La cantautora estadunidense: Taylor Swift (1989) que compone e interpreta música country y pop en los conciertos que ofrece a sus fans, volvió a entusiasmarlos hurgando en el baúl de los recuerdos.
Recientemente sus representantes y asesores mercadológicos, le organizaron una gira más de presentaciones en diferentes partes del mundo, titulada: The Eras Tour, en la cual volverá a cantar, cada una de las canciones que formaron sus álbumes, que grabó la artista hace algunos años.
Periplo que arrancó a principios de 2023 y concluirá el viaje a finales del año próximo en Canadá. Durante ese periodo ha dado y dará audiciones en algunas localidades de Estados Unidos, y en otras del extranjero.
La Ciudad de México no ha sido la excepción, apenas en días pasados (del 24 al 27 de agosto) sus seguidores tuvieron la oportunidad de verla y escucharla, su melodiosa voz resonó durante cuatro funciones diarias en el Foro Sol.
Por la cantidad de boletos vendidos a los asistentes, que prácticamente abarrotaron el estadio sede; de acuerdo con una estimación relativamente conservadora, se calcula que fueron en total 230 mil personas las que estuvieron disfrutando el show que ofreció en México, y cada una de ellas, destinó, por función, entre 10 mil y 15 mil pesos de su presupuesto para estar, lo más cerca posible de su artista preferida.
Por ello, es plausible decir, que las presentaciones que tuvo T. Swift, fueron un rotundo éxito desde el punto de vista económico para ella, los organizadores del evento y el elenco que la acompañó.
Sin dejar de lado las ganancias que se obtienen del mercado paralelo al espectáculo, que lo configuran los comerciantes (vendedores) y sus admiradoras que es difícil que se vayan del lugar, sin haber comprado algunos accesorios y/o prendas de vestir alusivas a la joven cantante de Pensilvania.
Economía del arte
Este concepto para algunos economistas, entre ellos el profesor Bruno Frey, lo consideran como una disciplina de la teoría económica, que se rige bajo los mismos principios que cualquier mercado de bienes en la economía capitalista.
Pero su estudio se distingue del resto de los mercados, en virtud de que las expresiones del arte y la cultura, tienen ciertas peculiaridades; una de ellas, generalmente para su sostenimiento y difusión requieren del apoyo económico del Estado, que las convierten en bienes de gestión pública, como buenos ejemplos se pueden citar: los museos, galerías de arte, filarmónicas y compañías de ballet.
Sin embargo, la gestión pública, no necesariamente implica que el acceso a los recintos y funciones del arte, no tengan un coste monetario, la gratuidad no siempre es inherente a lo público.
Aunque, no todas las manifestaciones del arte, se restringen al amparo del presupuesto gubernamental. El evento que estelarizó Tayor Swift, sin duda capitalizó monetariamente el talento musical de la artista, que fue comercializado con los criterios de exclusividad, competencia y racionalidad económica, que caracterizan a la administración de un bien privado.
A pesar de lo relativamente costoso de las entradas, los “swifties” se dieron puntual cita en el Foro Sol para recrearse y corear las canciones que entonaba la cantante; incluso muchos de ellos se abstuvieron de la compra de otros productos y servicios, más útiles para su desarrollo personal, para poder asistir al evento.
En cambio una sinfonía de algún renombrado compositor del siglo 18 e interpretada por la orquesta filarmónica de la ciudad, y dirigida por un prestigioso músico, en donde los espectadores al concierto, previo a la función paladean un ambigú regional, sin desembolsar un solo peso por el consumo del musical, la concurrencia al evento ni siquiera llega al 1% de la que tuvo la cantante.
¿A qué se debe la diferencia tan asimétrica en la asistencia, si ambos recitales son musicales?
El análisis económico, puede ayudar a responder parte de ese interrogante; la otra rebasa el ámbito de lo económico, y se puede contestar echando mano de la teoría de la cultura de masas.
La singularidad entre un bien privado y uno público, el primero enfrenta la competencia, en el sentido que la cantante puede ser sustituida por otra con relativa facilidad y de talento igual o superior, por ejemplo Taylor Swift por Beyoncé.
La relativa corta duración de la carrera musical hace que se invierta mucho en la proyección y exclusividad de la figura de la artista, desde los derechos de autor hasta la promoción en los medios de comunicación, incluyendo las redes sociales, que hace que tenga una elevada popularidad y cotización en el mercado artístico.
Lo que recompensa a más del 100% de lo que se invirtió en ella. Es un juego de ganar y ganar entre un grupo de empresarios y artistas. Mientras un bien gestionado como púbico no pasa por el proceso antes descrito.
El otro “imán” de atracción de los bienes artísticos privados, es que para el consumo de ese género de música popular, no se requiere de un gran esfuerzo intelectual para entenderla y tararearla, porque incentiva, más que todo, a los sentidos.
Ese tipo de experiencia proporciona placer y distracción. En la simplicidad está su alta demanda y rentabilidad.
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