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Coahuila

Última ejecución por pena de muerte en el país

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 4 años

La prisión militar de Saltillo, el escenario 

En Saltillo se dio la última ejecución por pena de muerte en México. Hora: 4:30 de la madrugada; día: 9 de agosto de 1961; lugar: la antigua y ya desaparecida prisión militar.

La ciudad atestiguó al principio de la década de los 60 del siglo pasado, la culminación de la pena de muerte en México. En la desvanecida prisión militar, a espaldas del edificio de la antigua penitenciaria del estado, fue pasado por las armas un insubordinado soldado que en un lugar del estado de San Luis Potosí causó la muerte de dos compañeros.

Isaías Constante Laureano era el nombre de aquel caprichoso soldado, a quien una madrugada del 17 de junio de 1961 lo pusieron en el paredón, previo el juicio militar, cuyo veredicto fue inapelable. A cada uno de los soldados se entregó su rifle, cargado con una sola bala. Solo uno de los proyectiles era de verdad, el resto eran de salva, pero ninguno de los ejecutantes sabía quién lo poseía, para que ninguno sintiera el peso de haber quitado la vida de un compañero.

La madre de Isaías Constante Laureano, el soldado insurrecto, había pedido clemencia ante el entonces Presidente de la República, Adolfo Ruiz Cortines. Suplicó al Mandatario que le perdonara la vida a su hijo y la clemencia fue negada. Tiempo después sería abolida de la Constitución General de la República, este apocalíptico siniestro.

A esa hora y ante la expectación de una pequeña ciudad, como lo era en aquella época la capital coahuilense, el soldado José Isaías Constante Laureano fue conducido al paredón, donde lo esperaba el pelotón, que habrá de cumplir la sentencia de muerte del juzgado castrense. Fue el último fusilamiento que se dio en México.

José Isaías no tuvo defensa. Cometió los delitos en estado de ebriedad y no fue atenuante para justificar sus crímenes. Ante una llamada de atención de sus superiores, solamente alzó su fusil “Máuser” y disparó contra dos de ellos, a quienes eliminó en el acto. Sus cuerpos cayeron como fulminados por un rayo. Eran el sargento Cristóbal Granados Jasso y el subteniente de Infantería, Juan Pablo Dorbecker, hechos registrados en la comunidad semirrural de “Charcas”, del vecino estado de San Luis Potosí. La cercanía con Saltillo, obligó a la justicia militar, someter aquí a Constante Laureano, ante el gran tribunal que decidió la pena de muerte.

El director de la prisión militar era un viejo soldado revolucionario, don Gregorio Ruiz Martínez, quien narraba consternado que el coronel que dirigió la ejecución de Isaías Constante le había confesado que solo uno de los fusiles de los soldados tenía una bala de verdad, que al resto se les dio balas de salva, pero nadie sabía cuál era la real, a fin de no dañarlos sicológicamente. Todos apuntaron al pecho del prisionero militar, quien tenía 28 años. Pidió como última voluntad que no le vendaran los ojos, pues quería morir viendo el alba de Saltillo. Esta fue su última petición y le fue concedida.

A casi medio centenar de años, después de ser Coahuila testigo de la muerte de este soldado rebelde, que marcó la última ejecución de un ciudadano en México el Consejo de Guerra Militar, se volvió a reunir por primera vez en muchos años en Saltillo, para juzgar a seis elementos del Ejército Mexicano, que en la ciudad de Castaños, Coahuila, estando en servicio, violaron a varias prostitutas, noticia que trascendió por todo el país y que motivó una enérgica recomendación de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

Pero no pasó de ahí, pues los militares fueron juzgados por el fuero común por los ataques a sexoservidoras y por abandono del servicio por parte del Código de Justicia Militar. La abogada defensora de los militares, Aída Margarita Guardiola, explicó que el delito de abandono de servicio tiene una sanción de dos años de prisión para los oficiales y de un año para los elementos de tropa.

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