“Soy una gota de segundo. Me disolveré, tú permaneces, eres perpetuo y yo fugaz”.
Hacía mucho tiempo que no recorría la Alameda Zaragoza de Saltillo, no esperaba encontrar algo novedoso sobre su sitio o en el entorno.
No había caminantes o corredores como entre semana, pues es el día dedicado a los paseantes, familias enteras que disfrutan del paisaje, la frescura de una tarde otoñal en el último día de octubre de 2022, en medio de decenas de árboles, la mayoría truenos y nogales y otras especies, pues cosa rara, nuestra alameda es una alameda que no tiene álamos.
Los chicos y los mayores en las lanchas que se alquilan para recorrer el laguito que tiene forma de la República Mexicana. Una estructura de tubos de acero me distrae esperando las aguas saltarinas, y las que saltan son unas cuantas gotas formando una cortinilla, que es solo la única función de tan aparatoso aparato. Afuera un hombre con un aparador ofreciendo chicharrón durito y una enorme olla con la salsa que le ha de dar sabor a ese manjar, que si no es “bocatto di cardinale”, sí se antoja.
Una que otra pareja que aprovecha el césped medio maltratado para convivir amorosamente. Otros tienden un mantel para comer, y una joven familia de jaliscienses llama la atención, pues papá, mamá y los tres niños portan camisetas de los Charros el equipo de beisbol representativo de esa entidad.
Las estatuas de Ignacio Zaragoza, de Venustiano Carranza, la Columna de la Independencia y de Miguel Hidalgo, están en su mismo lugar, lo mismo que los juegos infantiles. Así como la biblioteca pública Manuel Múzquiz Blanco, inaugurada por el presidente Miguel Alemán y el gobernador interino Raúl López Sánchez en 1942, y construida por el maistro albañil Zeferino Domínguez, que no era cualquier alarife, fue el edificador del Ateneo Fuente, el Tecnológico de Saltillo y otras no menos importantes obras.
Creí no encontrar alguna otra novedad, pero al caminar hacia el sur por Cuauhtémoc, en la contraesquina norte de la Librería Carlos Monsiváis, una de las casonas de casi un siglo de existir en el merito Centro Histórico, recibió la picota oficial de la ignorancia y el desprecio a nuestros valores, para dar paso a una plaza comercial, que se anuncia como “El nuevo paseo Saltillo”. Es un edificio de tres pisos exactamente en la esquina de Ramos Arizpe y Cuauhtémoc, construido en casi media cuadra. Alguien me dijo que esta residencia perteneció la familia López del Bosque. Por cierto, conserva parte de una bella fachada con ladrillo rústico, elaborado por nuestros artesanos del Arroyo del Pueblo, allá por la Guayulera, hace decenas de años.
En una de las paredes que se conservaron resalta un pequeño poema muy ilustrativo de este hecho: “Soy una gota de segundo. Me disolveré, tú permaneces, eres perpetuo y yo fugaz”, original de Mayra Tijerina, alumna del taller de Poesía, impartido por la poetisa monclovense Claudia Luna Fuentes y patrocinado por el Instituto Municipal de Cultura.
Más sobre esta sección Más en Coahuila