Cada Navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma (…) Nos detenemos delante del Niño, de María y de José: estamos contemplando al Hijo de Dios revestido de nuestra carne”, San José María Escrivá de Balaguer Jamás hubiéramos imaginado que pasaríamos una Navidad sin abrazos ni besos y aislados físicamente de tantos seres queridos. Añorando ver a esa persona tan querida pero que hoy nos es imposible; buscando encontrar las palabras y ponerle nombre a tantas cosas que hoy nos aquejan y frustran.
Nos toca vivir una Navidad donde tenemos removidas cada fibra de nuestra piel, donde vivimos el duelo latente, donde no sabemos cómo acomodar la nostalgia y la soledad.
Una Navidad sin abrazos, pero buscando tener una mirada que traspase ese afecto.
Una Navidad sin besos, pero buscando tener palabras en la boca que hagan sentir querido y acompañado al otro.
Una Navidad sin fiestas grandes, pero con el corazón cercano a las personas que este año más hemos agradecido y valorado.
Una Navidad sin grandes deseos más que el de estar juntos, el de tener salud y de agradecer el regalo tan grande de la vida.
Una Navidad que no se enfoque en abrir regalos, sino más bien en abrir el corazón.
Y es que, ¿cómo se puede entender la Navidad en una pandemia en medio de tanto dolor? Creo que solo dejando de querer entender a los ojos de la razón y adentrándonos al nacimiento que nos llena de esperanza y nos ratifica que aún dentro de todo, Dios viene a darnos a su hijo y a llenarnos de su gracia.
El Niño Jesús viene a nacer en un pesebre lleno de paja, buscando quién le dé calor, quién le dé un hogar. Quién tenga un corazón abierto y lleno de amor para dar. Esta Navidad no podemos llegar indiferentes ni siendo los mismos al pesebre. Hemos de llegar con un corazón agradecido, dispuesto, reflexivo y compasivo. Es natural que esta Navidad se nos destapen recuerdos, nostalgias y emociones complicadas y más aún con lo difícil que ha sido este año para todos. Pero hagamos consciente que el mayor peligro de esta época es dejarnos abrazar por la desesperanza, y estacionarnos en la tristeza. No permitamos que el mundo, hoy tan lleno de dolor, de conflictos económicos, políticos y de todo tipo, nos robe la posibilidad de adueñarnos de ese inmenso regalo que Dios nos da: la Sagrada familia.
Si hemos logrado vivir una apertura en el corazón, hemos logrado que Jesús entre a nuestro corazón y lo hemos arropado. ¿De qué serviría estar arreglados, con el outfit perfecto para la foto, la comida deliciosa, los regalos listos, pero huecos por dentro, como son las esferas que compramos para decorar. En este año de pandemia, hoy más que nunca la vida nos ha enseñado que:
De qué nos sirve una casa llena de decoración navideña, llena de regalos y llena de eventos… si no podemos abrazar y estar cerca de quien más queremos, si no tenemos salud, o estamos lejos de nuestros seres queridos.
De qué nos sirve hacer las cosas “perfectas”, si no hay una mirada de afecto, de compasión, de perdón, de inclusión, de fraternidad hacia nuestros semejantes, nuestros familiares, los que tenemos cerca, los desconocidos, los que hoy se cruzan en nuestra vida.
¿Quieres vivir realmente la Navidad? Métete al nacimiento, contempla el Belén tú siendo parte de él. Visualízate a un lado del pastor y decídete a querer renovar todo lo que pasa en ti, renovando de nuestra piel para adentro.
Eso es lo que sí podemos renovar, y cada año el Belén nos regala como oportunidad. ¿Quieres ser parte de él? Comienza limpiando esa mirada, esa que se nos va ensuciando, empañando con los años y las heridas. Visualiza al bebé y medita cómo todos nacemos como un bebé: Indefenso, necesitado de nuestros padres y de su amor para sobrevivir. Fulton Sheen, arzobispo de Estados Unidos, decía que el comprendió porqué Dios quiso nacer bebé: Porque nadie puede amar algo que no pueda rodearlo con sus brazos. Los brazos son una extensión del corazón.
Solo aquello que somos capaces de abrazar, somos capaces de amar. Como seres humanos tenemos la necesidad de abrazar para expresar nuestro afecto.
Hoy no puedes abrazar a todos los que amas, pero sí puedes abrazar a este bebé que tanto anhela ser abrazado. Cárgalo y regálale tu amor. Deja de fijarte en el aspecto físico de tu nacimiento. Lo importante es tocar al Niño Jesús de tu nacimiento, cargarlo, y dejar que tus hijos también se acerquen.
Acércate al nacimiento, acércate al pesebre, disponte a estar ahí para que José y María te permitan cargar a su hijo. Y observa cómo al igual que tu, José y María están dentro de un misterio que todavía no pueden comprender, cómo tal vez tú estás hoy en tu propia vida. Mira el nacimiento, identifícate: ¿Qué tienes que ofrecer? ¿Qué acto de amor, de perdón, de dolor o situación tienes para entregarle?
Esta Navidad decide ser un verdadero Belén acogedor, lleno de amor, de un corazón limpio y puro dispuesto a dar y no buscando recibir. Purifica tu corazón y déjate transformar por este milagro de amor. Dile con el corazón frente al pesebre, Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti.
Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a ti. Señor mío y Dios mío, despójame de mi mismo para darme todo a Ti.” (Torras)
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