“¿Por qué aprendemos a temer el terrorismo pero no el racismo, no el sexismo/machismo, ni la homofobia?”
A. Davis
La pregunta de la militante de los derechos, Angela Davis, reclama cómo en algunas estructuras sociales se señalan ciertas formas de violencia y se normalizan otras que parten del mismo prejuicio.
Es una convocatoria a la reflexión sobre cómo se construyó un discurso en contra del patriarcado por las mismas que luego reproducen sus dogmas internalizados de opresión como la transfobia.
La discriminación terfa (del inglés TERF, acrónimo de Trans-Exclusionary Radical Feminist, se traduce literalmente como feminista radical transexcluyente) emplea formas de repudio más sutiles, por lo cual a menudo pasan desapercibidas y son muy difíciles de denunciar. La más evidente en nuestro país es la exclusión del mercado laboral que condena a esta comunidad al sexoservicio.
Esta distorsión del feminismo, también llamado blanco o supremacista, pretende ignorar al colectivo TRANS, el más opuesto a la heteronormatividad y, por lo mismo, más vulnerable ante la violencia.
La conciencia de clase nos permite una visión horizontal, donde la lucha contra las relaciones de poder construye un género más allá de la zona genital, esa que fue formada desde el fanatismo en la colonización basada en sexo y raza para dar una lectura de sociedad estratificada en castas.
El espacio de lucha está en la discusión feminista por la disputa conceptual en relación a sexo y género, donde están ambas perspectivas, transincluyentes y transexcluyentes, la primera basada en una concepción de género como constructor social, y la segunda en una visión binaria y biologicista de la sexualidad.
Erradiquemos el odio de la etnografía digital, donde la ontología de un comentario va más allá de un símbolo, una tecnología o la capacidad cognitiva. Y el discurso hecho a partir de él contamina la discusión y la comunicación política en todos los foros y abona en favor de la violencia contra las mujeres.
Nuestra conciencia no se ejerce por el siervo hambriento, nos hace enfrentar la voracidad del burgués que se alimenta de nuestra sangre.
La conciencia es fuego para medir el mundo que inventaron en nuestra ausencia. Es una vara que se enciende en antorcha para trocar su odio en cenizas.
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