Al igual que cuando el semáforo nos envía señales para cambiar el color, así en nuestra vida hay que aprender a interpretar los mensajes que con cierta frecuencia nos llegan y no nos detenemos a analizarlos, mucho menos a interpretarlos para así tratar de corregir conductas erráticas, que de no hacerlo terminarán dañando a todos por igual.
Lo que está ocurriendo en todos los ámbitos de nuestro país, ya se veía venir. Nos asombramos de la violencia que ha crecido a pasos agigantados; sin embargo, no se ven soluciones reales.
Vamos por partes.
Recientemente, gracias a un video que fue grabado y subido a las redes, nos dimos cuenta de la golpiza brutal y excesiva propinada por 8 jovenzuelos a un chico. ¿La razón? Una discusión al interior de un antro, misma que según testigos, la inició uno de los muchachos del grupo mayoritario por haberle aventado cerveza a la acompañante del joven que resultaría afectado.
No hay duda de que el alcohol es muy mal consejero y en “bola” como suelen ir los agresores, creen tener el mundo a sus pies, al grado de no medir las consecuencias de sus actos.
La inhumana golpiza que recibió el joven estudiante lo ha mantenido en estado crítico en un hospital de la CdMx. Las lesiones recibidas fueron de tal gravedad que podría perder un ojo. La pregunta que yo hago es ¿Tienen alguna excusa válida los agresores?
Bravucones y cobardes porque no han sido capaces -hasta el momento de escribir la presente colaboración- de dar la cara; de asumir su responsabilidad como hombres de bien; de aceptar su culpa.
Alumnos de instituciones de mucho prestigio, lo cual no basta si falta algo muy importante que se encuentra en el ambiente familiar. Porque es ahí donde se reciben las primeras clases de convivencia en una educación con valores.
El respeto, fundamental en las relaciones humanas, se ha ido perdiendo y queda evidenciado en la conducta que asumen hoy en día personas de cualquier nivel socio económico.
Lamentable pero cierto. Diálogo, razonamientos; ofrecer disculpas ¿para qué?
La violencia está en todas partes y cada vez más cerca de nosotros, de todos.
La delincuencia hace de las suyas a plena luz del día, en sitios concurridos. No respeta edades ni rangos. El riesgo es para todos.
¿Se debe tolerar el desorden existente? Yo creo que no. Todo tiene un límite y lo debemos imponer ¡Ya!
Hay algo que debe ser preocupante e inaceptable a la vez. El ataque frecuente a nuestras Fuerzas Armadas por parte de las organizaciones criminales. ¿Nos hemos detenido a reflexionar en lo que sería de nuestro país sin ellos? ¿sin los militares? ¿sin los marinos?
Yo creo que no lo hemos hecho; al menos no con la conciencia y el respeto que la noble institución merece.
Cuando un elemento muere en cumplimiento de su deber; cuando un convoy es emboscado por individuos pertenecientes a un grupo criminal, la agresión la debemos sentir que es al país y por consiguiente a todos nosotros.
Por lo tanto, no es justo que exhiban videos en las redes sociales tratando de poner en evidencia a los uniformados, mientras a los provocadores, a las lacras de la sociedad, los exoneren.
Hace unos días fue asesinado un militar; uno más que muere en cumplimiento de su deber. Cincuenta balazos, sin vehículo blindado. ¿Cómo puede suceder ese exceso de confianza? ¿O acaso recorte de presupuesto a quien merecía protección? ¿Quién pensó en su familia o se indignó por lo sucedido?
¡Qué mal andamos! Y todo por una política de seguridad “abrazos, no balazos” que no ha servido para nada, no para beneficiar a los ciudadanos.
Los abrazos para la delincuencia y los balazos para ciudadanos y fuerzas del orden. No ha sido un error de un gobierno sino un compromiso de éste con sus “cuates”. Y tienen el descaro de pretender seguir en el poder, con la destrucción que han provocado en el país.
Tolerar el desorden, la maldad, la descomposición social ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? Nuestro México merece mucho más que el odio y el salvajismo. Duele ver la destrucción de pueblos que, a pesar de las pérdidas y la miseria existente, se niegan a morir. Por ellos y por todos los que aún creemos que sí puede haber solución a los problemas, es hora de poner orden en nuestra casa común, nuestro amado y maravilloso país.
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