Coahuila
Hace 2 años
Fundada sobre los pilares de la antigua Bizancio, la Iglesia ortodoxa se distingue por su veneración a las tradiciones y su arraigada conexión con los ritmos del tiempo. Su calendario, basado en el antiguo calendario juliano, mantiene una devoción inquebrantable por las fechas originales de las festividades cristianas.
El esplendor de la Navidad ortodoxa se despliega el 7 de enero, un lapso que difiere del calendario gregoriano utilizado por la mayoría de las corrientes cristianas. Esta divergencia temporal hunde sus raíces en la reforma del calendario impulsada por el papa Gregorio XIII en 1582, la cual no fue adoptada de inmediato por la Iglesia ortodoxa. Así, para la Iglesia ortodoxa, el resplandor de la Navidad se proyecta en una fecha distinta.
En distintos países que abrazan la fe ortodoxa, la celebración de la Navidad se viste con la riqueza de las costumbres ancestrales. En Rusia, el aroma de la celebración inunda las casas con la preparación de la “kutia”, un plato tradicional a base de trigo cocido, miel y nueces. En Grecia, la víspera de la Navidad ortodoxa se ilumina con la “luz de Cristo”, encendida en la medianoche para simbolizar el nacimiento de Jesús.
Más allá de las fronteras, en Serbia, las festividades se enriquecen con la tradición del “badnjak”, la quema de un roble joven como símbolo de prosperidad. Mientras tanto, en Etiopía, la celebración se despliega con cantos, danzas y la observancia de un ayuno riguroso que culmina en una fiesta llena de color y fervor.
Las tradiciones ortodoxas varían según el lugar, la rama eclesiástica y las costumbres del lugar. Para algunos, la celebración inicia desde ele 28 de noviembre con un riguroso ayuno durante 40 días. Otros, asisten a la víspera de la Navidad a la misa de vigilia el 6 de enero y los más pequeños reciben esta noche la visita de Papá Noel.
Así, la Navidad ortodoxa, con su esplendor singular, nos invita a contemplar la riqueza de una fe enraizada en la historia y embellecida por la diversidad de sus tradiciones.
Por ello, el evocar esta celebración, nos invita a reflexionar sobre la eterna resonancia del nacimiento de la fe en cada rincón del mundo, que persiste más allá de la fecha de la festividad, recordándonos que no se marca un final, sino el inicio, un renacimiento de la esperanza que se anida en el corazón de cada persona en el mundo, sin importar su religiosidad o sus creencias.
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