Mientras la realidad mediática no coincida con el mundo real, difícilmente lo transformará. Cuando el régimen y los medios actuaban al unísono, la verdad oficial era casi la Biblia.
La televisión se hacía eco del Gobierno y tendía cortinas de humo, según la coyuntura. La gran prensa, la “comentocracia” y algunos diarios regionales gozaban entonces de enorme influencia, aunque no siempre de prestigio.
Tal situación les permitía encumbrar o destruir a algún político, máxime si la línea “venía de arriba”. El “orden” pudo sobrevivir las alternancias PRI-PAN, pero colapsó cuando el poder pasó a manos de Andrés Manuel López Obrador.
Los medios de comunicación tradicionales –salvo excepciones como el Excélsior y el Proceso de Julio Scherer– subordinaban su agenda a la Presidencia de la República, de la cual eran afluentes.
Cuando la consigna era apartar del camino a rivales incómodos o riesgosos, la maquinaria era implacable; el arma preferida era el linchamiento político. Un caso emblemático fue el de Óscar Flores Tapia. El Gobernador de Coahuila renunció en 1981, tres meses antes de concluir su mandato, en medio de un bombardeo mediático dirigido desde Los Pinos.
El presidente José López Portillo visitó Coahuila en 1982, recién iniciada la gestión de José de las Fuentes Rodríguez. El Gobernador me contó poco después: “Subimos al autobús, y lo primero que me preguntó el Presidente fue por los ‘conflictos’ y las ‘irregularidades’ financieras que supuestamente Óscar me había heredado. También quiso saber si lo iba a denunciar. ‘No’, repliqué, porque no hay nada que investigar. Las auditorías salieron bien, y no hay deuda”.
El tiempo pondría a cada uno en su lugar. Las estatuas de López Portillo, erigidas en Monterrey y Campeche, fueron derribadas cuando aún era Presidente. Los bronces de Flores Tapia en el Teatro de la Ciudad y en la calzada que lleva su nombre fueron desvelados décadas después de su renuncia, y permanecen intactas.
La relación entre la prensa y el Estado se ha basado casi siempre en el dinero y en el intercambio de favores. López Portillo lo dijo sin tapujos: “No pago para que me peguen”.
Medios y periodistas que no se plegaron al poder, como Scherer, José Gutiérrez Vivó, Pedro Ferriz y Carmen Aristegui, fueron víctimas de acoso, boicots publicitarios y despidos.
El Presidente que pagó más para no ser golpeado fue Enrique Peña Nieto. De acuerdo con las organizaciones Artículo 19 y Fundar, el llamado “telepresidente” gastó en publicidad más de 60 mil millones de pesos durante su sexenio. Sin embargo, ni Salamanca ni el dinero prestan lo que “natura no da”. Los escándalos perforaron el blindaje y Peña se volvió indefendible.
Cuando el presidente López Obrador presentó en una de las mañaneras la nómina de vacas sagradas que recibieron contratos del Gobierno peñista por difusión y otros conceptos, “los mariachis callaron” y los críticos batieron tambores de guerra.
Ya sin el escudo del presupuesto, AMLO se convirtió en “piñata” de los poderes fácticos. Los errores de la 4T, algunos de ellos graves, se magnificaron, los proyectos de infraestructura se impugnaron y los aciertos fueron puestos en tela de juicio.
La fórmula lopezportillista según la cual los “golpes” de la prensa se detienen con dinero, funcionó como placebo. Peña Nieto terminó con una aprobación del 20-24 por ciento. AMLO, a pesar de la animadversión de los grupos de poder, o quizá por ello, recibió una calificación final del 68-70 por ciento.
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