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Coahuila

Violencia en la comunidad y su repercusión en las escuelas

Por Edgar Hernández Hernández

Hace 3 semanas

Es común pensar que la violencia pertenece únicamente a las calles, a las noticias o a determinados espacios de la sociedad. Sin embargo, quienes trabajamos todos los días con niñas, niños y adolescentes sabemos que sus efectos no se detienen en la puerta de una escuela.

La violencia también entra al aula.

No siempre lo hace de manera visible, pero deja huellas profundas en quienes la viven de cerca.

Después de más de 26 años dedicado a la educación, he aprendido que ningún estudiante llega al salón de clases aislado de la realidad que lo rodea. Cada joven trae consigo su historia, sus preocupaciones, sus sueños y también las experiencias que ha vivido dentro de su familia y de su comunidad.

Cuando el entorno se vuelve inseguro, la escuela también enfrenta las consecuencias.

Muchos adolescentes llegan con miedo, ansiedad o incertidumbre. Algunos tienen dificultades para concentrarse; otros muestran cambios en su conducta, disminuyen su rendimiento académico o presentan problemas para relacionarse con sus compañeros. En ocasiones, detrás de una actitud desafiante o de un aparente desinterés por la escuela existe una carga emocional que pocas veces alcanzamos a comprender.

La violencia no sólo deja heridas físicas.

También deja heridas emocionales.

Como director de la Escuela de Bachilleres, he confirmado que la educación no puede permanecer indiferente ante las situaciones que viven nuestros estudiantes fuera de las aulas.

Si queremos formar personas integrales, debemos reconocer que el bienestar emocional es tan importante como el aprendizaje académico.

Por ello, la escuela debe convertirse en un espacio seguro.

Un lugar donde los jóvenes encuentren respeto, diálogo y confianza. Un espacio donde sepan que serán escuchados, orientados y acompañados cuando enfrenten momentos difíciles.

No porque podamos resolver todos los problemas de la sociedad.

Sino porque podemos marcar una diferencia en la vida de quienes pasan buena parte de su tiempo con nosotros.

También es importante comprender que la violencia no siempre se manifiesta de la misma manera. Puede expresarse mediante agresiones físicas, pero también a través de insultos, amenazas, discriminación, exclusión, acoso escolar o violencia digital. Todas ellas afectan el desarrollo emocional de los adolescentes y deterioran el ambiente escolar.

Por eso la prevención debe ocupar un lugar central en la educación.

Promover la cultura de la paz, el respeto, la empatía, la resolución pacífica de conflictos y el diálogo no son actividades complementarias.

Son parte esencial de la formación de nuestros estudiantes.

Las familias desempeñan un papel fundamental en este esfuerzo. Cuando existe comunicación entre padres, docentes y directivos, resulta más fácil detectar cambios de conducta, brindar apoyo oportuno y construir redes de protección para los jóvenes.

La escuela no puede combatir sola los efectos de la violencia.

La comunidad tampoco puede hacerlo sin la educación.

Ambas necesitan trabajar juntas.

Después de tantos años formando adolescentes, sigo creyendo que cada maestro tiene la oportunidad de convertirse en un factor de protección para sus estudiantes. A veces basta una conversación, una palabra de aliento o la disposición para escuchar con atención para evitar que un joven se sienta solo frente a las dificultades que enfrenta.

Nunca debemos subestimar el poder de una escuela que inspira confianza.

Porque cuando un estudiante sabe que existe un lugar donde será respetado, comprendido y valorado, encuentra razones para seguir adelante aun en medio de la adversidad.

La violencia puede intentar arrebatar la tranquilidad de una comunidad.

Pero la educación tiene la capacidad de sembrar esperanza, fortalecer valores y formar ciudadanos comprometidos con la construcción de una sociedad más justa y pacífica.

Esa es una responsabilidad que compartimos familias, docentes, autoridades y sociedad en su conjunto.

Porque educar no consiste únicamente en preparar a los jóvenes para un futuro profesional.

También significa formar personas capaces de rechazar la violencia, construir puentes de diálogo y convertirse en agentes de cambio para su comunidad.

Y esa, quizá, sea una de las lecciones más valiosas que una escuela puede ofrecer.

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