La sucesión del Gobernador entró en una zona de turbulencias. Faltan seis meses para la postulación oficial de candidatos y menos de diez para las votaciones, pero los partidos y los protagonistas actúan como si el proceso fuera ya. No es para menos, nadie desea rezagarse ni conceder ventajas al contrario, pues se trata de una elección atípica. Entre 2018 y 2022, el PRI pasó de ser la primera fuerza política nacional a la tercera, y de gobernar 14 estados a solo tres. El supuesto líder de ese partido, Alejandro Moreno, no lo ve así, pues está en Babia. Morena es hoy el partido dominante y tiene en el punto de mira a Coahuila y Estado de México, únicos del país sin alternancia.
Para estar en condiciones de retener las gubernaturas, actualmente en poder de Miguel Riquelme y Alfredo del Mazo, el PRI necesita del PAN y el PRD. Aun así correría riesgos, pues en las 17 últimas elecciones el bloque perdió 15 estados con Morena. Sin embargo, la coalición podría naufragar por culpa de Moreno y de su «alter ego», Rubén Moreira, quienes, con tal salvarse de la hoguera, se echaron en brazos de la 4T. La organización fundada por Plutarco Elías Calles tiende a ser para Morena lo que en el pasado fue el PARM para el partido tricolor.
En el marco de la reunión plenaria de los diputados federales del PRI, el coordinador de esa facción, Rubén Moreira —uno de los gobernadores que más hostigó al PAN— sugirió algunas formas para persuadir al panismo local de aliarse con el PRI. La primera consiste en un Gobierno de coalición y la segunda en celebrar convenios para una Administración bipartita, según lo permitan los tiempos, pues en cualquier caso es preciso reformar la Constitución. El PRI sabe que sin los votos de Acción Nacional difícilmente podría mantener su hegemonía de casi un siglo en la entidad.
Morena desplazó al PAN como segunda fuerza electoral en Coahuila. Empero, una sucesión con las características de la actual le permite a Acción Nacional negociar en mejores condiciones. Máxime cuando los partidos del presidente Andrés Manuel López Obrador y del gobernador Miguel Riquelme están por ahora en empate técnico. La coalición con el PRI sería a cambio de posiciones en el futuro Gabinete, alcaldías, diputaciones locales y una agenda común. El PAN cogobernaría con el PRI, pero renunciaría a la posibilidad de ser Gobierno en los próximos sexenios.
Riquelme conserva el control del PRI y del Gobierno, pero afronta presiones y defecciones como la del diputado federal Shamir Fernández, la cual se suma a la del extitular de la Unidad de Inteligencia Financiera, Jorge Luis Morán. No serán las últimas. Sectores adictos al PRI, como el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), también han manifestado su apoyo a Morena. Otros simpatizantes del partido guinda socavan al PRI desde dentro. La reunión plenaria de los legisladores priistas reflejó las tensiones de un proceso electoral altamente competido cuyo resultado es incierto.
La celebración de solo dos elecciones para Gobernador en 2023 favorece al partido de AMLO, pues le permitirá centrar estructura y recursos en Coahuila y Estado de México. Riquelme ha mantenido el estado en paz y no ha sido motivo de escándalo como lo fueron sus predecesores Humberto y Rubén Moreira, lo cual juega a su favor. Sin embargo, sus roces con el Gobierno federal podrían tener consecuencias dentro y fuera de las urnas. Sobre todo si Morena se hace con la Gubernatura el año próximo y además gana el Congreso, ahora dominado por el PRI.
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