En la década de los cincuenta, comencé a conocer la otra parte de la ciudad, la que se encontraba al norte de mi barrio El Ojo de Agua, con su hermosa catedral, su Plaza de Armas y la famosa iglesia de San Esteban, el patrón de los tlaxcaltecas.
Catedral de Santiago, era la iglesia del pueblo de españoles, al oriente de Allende, en que por muchos años se dividió Saltillo.
En el primer cuadro las tiendas de abarrotes, los ultramarinos El Globo del señor Tamargo, la agencia de automóviles, las cervecerías Modelo y Cuauhtémoc. Las cantinas y según descubrí, ya más grande, las casas de cita, que eran muchas, para tan poca ciudad. Ahí se divertían nuestros mayores.
Había dos o tres restaurantes más no menos de calidad en la década de los años cincuenta. Que yo al inicio recuerde el Café Victoria de Severo Lee y el Guadalajara de Panchita. Uno sobre Victoria y el otro sobre Aldama. En el primero Josefina y en el segundo Belén, eran las jóvenes meseras que levantaban suspiros de los comensales, por su estructural belleza. En la rinconada de la Calle Nueva había algunas menuderías y el Restaurant de Carrum.
El Saltillo de entonces vivió una buena época, éramos unos 100 mil habitantes y la ciudad era un buen lugar, que ofrecía un espacio ideal para vivir en paz, para disfrutar el placer de vivir. La economía comenzaba a despuntar con la fábrica de los señores López del Bosque y la fábrica de tejidos de ixtle de la Forestal o la textil de algodón de don Emilio Talamás y los Arizpe. Ahí se ocupaban nuestros mayores.
La ciudad era propicia decía para estudiar tranquilamente una carrera, en sus ya prestigiadas instituciones de educación superior.
Hubo quienes desesperados tal vez por el raquítico ingreso y la miseria en que vivían, emigraron.
En la década de los sesenta el empleo escaseaba y llegaba la nueva camada de ciudadanos que buscábamos acomodo en la incipiente actividad económica.
Los problemas del agua potable y los servicios se acentuaron. Podríamos carecer del vital líquido y tener asentamientos irregulares con falta de todo, pero olvidábamos las penas con la televisión que era toda una realidad ya. El Chino Jaubert instaló el canal 7, y a partir de ahí, comenzaron las repetidoras. El cine y la radio eran desplazados irremediablemente.
El gobernador Óscar Flores Tapia, “le puso el cascabel al gato”, y entramos a la era de la industrialización, a partir de la automotriz, entonces faltó mano de obra para cubrir los empleos en la naciente economía. Saltillo creció en 20 años, lo que no había crecido en 400.
Repentinamente las escasas calles de la ciudad se convirtieron en un infierno de ruidos. Seres humanos incomunicados que se evitan entre sí, en donde el tránsito de vehículos resulta caótico, peligroso y agresivo. Los saltillenses, llegamos a ser minoría.
Mi ciudad es otra, ha crecido es sin dudarlo. Ya no nos conformamos con los $40.00 diarios que presagiaba el economista non Adrián Rodríguez, ahora los salarios son más altos, pero paradójicamente no alcanza ante los altos costos de la vida. Los centros comerciales de autoservicio arrasaron con los modestos negocios de barriada que daban servicio eficiente y barato al menudeo y daban crédito a los saltillenses.
Los cucuruchos de arroz, frijol, azúcar, café y sal, de uno y dos centavos que llegué a comprar en mi infancia y que alcanzaba para toda la familia, quedan ahí guardados en el baúl de mi memoria.
Hoy tropezamos con algún restaurant o alguna taquería que se disputan a los consumidores. Hay decenas de taquerías en una sola cuadra: Los de Checo, los de Reyna, los del Tío Julio.
Antes cuando veíamos a un saltillense casado solo en un restaurant, pensábamos “o se enojó con la vieja”, o “lo corrieron de la casa”. Esas eran las explicaciones que se daban en los cincuenta, ante aquel inusitado hecho.
Ahí quedan de aquel Saltillo de mi infancia y juventud, Zapalinamé y el Cerro del Pueblo, como firmes testigos de esta exaltación extrema de afectos y pasiones de un pasado inmediato.
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