogo-cirujano del hospital “Doctor Salvador Chavarría”, del sector salud, le habló de la necesidad urgente de las quimioterapias. La espera de la referencia para ir a Saltillo, en donde deberá recibirlas, se ha tornado inalcanzable.

De tez blanca y cabello teñido de rojo que resalta como el carmín de sus labios, habla desde la silla de ruedas a la que ha estado confinada; se trata de una leal compañera desde que tiene conciencia, cuando era pequeña desarrolló poliomielitis.                                                                                           

Para Claudia, la palabra cáncer es familiar, su única hermana que vive en San Luis Potosí lo padece en el colon; otro pariente cercano, un primo que vive en la zona centro, también lo tiene en el cerebro y en la laringe y su mamá lo tuvo en el pulmón, falleció por ese motivo el 30 de mayo de 2015.

“ No sé qué es lo que le puedo contar, si desde que recibí mi diagnóstico, hasta ahora no me han hecho nada, me han pedido muchos estudios y cuando me iban a operar se suspendió la cirugía; la primera vez porque se me subió la presión, en otra ocasión no tenía los donadores de sangre y dos veces más por otros razones. Gracias a Dios me dicen que pronto me van a mandar a Saltillo a las quimios”.                                                                                                               

La angustia se apodera de ella, al pensar en su falta de recursos y la dificultad de encontrar a alguien que la cargue ante su imposibilidad de caminar por sí misma; en el medio privado necesitaría pagar 12 mil pesos por cada tratamiento.

Pese a las adversidades, Claudia mantiene la esperanza y los ánimos de salir adelante, ni la enfermedad ni su discapacidad la frenan, por las tardes se le ve en el exterior del Oxxo de la avenida Carranza y Constitución, en donde vende dulces para ganarse la vida.

Un diagnóstico inesperado

A la edad de 30 años, Yoana Francisca Leija Hinojosa, madre soltera de dos adolescentes, José Luis y Mario Alberto, de 13 y 16 años de edad, nunca pensó que las recurrentes infecciones vaginales que padecía serían preludio de un diagnóstico tardío e inesperado.

Sin notar mejoría y tras la recomendación de la doctora que la había tratado en un consultorio popular durante varios meses, se hizo exámenes de laboratorio de forma particular.

Los gastos los absorbió su hermana Imelda Araceli; ella no trabaja, se dedica enteramente al cuidado de sus hijos; los dos tienen retraso sicomotriz.

El resultado fue contundente y devastador para Yoana, que el 19 de octubre -paradójicamente considerado el Día Internacional de la Lucha contra el Cáncer de Mama-, celebra su cumpleaños; el suyo es cáncer cervicouterino en etapa III. 

Lo avanzado de la enfermedad hizo imposible una operación para extraerle la matriz, antes debe recibir quimioterapias; podría necesitar 25, actualmente no ha recibido una sola.                                                                                                                               

Con animosidad, cuenta que el 11 de noviembre tiene cita en la Clínica 25 del IMSS, en Monterrey, donde le aplicarían su primera quimioterapia; se aferra a la idea de salir avante a pesar de tener anemia, según sus estudios más recientes.

“ Necesito estar bien por mis niños, porque ellos no tienen a nadie más”, expresa con llanto contenido la joven que fue madre por primera cuando tenía 15 años, a los 18 tuvo a su segundo hijo y hace tres años perdió de forma espontánea una niña cuando presentaba cinco meses de gestación.

“ Aun con su discapacidad los quiero mucho, soy muy feliz de poder ser mamá, por eso no quiero que me pase nada, porque ellos me necesitan”.

Con un ingreso semanal de 500 pesos que recibe para los gastos de uno de sus hijos, Yoana no cuenta con más recursos -dice que vive “de arrimada” con su mamá- llegó después de que su expareja la corriera cuando supo de su enfermedad.

Su mamá quedó viuda recientemente, su esposo murió de cáncer en los huesos, “no resistió, tal vez por la edad”, añade. Sin una pensión que le permita sobrevivir, espera de ser incluida en la pensión de 65 y más.

A Yoana, -cuya escolaridad sólo llegó a primero de secundaria-, no le gusta pedir ayuda, le da “vergüenza”, las personas con las que está más agradecida es con su mamá y su hermana Imelda, que le han brindado apoyo incondicional.                                                                 

“ A veces ando como si nada, otras veces me la paso tirada porque me dan dolores muy fuertes y luego me levanto de un día a otro, como si nada; por ahora sólo me la paso con vitaminas para levantar las defensas y pastillas para el dolor, en estos días me van a poner sangre para poder estar bien cuando reciba mis quimioterapias”.

