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Violencia que engendra violencia

Por Xavier Díez de Urdanivia

Hace 6 años

En días recientes se han producido disturbios en los Estados Unidos tras el ominoso homicidio del ciudadano George Floyd por un policía, al abusar inexcusablemente de la fuerza en su detención, haya sido cual haya sido la causa de ella.

La magnitud de la respuesta, que ha excedido ya aquel antecedente angelino tras la innoble golpiza propinada por la policía de Los Ángeles a Rodney King en 1992, se explica por la activista Tamika Mallory de la siguiente manera: “La razón por la cual los edificios se están quemando no es solo por nuestro hermano George Floyd. Se están prendiendo en llamas porque la gente aquí en Minnesota le está diciendo a la gente en Nueva York, a la gente en California, a la gente en Memphis, a la gente en toda esta nación ¡ya basta!”.

En el fondo, ese grito de rebeldía, y los violentos ecos que lo han replicado en todo Estados Unidos, es una declaración de guerra contra quienes, montados en una inexistente superioridad, piensan justificado el trato diferencial entre los seres humanos, prohibido en la Constitución que dicen venerar y que va pareciendo regir nada más, como aquí, solo en el discurso.

Hay, como el mencionado arriba, antecedentes que han sido, en ocasiones, incluso heroicos, pero nada tan generalizado, tan manifiestamente terminante como los de los días recientes. Su discurso, advertencia que a ratos se vuelve arenga, no puede circunscribirse a los Estados Unidos, porque el ejemplo cunde, y lo hace como reguero de pólvora en esta era de redes sociales abiertas.

Cuando advierte que no le importa “si queman el supermercado de la empresa Target, porque Target debe estar con nosotros en las calles exigiendo la justicia que merecemos”, hace blanco (curiosamente “Target”, en inglés) de su inculpatoria indicación a toda institución, toda persona que no se sume a su causa.

“No somos responsables por la enfermedad mental que se ha infringido en nuestro pueblo por las instituciones gubernamentales de los Estados Unidos y quienes tienen posiciones de poder”, expresó para precisar esa postura.

“Estamos en estado de emergencia”, dijo, “la gente negra (sic) está muriendo; si no obtenemos justicia, no habrá paz”.

Mientras eso pasa en los Estados Unidos, en nuestro país se vandalizan plazas, edificios, monumentos y muchas otras cosas, so pretexto de ejercer una libertad de expresión que no expresa nada y que, además, violenta los límites más elementales del ejercicio de todo y cualquier derecho: el respeto al que le es ajeno, el de los demás.

Por mucho que pueda pretenderse invocar justificaciones teóricas, nada sustenta prerrogativa alguna para el abuso; en cambio, hay límites infranqueables para ese potencial exceso y sanciones para el caso de que se actualice.

Si grave se antoja, por su significado social e histórico, lo que ocurre en Estados Unidos, más grave resulta lo que en México se está viendo. Mientras que allá se manifiesta un propósito que tiene, además, una plataforma teórica y una apetencia justificada, aquí se destruye sin expresar nada, sin ideas, sin justificación alguna.

Para peor, hay sospecha de que las acciones pueden obedecer a represalias políticas de baja estofa y hasta indicios de sus orígenes. Eso sería inadmisible. El horno, dirían las abuelas, no está para bollos. Quien suponga que puede aislarse de todo mal encerrándose a piedra y lodo en algún imaginario refugio ajeno a la realidad, yerra y olvida que quien siembra vientos recogerá tempestades.

Es verdad: no todos vamos en el mismo barco, pero sí navegamos en el mismo mar. La violencia engendra violencia y no hay “pajarito” que venga de donde quiera venir para dar consejos que lo eviten.

Se atribuye a Gandhi haber dicho que no hay camino para la paz, porque la paz es el camino. No lo comparto, porque sostengo que el camino para la paz es la justicia, que implica, en todos, el permanente y constante reconocimiento de los derechos de los demás y su irrestricto respeto.

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