Saltillo

Publicado el viernes, 1 de agosto del 2025 a las 04:30
Saltillo, Coah.- Inmersos en la cultura de la inmediatez y del merecimiento, de la sicomagia y las microdosis de falso optimismo, estamos convencidos de que es obligatorio ser felices, y si no lo logramos, seguramente es porque algo estamos haciendo mal, lo cual nos envuelve en una vorágine de frustración que se vuelve cada vez más profunda.
Porque hoy la tristeza es vista como un error que debe corregirse, y no como una emoción humana legítima.
Las redes sociales, los gurús del bienestar y una industria multimillonaria de la autoayuda, nos repiten sin cesar que debemos “vibrar alto”, “manifestar abundancia” y “atraer lo que merecemos”, de ahí que si alguien se siente mal es porque no está pensando “positivo”, y esa culpa –sutil pero constante–, puede ser más devastadora que la emoción misma.
Pandemia aumenta depresión
Datos de la Organización Mundial de la Salud indican que los trastornos depresivos y de ansiedad aumentaron 25% desde la pandemia, y el Inegi divulgó que en su Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado, Enbiare, que 47.6% de la población adulta declaró sentirse estresada constantemente, y más de 30% dijo haber experimentado tristeza de forma frecuente en los últimos meses.
Pero lo malo no es sentirse triste, sino no saber cómo manejar esa emoción primaria, advierte el terapeuta Daniel Oyervides.
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La idea de que debemos estar bien todo el tiempo no sólo es irreal, es peligrosamente dañina”, advierte, “lo que estamos viviendo es una especie de dictadura del bienestar: no importa cómo estés, debes sonreír y seguir, y esa presión borra la posibilidad de procesar emociones reales y humanas como la tristeza, la ira o el miedo”.
Resiliencia malentendida
La obligación de ser felices puede generar ansiedad, estrés y depresión, porque es una batalla de antemano perdida: perseguimos una falsa idea de plenitud, lo que vemos en redes sociales, es falso.
Y aquí entran las exageradas virtudes de la resiliencia, entendida como la capacidad de adaptarse a la adversidad, que ha sido distorsionada hasta convertirse en una exigencia: si no te repones rápido, eres débil, afirma el especialista en salud mental.
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Hoy se espera que las personas se levanten de inmediato tras una pérdida, un despido o una ruptura amorosa, como si el dolor tuviera fecha de caducidad”, señala, “lo que antes era una cualidad admirable, hoy la resiliencia se ha convertido en una trampa emocional”.
Tristeza, una respuesta emocional
La tristeza no es una enfermedad: es una respuesta emocional normal que cumple una función adaptativa, y si la tratamos de suprimir, no estamos privando del aprendizaje y del crecimiento personal.
Aunado a estos falsos preceptos, la tendencia wellness ha creado la ilusión de que el bienestar es un producto de consumo: retiros espirituales, dietas y frases motivacionales, mercantilizan la felicidad.
Hay que reconocerlo
Saber reconocer la tristeza es un acto de liberación que nos devuelve una parte de nuestra humanidad, esa que habíamos perdido en la carrera por ser felices a toda costa, y es en ese gesto honesto y profundo donde puede surgir una alegría distinta, no la eufórica ni la impuesta, sino una alegría serena, real, que nace de habitar lo que somos, con todo lo que eso implica.
Porque sólo cuando dejamos de luchar contra nuestras emociones, empezamos realmente a vivirlas.
Contracultura
En este contexto, hablar de tristeza se vuelve un acto contracultural que, paradójicamente, podría traernos alegría.
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Reconocer que no todo está bien todo el tiempo, que no siempre estamos de buen humor, que no todo siempre sale como esperábamos, que hay días grises, es un primer paso para reconocer nuestra emoción y saber tratarla, no necesitamos más resiliencia mal entendida, sino más compasión, aceptación, empatía, saber decir ‘estoy triste’, el otro me seguirá queriendo”, dice Daniel Oyervides.
Optimistas
El antropólogo inglés Jamie Davis, autor del libro Sedados, explica que desde la década los 80 los gobiernos y las grandes corporaciones –tipo Coca-Cola–, contribuyeron a promover un nuevo concepto de salud mental ideal: una persona capaz de transformar el dolor en fuerza motora para salir fortalecida; optimista, individualista, consumista y sobre todo, económicamente productiva.
Resiliencia + capitalismo + la obligación de ser feliz, es la fórmula completa para la destrucción del individuo, dice el autor.
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