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Una desgracia

Por Juan Latapí

Hace 3 años

Tal parece que en México ser viejo es una desgracia. No hay programas efectivos, ni cobertura médica suficiente y los pocos servicios gratuitos a que tienen derecho los adultos mayores son deficientes, las despensas que suelen recibir a menudo son condicionadas por intereses partidistas. Sorprenden la apatía y el desinterés de las autoridades para mejorar la calidad de vida de los ancianos.

Y para acabarla de amolar, los adultos mayores a menudo son utilizados por pseudolíderes, por funcionarios y por políticos sinvergüenzas para llevar agua a su molino.

Según la OCDE, en México el 31 por ciento de los adultos mayores está en riesgo de caer en la pobreza debido a las raquíticas pensiones por lo cual se ven obligados a trabajar -cuando pueden hacerlo- para poder subsistir por salarios miserables, y en muchos casos no reciben pensión alguna, a excepción de la del Bienestar. En el país solo el 34 por ciento de la población económicamente activa está cubierta por algún tipo de esquema obligatorio para poder obtener una pensión al jubilarse, mientras el otro 66 por ciento está en el sector informal o desempleado, sin seguridad social, condenado prácticamente a una vejez miserable.

No es una mala noticia saber que se pueda vivir más años, lo triste es enterarse del riesgo de que se vaya a vivir mal. Y es que la reducción de las tasas de mortalidad y el aumento de la esperanza de vida han permitido que aumente la cantidad de personas mayores a 65 años de edad, pero la atención a estas personas deja mucho que desear.

¿De qué sirve vivir más años si no se puede vivir mejor? Basta ver los primeros días de cada mes las largas filas de adultos mayores formados para cobrar su pensión. De igual manera se puede ver en los hospitales públicos esperando horas para ser atendidos y luego otras tantas horas tratando de conseguir el medicamento con la incertidumbre de encontrarlo.

Hoy como nunca antes la cantidad de adultos mayores había sido tan grande como lo es ahora. La longevidad ha aumentado gracias a los avances médicos, a la higiene y a la mejor alimentación alcanzados durante los últimos años; todo esto ha permitido que aumenten la edad cronológica y funcional. Por ejemplo, en 1840 el promedio de vida era de 45 años y actualmente ese promedio es de más de 80 años.

Siempre ha habido gente longeva pero ahora cada vez hay más viejos, sin embargo, su atención no ha evolucionado a la par y su atención deja mucho que desear conforme se van convirtiendo en personas frágiles y dependientes; paradójicamente se han añadido años a la vida pero no se le ha añadido vida a los años. Muchos de los adultos mayores que se jubilan gozan de cabal salud y de energía, sin embargo son relegados –por no decir rechazados- debido al sistema en que vivimos que limita su atención a la vejez únicamente a cuestiones de salud y pensiones.

Muchas familias no saben qué hacer con sus ancianos que requieren atenciones especiales, la impaciencia y el enojo predominan, el anciano pasa a ser una carga, un estorbo y a menudo se desea que muera pronto; es una tragedia social donde falta mucho por hacer.

Y peor aún, en muchos casos -más de los que cualquiera pueda suponer- hay maltrato doméstico para los adultos mayores, maltrato físico, sicológico, económico, social y hasta sexual, invadidos por la soledad, la tristeza y el abandono que poco a poco los van doblegando.

Se necesita redefinir la vejez, ya que no es lo mismo un adulto mayor de 75 años que uno de 90. Una persona que se jubila a los 60 años y que probablemente llegue a vivir a los 90 –es decir, un tercio de su vida- no puede ser condenada a la soledad, al aburrimiento, a la rutina destructiva y al abandono.

El Estado tiene una gran deuda en la atención a la vejez pero también las empresas e instituciones que cacarean eso de que “lo más valioso es el elemento humano” pero que en realidad ven a las personas como un desechable más en la cadena del progreso del país.

De poco o nada sirve que cada 28 de agosto se celebre el Día del Anciano si al Estado le valen los adultos mayores, de poco o nada sirven las actividades paliativas que solo se usan como propaganda política, de poco o nade sirve si las instituciones privadas que algo pueden hacer al respecto permanecen apáticas e indiferentes, de poco o nada sirve si las empresas se olvidan de quienes ahí dejaron parte de su vida y talento y son tratados como objetos desechables.

Definitivamente, algo no se está haciendo bien, sin embargo, son pocas las esperanzas de que algo vaya a cambiar cuando en junio pasado, el entonces candidato a la gubernatura de Coahuila, Manolo Jiménez, declaró que “los adultos mayores no deberían recibir pensiones por parte del gobierno (…) me parece una acción irresponsable por parte del gobierno”.

Ser viejo y pobre está de la fregada. La vejez debe ser una etapa de cosecha y tranquilidad, porque mientras no se tome en cuenta a los adultos mayores como seres humanos, la vejez seguirá siendo una verdadera desgracia.

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