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Agencias
Publicado el miércoles, 12 de enero del 2011 a las 16:00
Puerto Príncipe, Haití (El Mundo).- Tengo hambre. Un hambre voraz que hace difícil conciliar el sueño. El camastro y los olores tampoco ayudan. Lo primero que me despierta es un gallo, luego un bebé llorando y, por último, un predicador que, a voz en grito, pasea entre los plásticos con una biblia en la mano anunciando “la segunda llegada de Jesús”.
Antes que él, una radio, encendida durante horas, era la que no dejaba dormir a nadie. Y antes que la radio los jadeos de un matrimonio haciendo el amor en la choza de al lado, con su familia a los pies.
Son las consecuencias del hacinamiento y de convivir cada noche miles de personas en una improvisada ciudad donde antes sólo había un parque.
Son las 5:30 horas, huele raro y acaba de amanecer en el lugar más pobre y más triste del continente americano. Estamos en el campamento de Campo de Marte, un lugar que, en cualquier otro país del mundo, sería la zona más cotizada de la ciudad.
En lugares como éste amanecen cada día Joel Joseph, su familia y casi un millón de personas más. Porque ésa es la coletilla que se añade siempre a la hora de hacer balance sobre un terremoto del que se cumple hoy un año.
A las 6:00 horas el campamento es un hervidero de gente sin oficio ni ingresos deambulando. Unos se enjabonan desnudos a la vista de todos, otros cocinan, otros adecentan la mugre, otros rezan, otros rebuscan entre los restos, y los más afortunados terminan de dar forma a las trenzas de los más pequeños antes de salir hacia el colegio.
A esa hora llega la primera comida del día. Sentados en la cama repartimos: un vaso de agua y tres rodajas de plátano frito. Se habla poco y se come menos. Una hora después el calor es tan fuerte que nadie en el campamento siguen dentro.
JOEL ESTÁ AQUÍ DESDE HACE UN AÑO
Cuando todo se vino abajo frente a sus ojos, Joel y su familia se libraron por muy poco, pero no así decenas de vecinos atrapados en un edificio de tres pisos en el que ahora suelos y techos se tocaban. Ese mismo día, tomó una sábana, se echó a la calle y empezó a dormir en la acera con su familia.
De la farola cercana salen unos cables donde decenas de personas logran cargar el móvil. Es el que le sirve por si alguna ONG quiere llamarle para darle un empleo. Hemos recorrido varias oficinas para dejar un currículum, escrito a mano, donde sólo aparece su nombre, teléfonos y profesión: albañil.
Hoy tocaba salir a buscar empleo sin éxito. Muchos otros días no tiene fuerza ni para levantarse. “Entonces prefiero quedarme en la cama porque estoy débil y tampoco quiero robar a nadie. Pero cuando llevo varios días sin comer se me pasa cualquier barbaridad por la cabeza”, explica.
A las 18:00 horas ya es de noche y volvemos a la cama. Tengo hambre. Un hambre voraz. No logro olvidarme de que lo único que he comido en todo el día son tres trozos de plátano, varios vasos de agua y una mezcla de zanahorias y repollo. Una experiencia de apenas 24 horas en un país que lleva un año viviendo así.
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