Te vences o te fortaleces

“ Al inicio, cuando nos dan el diagnóstico, sólo tenemos dos opciones: O nos dejamos vencer o fortalecemos nuestro cuerpo y mente para iniciar una lucha diaria sin saber qué vendrá mañana, ni por cuánto tiempo, sólo vivir día a día”. Es como Irene de la Garza Santos inicia el relato de su travesía por el proceso que ha pasado desde que recibió la noticia de su padecimiento, en junio del 2020.

Pasar por un periodo de tensión, después de que uno de sus hijos, de 36 años, enfermó de Covid, repercutiría más tarde en su salud.

“ Mi hijo se puso mucho muy grave, estuvo a punto de que pasara lo peor, tuve que llevarle tanque de oxígeno a la casa y en esos momentos estaba tan fuerte la situación, que no queríamos llevarlo a un hospital, fue duro verlo desde la calle y quererle dar un abrazo, darle sus alimentos y cuidarlo, eso me llevó a un estrés muy fuerte”.

La preocupación de ver a su hijo convalecer por la enfermedad que ha mantenido al mundo en vilo, la llevó en una ocasión a perder las llaves de su casa y verse obligada a brincar el portón; de ese esfuerzo, un golpe accidental en un seno la alertaría después.

“ Me comencé a sentir muy mal, no tenía fuerza, el cabello se comenzó a caer y creí que era por el estrés; en una ocasión tomé un antibiótico y me sentí mejor, agarré un poco de fuerza, el auto y me saqué un ultrasonido en la Cruz Roja”, fue un diagnóstico preliminar.

Detectarse una bolita en uno de sus senos la llevó a creer que habría sido por el golpe que tuvo, aunque tiene seguro social, el apoyo oportuno de sus hijos y hermanos le permitieron actuar oportunamente y revisarse de manera privada.

“ La cosa era rápida, no podía perder el tiempo para que me dieran una cita, me sentía perdida, mal física y emocionalmente; un médico internista me dijo lo que intuía: ‘Tienes que ir con un oncólogo’; Irene quedó suspendida, es algo muy fuerte, no sabes si piensas o no piensas, si caminas o no”.

Para Irene, siguió enfrentarse a una cirugía inminente, el especialista reveló la presencia de un tumor grado 4C y 20 ganglios en uno de sus brazos que le fueron retirados tras someterse a una operación; el 17 de noviembre próximo se cumplirá un año de su procedimiento.

“ Te enfrentas a mucho dolor, nada podía tocarme la piel, ni una sábana”; al pasar el periodo de convalecencia, Irene fue canalizada al área onco-médica del IMSS en el Hospital General de Zona número 11, en donde le fueron aplicadas cuatro quimioterapias.

“ Enfrentarte al tratamiento es difícil, recibí cuatro de dos clases, cada 29 días; te bajan las fuerzas hasta el suelo; después vinieron las radiaciones: Fueron 25; la cita para ir a Monterrey llegó pronto, el proceso fue rápido”.

La etapa más complicada para Irene fue verse vulnerable ante la enfermedad, debido a que ante los ojos de su familia, siempre ha sido una mujer fuerte e independiente.

“ En una ocasión vi un carro con un logo rosa y fue muy difícil pedir ayuda, me estacioné a un lado del auto y marqué un teléfono que venía, dije: No sé qué es lo que ustedes hacen, tampoco sé qué estoy haciendo, lo único que sé es que necesito ayuda”, se trataba de una unidad del Grupo de Apoyo a Personas con Cáncer.

“ Estoy muy agradecida con el GAC, forman parte de nuestra familia, nos brindan mucho apoyo emocional, económico, en especie, con exámenes cuando no los podemos hacer, nos dan la oportunidad de checarnos para que nos expliquen y gracias a ellas me siento un poco más aliviada”.

Al momento Irene no ha sido dada de alta, acude a chequeos cada mes, después serán cada tres meses y después cada seis; asegura que la enfermedad provoca un cambio de vida total, las amistades no son las mismas, la alimentación tampoco y no piensas en el mañana, solo en el hoy.

Aunque se dice creyente, asegura que la fe no se trata de religión, sino de convicción de tener a Dios en el corazón, es lo que fortalece la mente y el alma con la esperanza de seguir adelante y no volver atrás, porque es duro escuchar cuando otras compañeras recaen.

La madre y abuela de Irene, fallecieron por complicaciones de cáncer en la matriz, ella aprendió poco de esa experiencia porque no tenían información, ahora asegura que es distinto; las mujeres ahora tienen la oportunidad de auto-explorarse y no dejar a la decidía cualquier sospecha.

“ Fue el peor error que cometí, no checarme porque creí que todo estaba bien, al día de hoy me encuentro bien, por lo que doy infinitas gracias a Dios con la fe de que en manos de él nunca más regrese atrás y continuar cada día mejor y mejor”.

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