Carlos Dávila fue un gran sacerdote comprometido con su trabajo y con cada uno de los integrantes de su comunidad, a quienes trataba con gran amor y comprensión.
Carlitos estaba por terminar la instrucción primaria, cuando el párroco de San Esteban, en donde era monaguillo, le preguntó: ¿Dónde vas a estudiar la secundaria? ¿Por qué no la haces en el Seminario Diocesano de Saltillo?
-No señor-, fue la respuesta tajante de aquel niño.
-Te digo que sería una muy buena opción hacer la secundaria en el Seminario, ya después tú decides si continúas la preparatoria y la carrera que desees.
Y le tomó la palabra. Entró al Seminario para hacer la secundaria con 11 años. Se fue adentrando en la labor interna del recinto, le gustó el ambiente y la camaradería de los estudiantes. Descubrió una vida muy ordenada en los estudios, en la disciplina, en la piedad y hasta en los juegos. Hay que recordar que los seminaristas tenían fama de buenos deportistas, sobre todo en futbol soccer.
Carlos Dávila, sin sentirlo, terminó la secundaria y luego la preparatoria. Era el momento de decidir, ser sacerdote o emprender otra carrera, casarse y tener hijos, u obedecer al obispo en turno y trabajar todos los días por los demás. Y dijo sí, e inició los estudios de Filosofía en el Seminario de Monterrey, luego en el de Guadalajara, donde encuentra el ambiente ideal para estudiar cuatro años de Teología y llamado por el obispo regresa a Saltillo para dar clases en el Seminario Menor.
Era Obispo de la Diócesis de Saltillo el inolvidable y querido don Luis Guízar Barragán, quien lo ordena sacerdote la noche del 18 de abril de 1954 en la Catedral de Santiago.
Más de 50 años al servicio de sus feligreses, los últimos lustros al frente de la iglesia de San José, donde fue muy querido y respetado el bonachón sacerdote, cuya conversación era de lo más agradable, bromista, espontáneo y declamador. No tenía empacho en platicar de su vida, con mucha gracia y amenidad. Prefería las tortillas de harina a las de maíz, le gustaban los cortes de carne de res, no le hacía el feo al pescado, aunque no le gustara mucho, pero lo que más disfrutaba era la fritada norteña de cabrito.
Era aficionado a la televisión, donde veía programas de todo, pero esencialmente los noticieros. Era afecto a las series de detectives, experto en guerras e historia.
Fue más de 25 años vicario general, que hace las veces de Obispo, y desde 1974 designado capellán de San José, en el sur de la calle Obregón, donde principia el Barrio de Landín.
Más sobre esta sección Más en Coahuila