José Natividad Molina Ramírez abrevó los primeros conocimientos del arte escénico con el “Chato” Padilla y Blanquita Morones, la pareja de actores que eran las estrellas y los dueños de la carpa Tayita, que se instalaba en algunas explanadas de la ciudad de Saltillo.
Su capacidad actoral llegó a Nati, como le decíamos sus amigos, a instruir a niños con algunas discapacidades para demostrar a todo el mundo que “querer es poder” y los hizo actuar ante un público de expertos en educación especial internacional, algunos de los cuales lloraron ante el adelanto y la integración de los niños y jóvenes actores. De ese tamaño era el gran Nati Molina.
Nació en Galeana, Nuevo León, en 1949. Avecindado en Saltillo desde cuando apenas tenía 3 años y corría el año de 1952.
En la penumbra, donde no llegan las luces de los reflectores, su figura y su sombra va y viene tras bambalinas, pues se convierte en el director de escena. A él le dio por el teatro como modus vivendi. Dirige la sinfonía de movimientos y diálogos de un grupo de actores que están en desventaja con los denominados “normales”. Son niños y jóvenes con alguna discapacidad y con aptitudes sobresalientes. El público no puede verlo, pero influye entre los nóveles actores y actrices que se mueven con sintonía y buen ritmo histriónico, en el trazo escénico, en la escenografía, las tonalidades de la voz en la pieza que ha seleccionado y ensayado, ahora sí que, con paciencia franciscana.
Su vocación lo llevó a buscar asesoría en la carpa de teatro rodante o improvisada que los señores Padilla instalaban en cualquier baldío, para invitar a los habitantes de la barriada y de la ciudad al buen teatro que sabían hacer. Ahí Nati conoce a su gran maestro José Luis Padilla “El Chato”, y a su esposa Blanquita Morones, máximas estrellas del entarimado que servía de escenario del teatro Tayita.
En muchas obras participó el buen Nati y tuvo muchos amigos en el teatro contemporáneo de la ciudad, Eduardo Arizpe, Fernando Gómez, Homero Craig y Gustavo García, entre otros.
Nati Molina no era un improvisado, estudió la licenciatura de Educación Artística en la Escuela Normal del Estado y obtuvo el diplomado en Instrucción Teatral por el Instituto Nacional de Bellas Artes. Participó en más de 100 obras bajo la dirección del “Chato” Padilla y fundó los grupos Arlequín del Centro de Rehabilitación Social del Estado y el Grupo de Teatro Integración de la Secretaría de Educación y Cultura.
A Nati Molina le jugó una mala pasada el destino, pues siendo tan activo, un tumor cerebral lo mantuvo ciego por un tiempo y con incapacidad motora. Finalmente las secuelas del mal le causaron la muerte.
Más sobre esta sección Más en Coahuila