La capital del estado de Coahuila conserva todavía, en muchos de sus rumbos, su traza original del siglo XVI, una población que se extiende por todos los puntos cardinales del valle en que se fundara, que conserva aún parte de su belleza.
Fue necesario embellecer el centro de la antigua villa, remodelando y conservando sus edificios históricos, reconstruyendo el aspecto material de sus empinadas calles, y crear sitios de interés, organismos y edificios que nos comprometieran con la vigencia de nuestra conciencia histórica.
Y es que las ciudades son algo más que el espacio en que van tejiéndose las sucesivas biografías de sus habitantes. Un espacio urbano que tiene vida y que, como tal, aparte de su apariencia física, de su panorámica urbanística, va adquiriendo y fijando en el tiempo, una imagen social propia. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que al correr del tiempo quienes la habitamos le imponemos carácter y fisonomía, y ella a su vez imprime personalidad a quienes la moran. Nosotros sus habitantes procuramos en cada núcleo urbano crear la belleza, pues no basta ni nos conforma simplemente con vivir en ella. Creamos en derredor suyo atractivo, tanto en la casa como en la prolongación del hogar, que es la ciudad. Desde tiempos inmemoriales la han hermoseado sus poblados, porque les ha llevado un deseo innato en ellos: la búsqueda y el encuentro de la sublimidad.
Saltillo es una región del país que, al transcurrir del tiempo, y con admirable esfuerzo de sus habitantes, es un ejemplo de la voluntad humana.
Recordamos, con orgullo el largo camino surcado de nuestra gente, de sus anhelos, de trabajos, de heroicidades notorias, conocidas unas, desconocidas y humilladas muchas, pero todas representativas de un ejemplar carácter en nuestros hombres y mujeres que admirablemente se fueron forjando a sí mismos.
Buscamos los recuerdos o en los datos que nos da la historia y encontramos un Saltillo diferente, idealizado por quienes desearían que permaneciera igual. Nosotros no queremos para nuestra ciudad ni inmovilidad eterna, que es imposible, ni la mera mudanza por sí misma. Estamos conscientes de que la historia y la evolución constituyen un cambio continuo, pero que en ese devenir se debe distinguir y preservar lo que es fundamental y permanente, lo que constituye la mejor esencia de nuestras tradiciones.
En lo material, son lugares más característicos y, en lo humano, el conjunto de cualidades que configuran la personalidad de sus habitantes. Saltillo los encierra en las edificaciones, rincones y detalles que hemos transformado en símbolos y que todos sentimos parte de nuestra personalidad.
Algunos de ellos son: Catedral, la imagen del Santo Cristo, el Palacio de Gobierno, el Ateneo Fuente, El Sarape, su antigua estación del ferrocarril, el Casino, casas como la de los Purcell, o las ubicadas en Allende y Lerdo, Hidalgo y De la Fuente o en Purcell y Ramos Arizpe; el conjunto colonial de la calle Juárez frente a la plaza de Armas; la Alameda, con el pequeño lago República; las ruinas del Landín, los barrios Ojo de Agua y Águila de Oro, las fachadas de la antigua Academia Comercial Coahuila, la Normal del Estado, la Biblioteca Pública, o el Instituto Tecnológico, el Recinto de Juárez, el frontispicio del Teatro García Carrillo, el Cerro del Pueblo, portones y balcones; los arabescos que engalanan los enrejados de algunas ventanas, los caprichosos aleros que ostentan las portadas de señoriales casonas. Estos y otros símbolos son parte fundamental de nuestra identidad y ante ellos se detiene nuestro deambular para de su inmovilidad e intemporalidad redescubrir la más íntima y permanente belleza de Saltillo.
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