El 1 de enero es como un lienzo en blanco que se abre en nuestro horizonte para empezar de nuevo, y aunque el pasado sigue caminando junto a nosotros, nos regala la posibilidad de volver a elegir. El Año Nuevo es el pacto que firmamos con el tiempo para abrir un nuevo capítulo de vida en que la repetición de los días se vuelve una decisión consciente de mejorar, de perdonar y de reescribir nuestra historia.
La forma en que el mundo decide empezar de nuevo nace del pulso humano de medir el tiempo y de la danza con la naturaleza. En la Roma clásica, el año civil abría su cuenta en marzo; la reforma juliana de César buscó regular la sucesión de días, y la reforma gregoriana, en 1582, ajustó las fechas para que la luz guiara la memoria más fiel de las estaciones.
El calendario, al fin, hoy parece la llave entre la historia y el cielo: una puerta que se abre para que el mundo se lea a través de números y fiestas, un lugar en el que las promesas siguen latentes cada mañana de Año Nuevo.
Sin embargo, no todos los años nuevos empiezan en enero, ni todos entienden la celebración como un ritual idéntico. Pero, más allá de la fecha, el planeta late con ritmos diversos que cuentan la misma historia de renacimiento desde distintos horizontes; así, por ejemplo:
Para Occidente, el 1 de enero se ha convertido en un intervalo útil para pensar en nuestros propósitos: un calendario que nos muestra la posibilidad de cambiar, de sostener una promesa mínima y necesaria: seguir intentando, no rendirse ante la repetición del día a día y convertir la nueva página en una elección.
Pero mirar hacia otros comienzos devuelve la textura del tiempo como un mosaico: cada cultura escribe su primera página con un estilo propio y entendemos que el Año Nuevo no es una obediencia ciega a un calendario, es una ceremonia que recuerda que existir no es acumular días, sino sembrarles sentido.
La diversidad de estas celebraciones no debilita una idea común: ¿qué dejamos atrás y qué es lo que viene? No importa la hora exacta ni el origen. El anhelo de empezar de nuevo es una experiencia compartida.
Si alguien pregunta “¿por qué celebramos en enero y por qué otros en fecha distinta?”, la respuesta podría ser simple y profunda: celebramos para no perder el anhelo de la vida, para recordar que, aún entre tribulaciones, el deseo de empezar sigue vivo, y el calendario es el telón de la obra que escribimos nosotros.
Cada cultura, con su reloj y su alfabeto del tiempo, nos enseña a celebrar que el Año Nuevo es la luz que nos recuerda que la vida se agranda cuando aprendemos a mirar con asombro las diversas formas de empezar de nuevo, ya que al final, todos compartimos la misma pregunta con ese regalo de vida: ¿qué uso le damos a la página en blanco que abrimos juntos cada año?
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