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Venezuela: lo que realmente estamos viendo

Por Columnista Invitado

Hace 1 dia

Por: Nadine Cortés

Hay una escena que explica mejor este momento que cualquier discurso diplomático: venezolanos celebrando en el exilio, en plazas ajenas, en departamentos prestados, frente a pantallas encendidas lejos de casa. Celebran una captura, un quiebre, un final largamente esperado. Celebran fuera porque quedarse fue imposible. Y, al mismo tiempo, gobiernos enteros reaccionan con incomodidad, cautela o rechazo. Hablan de soberanía, de no intervención, de precedentes. La distancia entre ambas reacciones es el verdadero tema de nuestro tiempo.

Durante años, Venezuela ofreció señales inequívocas de colapso humano. No fueron metáforas ni exageraciones: familias cruzando fronteras a pie, hospitales sin insumos, salarios incapaces de sostener la vida, cuerpos adelgazando por hambre, una sociedad empujada a elegir entre huir o resistir. Todo eso fue visto, medido y reportado. Naciones Unidas envió misiones, publicó informes, advirtió sobre violaciones sistemáticas. Hubo palabras. No hubo corrección.

La pregunta que se hace el ciudadano común es directa y legítima: si todo esto ya ocurría, ¿por qué el mundo no reaccionó entonces? ¿Por qué ahora sí? La respuesta no está en la ética —o no sólo—, sino en la estructura.

El derecho internacional no nació para rescatar poblaciones, sino para contener a los poderosos y administrar equilibrios. Funciona como freno antes que como salvavidas. Por eso puede convivir durante años con la violación masiva de derechos básicos sin activar respuestas decisivas. Mientras el sufrimiento humano permanezca administrable, el sistema observa, documenta y pospone. Reacciona cuando deja de poder hacerlo.

Eso es lo que cambió. El colapso venezolano dejó de ser interno cuando millones salieron del país y la migración empezó a presionar economías, servicios públicos y políticas en la región. Cuando la tragedia ya no pudo encerrarse entre fronteras, se volvió sistémica. Y el sistema, fiel a su lógica, se movió.

Aquí se entiende la escena actual: pueblos reaccionando desde la experiencia vivida; Estados reaccionando desde la obligación de sostener equilibrios que no siempre coinciden con esa experiencia. Para quienes huyeron, la libertad no es una consigna: es no tener que irse, poder quedarse sin miedo, comer, vivir. Para los gobiernos, en cambio, la pregunta central no es moral sino preventiva: ¿qué precedente se abre? ¿Podría replicarse?

Por eso el debate se divide de manera tan predecible. En tradiciones políticas más centradas en la soberanía, se denuncia la intervención porque ese principio es el último escudo que protege a cualquier poder de una acción externa. Defenderlo es defender la inviolabilidad del propio centro. En tradiciones más proclives a la intervención, se invoca la libertad porque ese lenguaje permite justificar la ruptura de un orden que ya no logra sostenerse. Discursos opuestos, función similar: preservar estabilidad.

Esta lógica no es nueva. La historia la repite con distintos escenarios. En los Balcanes, Europa miró durante años hasta que la inestabilidad amenazó con extenderse; en Irak, el deterioro humano fue tolerado hasta que el régimen dejó de ser funcional al equilibrio regional; en Libia, la acción llegó cuando el autoritarismo se convirtió en factor de desorden mayor. En todos los casos, los pueblos pagaron primero; el sistema se movió después. Demasiado tarde.

Conviene ser precisos: entender esta lógica no es celebrarla. Explicarla no equivale a justificarla. Nombrar cómo opera el poder es el primer paso para no quedar atrapados en sus narrativas. También conviene aclarar algo más: el derecho internacional no ha desaparecido. Permanece como marco normativo. Lo que ha cambiado es su centralidad efectiva cuando el poder percibe riesgo sistémico. El marco queda; la obediencia se vuelve selectiva.

Por eso resulta tan elocuente la imagen de estos días: un país celebrándose fuera de su propio territorio y un conjunto de Estados incómodos no solo por lo ocurrido allí, sino por lo que esa escena revela sobre sus propios límites. La incomodidad no nace del dolor ajeno —ese estuvo a la vista durante años—, sino del precedente que quiebra la ilusión de intangibilidad.

La discusión ética —soberanía contra libertad— cumple otra función: nos empuja a tomar partido emocional, a elegir cercanías y miedos. Es comprensible. Pero empobrece el análisis. Cuando quitamos banderas, nombres e ideologías, lo que aparece es más sobrio y más inquietante: un sistema que tolera el deterioro humano mientras no altere su funcionamiento y reacciona con fuerza cuando ya no puede ocultarlo.

Venezuela deja una lección incómoda. No sobre quién tiene razón en una disputa concreta, sino sobre cuándo el mundo decide actuar. Si algo enseña la historia es que los órdenes no colapsan cuando son injustos, sino cuando dejan de ser funcionales. Y cuando llegan a ese punto, el ajuste rara vez es delicado.

Antes del Fin

Y, sin embargo, esto no es un cierre. Es una apertura. Lo que se ha quebrado no es solo un régimen, sino la certeza de que el deterioro humano podía administrarse sin consecuencias. Otros países observarán esta escena no para imitarla, sino para medir su propia fragilidad: cuánto malestar, migración y erosión institucional pueden soportar sin detonar respuestas externas.

El efecto no será una cadena de intervenciones, sino reacomodos más discretos: endurecimientos internos, cierres discursivos y una diplomacia más cauta, con menor fe en el arbitraje multilateral. Se perfila un mundo más consciente de sus límites y, por ello, más tenso, donde el “precedente” pese más que el “principio”.

El riesgo es doble: para los pueblos, que la vida quede subordinada al cálculo; para los Estados, que la estabilidad vacíe los valores que dice defender. Venezuela no cierra una era: marca el momento en que el sistema dejó de mirar sin mirarse. Y entonces, el mundo no se ordena: se tensa.

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