Coahuila
Hace 2 años
De oficio zapatero, que en su inicio los hacía a la medida, sólo que los fabricantes en serie de León, Guanajuato, lo obligaron a dedicarse sólo a la reparación de calzado.
Pero Trigio Rodríguez, que se decía descendiente de indios Kikapú de Múzquiz, tenía otra facultad o cualidad: era “sobandero”, lo que ahora se conoce como quiropráctico, oficio tan antiguo como el mismo hombre.
El señor Rodríguez fue un honesto “componedor de huesos y arreglo de torceduras”. No engañaba a nadie, cuando el problema requería de la intervención de un profesional de la medicina lo hacía.
En su “consultorio” de la calle General Cepeda 224 norte, donde además habitaba con su familia, recibió decenas de enfermos desahuciados por la ciencia médica, y como el poema de Garrid, Reír Llorando, (Cambiadme la receta), algunos facultativos enviaban a sus pacientes con Trigio, quienes llegaban con hombros sueltos, tobillos torcidos y un sinnúmero de articulaciones o huesos fuera de su coyuntura y/o zafados, con esguince, inclusive fracturas, estas últimas jamás las tocaba, los mandaba con el galeno, alguno que otro con cintura lastimada, cadera, cuello, muñeca y/o dedos, todo lo que reparaba o ponía en su lugar lo sanaba, como por arte de magia.
Anécdotas seguramente hay muchas, pero una de estas la comenta su nieto Adalberto Cervantes Rodríguez, en un libro próximo a salir.
“Al domicilio del sobandero en Aldama y General Cepeda llegó un lujoso automóvil con placas de Nuevo León, descendió un caballero elegantemente vestido, quien en una silla de ruedas condujo a su esposa hasta el consultorio de don Trigio, quien revisó a la paciente y tras el diagnóstico recomendó ver a un especialista médico, porque él no podía intervenir.
–Es que ya vimos varios doctores y hemos estado en algunas clínicas de Monterrey y no han querido atenderme. Me recomendaron a usted como último recurso.
–Yo no puedo atenderla, señora.
–¿Ves mujer?, es lo mismo que te dijo el doctor Muguerza y el otro médico del mismo hospital, y el otro de la clínica San José.
–Querido, permite que termine de hablar don Trigio, continúe por favor, ¿se puede hacer algo? No solamente siento, sino que presiento que tiene un remedio para esto y tengo plena confianza en usted.
–Desafortunadamente yo no puedo hacer nada, están bastante afectados los tobillos, dudo de una recuperación, pero teniendo mucha paciencia y a largo plazo quizá, a diferencia de lo que digan los médicos, lo que le puedo recomendar es que se dirija con ellos, esto está fuera de mis manos, si intento hacer algo le puedo lastimar más y sería peor.
–Mire don Trigio, he visto muchos médicos de todas partes de Monterrey y de San Antonio, Texas, todos me dicen lo mismo que usted, pero ninguno me da una esperanza de recuperación, no quiero vivir el resto de mi vida en una silla de ruedas, venimos porque hemos oído hablar mucho de usted, realmente estamos asombrados con su conocimiento, y bien ¿qué recomienda?
–Bueno, miren, lo que puedo recomendar es que todos los días ponga sus pies en la base movible de su máquina de coser.
–Pero no tengo, nunca he tenido.
–Bueno consígase una usada o aunque sea la pura base, sin la máquina y los cajones, lo importante es el pedal de la parte de abajo para poner los pies.
Primero pone sus pies a remojar en agua caliente con sal lo más caliente que soporte, saca los pies y se unta Iodex, y se pone a pedalear en la máquina, todo con calma, despacio, sólo a soportar el dolor, el tiempo en que sienta que su pie lo puede mover, cuando se enfríe, deja de hacerlo, y así todos los días las veces que sean necesarias y que los pies y su cuerpo soporten. No garantizo el caminar en su totalidad, pero la movilidad sí, esto es un paso para salir adelante al menos con bastón o muletas”.
-Disculpe señor, ¿a qué se dedica usted en Monterrey?
-Soy el doctor del Hospital San José.
El sobandero se quiso ir de espaldas y todo apenado le dice:
–¡Por Dios doctor, ¿por qué no me lo dijo antes?!
–De ninguna manera don Trigio, es un placer no sólo conocerle en persona, porque de oídas le conocíamos, más.
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