«Jaqueline es una mujer alta, de cabellos color plata, ojos grandes y una voz potente que hasta cuando susurra se escucha fuerte. Aunque trabaja para la Iglesia, su personalidad discrepa mucho con el recato, los silencios y la parsimonia que caracterizan a las personas religiosas. Cuando entra a un restaurante, saluda en voz alta al personal y por cada cinco palabras que pronuncia, dos son groserías. Siempre tiene una carcajada tan rompehielos que convierte cualquier conversación tensa en una muy amena». Así presentan Hazel Zamora y Jocelyn Soto, de CimacNoticias, a la periodista y defensora de derechos humanos Jackie Campbell («Espacio 4», 671).
»Es marzo de 2021. A Jaqueline la acompañan, en cada paso que da, sus cuatro escoltas federales, “los chicos malos” como les dice ella entre carcajadas. Los hombres fueron asignados como medida de protección por el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras y Periodistas luego de que recibiera dos ataques contra su integridad al inicio de este 2021. Esta medida es tan solo una de las consecuencias que ha implicado para Jaqueline ser una voz transformadora dentro de la Iglesia católica en México.
»Jaqueline nació en Monterrey, en 1972, en el municipio de San Pedro Garza García. Es la más pequeña de tres hijas y un hijo. Su papá y mamá, que murieron cuando ella era muy joven, eran empresarios conservadores y de derecha. Sin embargo, su familia no fue quien la acercó a la Iglesia, aunque sí fue cuna de una personalidad ética, empática, justiciera y honesta. Todos ellos, valores que han sostenido su lucha.
»Aunque le hubiera gustado estudiar Antropología en la Ciudad de México, no pudo hacerlo porque su familia le impuso estudiar en el Tecnológico de Monterrey, en Nuevo León, donde para cumplir con el deseo familiar, eligió la carrera de Comunicación.
»Fue en esa Universidad donde llegó la Iglesia a la vida de Jaqueline. Un verano sus compañeras de la escuela la invitaron a participar en las llamadas ‘misiones católicas”, que eran organizadas por personas religiosas y consistían en llevar a grupos de estudiantes a comunidades lejanas indígenas. Sin saber bien de qué se trataba, Jaqueline aceptó ir a las misiones con sus amigas pero estas al final no llegaron. Embarcada ya en la que parecía una nueva aventura para conocer México, la joven decidió de todos modos ir.
»Se involucró tanto con las misiones que al siguiente año no solo volvió, sino que se convirtió en coordinadora dentro de ellas porque esa actividad la acercó a otros conocimientos que no tenía en la escuela: personas, contextos y circunstancias sociales que la formaron políticamente. Desde la década de los 70 y hasta los 90, la Iglesia católica tuvo una participación clave como acompañante de los movimientos sociales: obreros, campesinos y de estudiantes en México como consecuencia del surgimiento de la Teología de la Liberación, una corriente de pensamiento que liga la fe con el pensamiento de izquierda.
»Con las misiones, a Jaqueline le tocó vivir con las comunidades indígenas la dura década de los 90 en México, que se caracterizó por la persecución política contra líderes sociales, el no reconocimiento institucional de los DH, una crisis económica, la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio, el alzamiento zapatista, luchas campesinas contra el despojo de la tierra en todo el país, entre otros conflictos sociales.
»En este contexto y con apenas 18 años de edad, visitó primero las comunidades de Nuevo León, luego Coahuila; más tarde, cuando el movimiento zapatista se había levantado en armas, visitó Chiapas, donde tuvo que aprender a hablar tzotzil; y después viajó a la Sierra Tarahumara, en Chihuahua, con las comunidades rarámuri. Si bien Jaqueline Campbell ya había identificado su ser militante, conocer al obispo Raúl Vera López, quien ha sido su mayor cómplice de lucha, le confirmó que aun sin ser católica, la Iglesia podía ser una vereda para caminar hacia la justicia social».
(Texto completo: @espacio4.mx)
Más sobre esta sección Más en Coahuila