La familia de este famoso poeta y político saltillense vivió en el Ojo de Agua.
El poeta decía “tacita” a la pequeña casa construida sobre un barranco, donde pasó algunos años de su juventud en el número 789 de la calle de Hidalgo sur, en la primera pendiente del barrio del Ojo de Agua, antes de ir a radicar en la Ciudad de México donde hizo una campaña política que lo llevó a ser diputado federal y embajador de México en Cuba.
Otilio González murió joven, asesinado junto con un grupo de partidarios del precandidato a la Presidencia de la República, Francisco Serrano, en la famosa masacre de Huitzilac, Morelos, muy cerca de Cuernavaca, matanza ordenada por el carnicero Álvaro Obregón, quien quitó de enmedio a todos sus adversarios para llegar solito a la Presidencia de la República, tras el asesinato de Venustiano Carranza.
Dice el refrán: “El que a hierro mata a hierro muere”. Obregón correría igual suerte cuando por segunda vez se lanzó por la Presidencia del país y fue asesinado de la forma más infantil del mundo. Un hombre le solicitó hacerle un dibujo en un banquete en el restaurante La Bombilla, de la Ciudad de México, y repentinamente sacó un arma y dio muerte al mal llamado caudillo, o el “Manco de Celaya”, como se le conocía al sonorense.
Otilio González Morales nació en Saltillo, en el año de 1894 y murió fusilado en 1927, contaba apenas con 33 años.
Pero volvamos a la tacita o casa de los González Morales, donde habitaron la mamá del poeta, doña María de Jesús y sus hijos Héctor y Gudelia. En esa vivienda falleció la señora y los hermanos emigraron para siempre a la Ciudad de México, donde tenían una tienda de antigüedades, es la última noticia que se tiene de ellos.
“Volveré con la luna de enero, cuando el pueblo se vista de gris; y otra vez me dará tu bracero buñuelos melados y bollos de anís”. Es parte de un bello poema que Otilio González Morales dedica a su mamá, haciendo una recordación de las costumbres del Ojo de Agua y del Saltillo.
Héctor, su hermano, era un tipazo, alto, elegante, de buen vestir que salía de la tacita, o sea la casita, construida sobre un barranco a la cual se ascendía utilizando unas escaleras que se construyeron con la misma caprichosa topografía donde se edificó la vivienda.
Héctor era empleado estatal y dedicaba su tiempo libre al teatro experimental y a las bellas artes. Las reuniones en la tacita eran célebres, según escuchábamos de niños la música y las canciones y la algarabía que los invitados provocaban.
La casita de la familia del malogrado poeta y político Otilio González Morales formaba parte de nuestro barrio, de nuestro entorno. Era nuestra.
Ahí concurrieron personajes de la vida intelectual del Saltillo romántico, como Federico González Náñez, doña Carmen Aguirre de Fuentes, Óscar Flores Tapia, Dalia Íñiguez, Lurdes Valdés, Jacobo González, Marcía Flores, Jorge de la Peña, Cecilia Rodríguez Melo, entre otros que escapan a mi memoria.
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