Ya son 12 días en las entrañas de una mina inundada. Hoy, exactamente igual que ese miércoles 3, no hay condiciones para que ingresen los cuerpos de rescate y localicen a los 10 mineros cuya suerte se encuentra ya, más en el ámbito de la esperanza de un milagro, que en las realistas proyecciones de salvarlos.
Son 12 días que exhiben no solo las precarias condiciones en que se lleva a cabo la extracción de carbón, sino la ausencia de protocolos básicos de seguridad, así como de reacción inmediata ante accidentes.
Son 12 días que nos demuestran que, en eso de ponderar la vida y la legalidad, en los hechos, al menos en la minería, estamos aún en pañales.
En las inmediaciones de El Pinabete, en Sabinas, crece la desesperación y la ira de quienes ven pasar las horas, los días y que sus familiares sigan, en el mejor los escenarios, luchando por mantenerse con vida en las peores condiciones imaginables.
La desesperación es aún mayor, ya que, tras muchos días de esfuerzos por bombear el agua, ayer por la madrugada, la mina se volvió a inundar y con ello el avance que significó extraer miles de metros cúbicos de agua se borraron en segundos.
Vecinos de Sabinas advirtieron que después de meses de sequía, un problema para los trabajos en la mina era la llegada de lluvias, ya que la recarga de acuíferos podría tener un efecto en la entrada de agua a las galerías de El Pinabete. Y eso fue lo que sucedió.
Queda mantener la esperanza, que llegue a presentarse ese anhelado milagro, claro, pero también abrazar el realismo y considerar que posiblemente El Pinabete se convierta, sino lo es ya, en la tumba de agua de 10 mineros coahuilenses que habrían pagado con su vida –como muchos otros lo hicieron a lo largo de los años– por todo lo que es ilegal y corrupto, y que rodea el “negocio del carbón”.
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