De vez en vez, los saltillenses nos conmocionamos por tragedias que por absurdas tocan las fibras más sensibles del entramado social, especialmente cuando los involucrados son jóvenes estudiantes, pero, como siempre, de la sacudida inicial no pasamos y, obviamente, no asimilamos ningún aprendizaje.
Recientemente se registraron los casos de Andrea y Javier, ambos muy jóvenes, ambos estudiantes que murieron en aparatosos accidentes en los que el alcohol y el exceso de velocidad fueron la causa en común.
Andrea salió de una fiesta de madrugada, y su amigo, el que conducía, estaba ebrio. Los peritajes refieren que iba a 150 kilómetros por hora y se estrelló. Sobrevivió, junto con otro joven, pero Andrea no tuvo esa suerte y su cuerpo inerte quedó sobre el pavimento.
Javier, otro estudiante, igualmente muy joven, salió de fiesta con dos amigos. Se embriagó y tomó el volante de su auto. Se mató y uno de sus acompañantes quedó gravemente herido.
Son tragedias que, por absurdas y por involucrar a estudiantes, conmocionan a la sociedad, pero de ahí no pasa, de una sacudida momentánea, y mientras no entendamos que es responsabilidad no solo individual, sino de todos el prevenir que personas alcoholizadas manejen, pues no pasará mucho tiempo para que suceda de nuevo.
El alcohol y el volante son una combinación potencialmente fatal; es como si se le diera una pistola cargada a una persona que no es consciente de sus actos, y eso no es otra cosa que una invitación abierta a la tragedia. Manejar alcoholizado es un crimen social, y ojalá pronto todos lo entendamos.
Y a manera de posdata, una recomendación a las autoridades: en lugar de colocar alcoholímetros que todos evaden, aplíquense y pongan en alerta a todas las unidades que circulan por las calles, quién sabe, tal vez podrían evitar otra tragedia, si ubican y detienen a tiempo a los que no son conscientes de lo que hacen.
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