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Una cárcel sólo para indígenas

  Por Agencias

Publicado el jueves, 5 de mayo del 2016 a las 14:05


El ‘lujo’ de vivir en el infierno de una prisión en México

Guachochi, Chih.- “Sentarse en el retrete es difícil, no los conocemos. Allá fuera nos ponemos detrás de un matorral y hacemos nuestras cosas. Aquí esperaba a que fuera de noche y los otros presos estuvieran durmiendo para ir al baño”, explica Matías Valenzuela, indígena tepehuán y bibliotecario de cárcel. Estuvo antes preso por homicidio y ahora por violación de su hijastra. “Me mataron a mi familia y yo maté a la suya”, recuerda con voz suave.

“Andaba con mis dos primos y vinieron tres tipos armados a buscar pleito. Me dispararon en la oreja y uno me agarró por detrás. Saqué la navaja que llevaba y le metí dos puñetas en la costilla derecha. Uno salió corriendo y el que se quedó siguió peleando. Le pegué cinco o seis puñaladas”, dice Juan Roberto, tepehuán también, mientras lee tranquilamente en la litera de su celda por primera vez en su vida. Antes de estar preso no sabía leer.

“En prisión he aprendido muchas cosas. Como yo no tuve papá no tuve ningún consejo. Nunca tuve un cariño. Cuando uno se porta mal también tienen que portarse mal con uno”, recuerda José Loreto Muela, indígena rarámuri. Está preso por matar a su primo en una noche de borrachera. “Me fui a la casa y le dije a mi jefa que había matado a su sobrino. ‘¿Por qué?’ , me preguntó ella. ‘Me obligó, era la mía o la de él’”, cuenta. Disparó varias veces al hijo de la hermana de su madre y lo tiró al fuego. Sonríe al contar su historia; el primo le amenazaba, dice, con una pistola.

“Mi señora llegaba borracha y no me dejaba salir. Vivía con mi hijastra de 13 años y entonces hubo lo de los tocamientos… Me denunció mi mujer y me presenté en la Policía voluntariamente para ser detenido. Bajé tres veces del rancho a entregarme y no estaba el licenciado que debía atenderme, así que les dije que me volvía a trabajar a la montaña y les di el teléfono para que me localizaran”, narra Ángel Hernández, indígena rarámuri, que añade: “Estoy preso por la ley mexicana, no por la mía”. Para los rarámuri tener relaciones sexuales con niñas de 13 y 14 años es algo normal.

EN LA SIERRA TARAHUMARA

Los cuatro testimonios anteriores son de cuatro presos de la peculiar prisión estatal, Cereso número 8 de Chihuahua, a la que ha podido acceder El Mundo durante varias jornadas. Enclavada en medio de la Sierra Tarahumara se levanta un remodelado presidio que desde el 1 de enero de 2015 tiene una peculiaridad única en todo el planeta: es una cárcel exclusivamente para indígenas. El alcohol, la pobreza y la mezcla con los ‘chabochis’ (hombres blancos en rarámuri) marcan la condena de un pueblo perdido en estas frías montañas. Nada se escucha, ni ladrar a los perros ni llorar a los hombres, cuando cae la gélida noche. Nada.

ESCLAVOS EN OTRAS CÁRCELES

“Se decidió crear este penal porque en otras cárceles los indígenas eran maltratados y convertidos en esclavos por otros presos. Se abusaba de ellos. Aquí conservan y se fomentan sus costumbres y además están más cerca de sus familias”, explica Juan Martín González, director del penal.

“Cuando van a otros penales muchos vuelven con tatuajes y aros en las orejas, algo impropio de su cultura. A veces traen los pantalones remangados, símbolo de que pertenecen a algún grupo narco. Cuando entran aquí se quitan de todo eso”, comenta César Payán, criminólogo del Cereso. “Por indio no tenía derecho a hablar ni trabajar. Me ponían el último en la fila de la comida. Nos humillaban y maltrataban”, recuerda Matías Valenzuela, el bibliotecario, de los años que estuvo preso en la cárcel de Sinaloa junto a chabochis. “Una vez en la cárcel de Cuauhtémoc me pegaron una paliza unos presos porque pensaban que yo pertenecía a otra pandilla”, cuenta con extrañeza.

ENTREGA VOLUNTARIA

Otra singularidad de este penal es que la mayoría de los internos se entregan voluntariamente a la justicia. Al igual que narraba Ángel Hernández, José Loreto se presentó por consejo de su gobernador (jefe tribal) en comisaría. “Yo me entregué solo. Me soltaron porque no había denuncia y me dijeron que volviera cuando se presentara y les dije que yo ya no venía más, que vivía muy lejos y subieran ellos. Un día vinieron y yo estaba por el campo. Mi jefa me dijo ‘apúrate mi hijo que ya están aquí estos señores’”. José Loreto cumple 10 años de condena.

“Es preferible que los maten a que los ignoren. Ellos se entregan porque no quieren ser rechazados por su comunidad”, explica el doctor Barrero. “Cuando cometen un delito de violación se les impone un primer castigo. Se les encierra en un cuarto por nuestros soldados durante dos o tres noches. Entonces le damos un nawezari (consejo o sermón en rarámuri) y si reinciden con otras dos violaciones los mandamos a
que se entreguen al municipio”, explica Alejandro Hernández, gobernador de la comunidad rarámuri de Papajichi. El asesinato, por contra, se castiga a la primera, sin sermón ni demoras.

“Muchas veces nos cuesta mucho detenerlos si no se entregan. Viven en las montañas, deciden por gusto cambiarse de pronto de nombre en el registro electoral (su único registro por el que reciben alguna ayuda del Estado) y son casi nómadas”, explica Isidro, un agente de la estatal con el que acudimos a una comunidad. “Son muy violentos cuando beben. El problema es que lo hacen en sus fiestas, las tesgüinadas y
luego no recuerdan lo que han hecho”, explica el agente.

La tesgüinada es una fiesta básica para el sentido comunitario de los indígenas tarahumaras. Es allí donde sociabilizan, pactan sus matrimonios y se construyen los lazos afectivos. “Antes bebían sólo el tesgüino, una bebida alcohólica de maíz fermentado que ellos elaboran. Ahora lo mezclan con tequilas y alcoholes muy baratos adulterados que les venden los mestizos. Eso pasó cuando llegaron las carreteras”, dice el doctor Barrero. El nuevo mundo, alcohol y carreteras de los blancos, les trepa y pudre las entrañas.

De hecho, en una zona controlada por el narco y con constantes enfrentamientos entre el cártel de Sinaloa, el cártel de Juárez (La Línea) y las fuerzas del Ejército y del fiscal estatal, Jorge Enrique González, cuya labor de brega al crimen ha mejorado mucho las altas cifras de violencia en todo el estado, los agentes reconocen que “la mayor parte de las veces estamos involucrados en casos de violencia entre indígenas.

Los asesinatos son a veces muy violentos”, apuntan los policías estatales que nos acompañan. Recientemente un tipo le había clavado un hacha en la cabeza a un familiar u otros dos habían dado decenas de puñaladas a otro y luego le habían aplastado la cabeza con una enorme piedra. Siempre borrachos en una lúgubre ceremonia que se repite con milimétrico resultado: primero la fiesta, luego el alcohol, luego los muertos y luego el Cereso 8.

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