La cotidianidad se rompe como una burbuja.
Lo que se daba por sentado deja de existir.
Un pequeño bulto se convierte en todo.
¿Qué hacer?, ¿qué pasará?, ¿por dónde empezar?
No hay manual para saber cómo reaccionar ante el diagnóstico que nunca quisiéramos escuchar.
Mis hijos están chicos.
Mi familia me necesita.
El tratamiento es costoso: mi trabajo, mis ahorros, mi vida.
¿Pongo pausa o me voy olvidando de todo?
“Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro”.
Recuerdo ese fragmento leído en un libro y rompo en llanto.
Dicen que tienes que mantener el buen ánimo, que lo importante es seguir adelante.
¿No saben que el miedo invade todas mis células?
Es como andar con una sentencia bajo el brazo.
Lloro, me niego, me quiebro: no quiero medicina ni tratamiento, no quiero dolor, no quiero sufrir.
Quiero que esto sea sólo un mal sueño y despertar y volver a ser normal.
¿Qué hice para merecer esto?
Me veo al espejo y me asusto: hace mucho que no me maquillo, ni me peino, ni sonrío.
Lo primero que te quita el cáncer son las ganas de vivir.
Me he vuelto una persona gris y, lo peor, mi estela de amargura alcanzó a todas las personas que quiero.
¿Voy a permitir que me venza sin haber luchado?
A mí que nunca me he rendido.
A mí que he superado incontables retos.
A mí que he llegado hasta aquí.
No, no le haré las cosas fáciles.
Aquí empieza el primer día del resto de mi vida.
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