Los medios de comunicación independientes desempeñaron un papel crucial en la alternancia por exhibir los abusos del poder y abanderar las demandas sociales de justicia y democracia. El triunfo del empresario panista Vicente Fox, selló el final de siete décadas de hegemonía del PRI. El 1 de diciembre de 2000, mientras Joaquín López-Dóriga moderaba una mesa de análisis con Diego Fernández de Cevallos, Gilberto Rincón Gallardo y Jaime Sánchez Susarrey sobre la transición política, el diputado priista Eduardo Andrade, en evidente estado de ebriedad, irrumpió en el estudio para “pedir la palabra, como en el Congreso, (…) porque los medios nos han cerrado las puertas”.
Mientras Andrade forcejeaba con personal de producción en el plató, López-Dóriga ordenó: “¡Déjenlo!… ¡déjenlo!”, y lo encaró: “Traes aliento alcohólico”. Andrade, encolerizado, descargó el índice derecho sobre el hombro y el tórax del periodista, quien advirtió de la agresión ante las cámaras. Sánchez, analista político, observaba atónito la escena. Fernández, entre sorprendido y serio, esbozaba una sonrisa, y Rincón, excandidato presidencial del Partido Social Demócrata en las elecciones de ese año, parecía no dar crédito al atropello.
Como si el culto al Presidente no hubiera sido piedra angular del sistema dominante, Andrade –ya en la mesa– recriminó al entonces conductor estrella de Televisa: “No puedes dar todo el espacio al endiosamiento que hoy han dado los medios a un Presidente electo formalmente que violó la Constitución (…). Al momento mismo de hacer su protesta fue a arrodillarse a una sola de las profesiones religiosas –antes de asumir, Fox visitó el santuario de Guadalupe– respetables todas, pero insultó a quienes no son republicanos, a quienes no son guadalupanos; insultó a los judíos, a los protestantes, a los que tienen otras religiones…”.
Menos exaltado, Andrade se quiso lavar la cara: “Pude haber cometido un error, pero impulsado por la necesidad de abrir espacios para mi partido. Discúlpame (Joaquín) si cometí un error contigo”. López-Dóriga replicó con una ironía: “Esta no era una mesa de partidos políticos, sino de ‘personalidades’”. Vociferante y con el rostro embotado, Andrade –excomentarista deportivo de Televisa– representaba la imagen de un régimen herido de muerte cuya agenda había impuesto a la mayoría de los medios de comunicación durante 70 años. El episodio fue uno de los más penosos, justo cuando el país daba el primer salto a la democracia.
Contrario a la condición sine qua non del exlíder cetemista Fidel Velázquez, según la cual si el PRI había obtenido el poder por las armas, solo “a balazos, y no con votos, podría perderlo”, la alternancia resultó pacífica. Tras múltiples elecciones fraudulentas para imponer a los candidatos del partido fundado por Calles en 1929, el cambio lo decidieron casi 16 millones de mexicanos cuyo sufragio favoreció a Fox (PAN). Sin embargo, la lucha por la democracia, ardua y fatigosa, no inició ni terminó en 2000.
Una de las sucesiones más controvertidas y violentas ocurrió en 1988. Francisco Javier Ovando y Román Gil Heráldez, operadores políticos de Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del Frente Democrático Nacional (FDN), fueron asesinados cuatro días antes de las elecciones. Mientras el país ardía en protestas por las denuncias de fraude, el líder del PRI, Jorge de la Vega, declaraba “contundente, legal e inobjetable”, la victoria de Carlos Salinas de Gortari. El PRD –sucesor del FDN– registró en ese sexenio la muerte violenta de al menos 400 militantes.
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