Arte

Publicado el lunes, 20 de septiembre del 2021 a las 04:10
Arteaga.- Quizá Saltillo tienda a la brevedad. Sus habitantes son parcos de palabras y la arquitectura de sus calles gira, siempre, hacia el asombro. Por eso no es de sorprender que Julio Torri hiciera de la microficción su campo narrativo de preferencia, y por ello tampoco que el Premio Nacional de Narrativa Breve y de Literatura Digital que lleva su nombre, recayera en Alan Argüello y Marco Arellano Arredondo, dos autores locales, quienes recibirán el galardón hoy en la Feria Internacional del Libro de Coahuila 2021, acompañados de Danush Montaño, quien lo ganó en 2020.
En el caso de Argüello, su literatura es una mezcla de las obsesiones filosóficas y la imaginación, un sitio vivo en el que “esos problemas estuvieran vivos”, en el que las metáforas fueran seres o historias, por ello no había un mejor título que El Jardín de los Prodigios, con el que resultó vencedor en la categoría de Narrativa Breve.
Argüello llegó tarde a la literatura, apunta en entrevista con Zócalo, sin embargo fue su encuentro con Jorge Luis Borges, quien le demostró que “la literatura filosófica tiende a hacia la precisión en el mejor de los casos, pero son lecturas cuyo lenguaje alejan al lector”, en cambio “en la literatura, especialmente en la ficción especulativa, las ideas de la filosofía se vuelven vivas. Pues ya no importa tanto estructurar un argumento o un problema, sino comunicar algo a través de las emociones, porque una de las particularidades del cuento es que tenga un mismo efecto y que todos sus artificios estén destinados a producir una sensación que cala en la emocionalidad, mientras que el tratado filosófico apela a la racionalidad”.
Para ejemplificar esa idea, Argüello recurre al argumento de una de las historias de su libro en la que las personas son enterradas solo hasta que cumplen 75 años. Así que si alguien muere a los 15, estará destinado a rondar como un zombi, un muerto viviente, durante 60 años. “Es como decir que muchos estamos muertos en vida”, explica el narrador. “Creo que en la literatura importa más cómo van a afectar esos problemas filosóficos a las personas que en solo pensarlo”.
Por ello El Jardín de los Prodigios aborda la imaginación desde sí misma y con planteamientos puros de la fantasía o la ciencia ficción, aunque también desde el realismo. Sin embargo, la distancia que dan los géneros imaginativos permite un análisis discreto de las implicaciones de la filosofía, que el mismo Jorge Luis Borges definió como “una rama de la
literatura”.
Así, el cuentario recopila 55 microrrelatos que apuntan a la precisión y la brevedad, cuya función es la de impactar al lector en su última frase para moverle el mundo, cambiarlo de realidad o, simplemente, descolocarlo con el asombro que lo invite a releer nuevamente.
“
En el caso de la ficción especulativa está el punto de que no solo el personaje tiene un conflicto, sino que el mundo mismo es un reflejo de ese, por eso un mundo imaginativo me permitía volver real esa obsesión”, comenta Argüello, quien es filósofo de profesión.
Mundo digital
Mientras que El Jardín de los Prodigios apuesta por una prosa que lleve al lector a la imaginación, el trabajo de Marco Arellano, lleva la imaginación al lector con su libro El Grito que no Puedo Escuchar, un videojuego narrativo que triunfó en la categoría de Literatura Digital y en el que plantea una cuestión clave: ¿qué pasaría si en el futuro, cuando los humanos sean parte máquina, llega una pandemia virtual como la que aqueja actualmente este tiempo capaz de robar quien se es?
Para el programador “El Grito que no Puedo Escuchar hace una crítica social de lo que estamos viviendo ahora, porque pienso que la tecnología es bastante invasiva, lo cual es ciertamente preocupante porque esta funciona bien: podemos comunicarnos, nos ayuda a hacer nuestro trabajo, pero creo que hay una parte oscura en la que nos hemos vuelto codependientes de nuestras redes sociales y eso es muy malo para la actualidad, porque tergiversa el uso correcto de estas cosas”, ya que puede llegar el punto en el que “vamos a normalizar las cosas de ahí que nos vamos a volver insensibles a lo real y lo virtual, a lo que sucede ahí”, como explicó Arellano.
Eso se ejemplifica cuando, en algún punto del juego, el personaje recibe puntos en Starshine, una red social que domina su información al saber que un conocido está infectado por el virus Asesino Corona. Pero el juego también aborda esa forma en que nos relacionamos con la tecnología y lo virtual, pues el relato se conforma de dos puntos de vista: un usuario del SVK3 –un aditamento tecnológico–, y la inteligencia artificial personal de cada quien. Así, el diálogo y la narrativa contrapone la humanidad y la artificialidad.
El Grito que no Puedo Escuchar –referencia del cuento No Tengo Boca y Debo Gritar, de Harlan Elisson–, se desarrolla en un futuro distópico en el que diversos países crearon meganaciones que se declararon la guerra destruyendo el mundo como se conocía. Aún así algunas ciudades existen, entre ellas NeoSalto, urbe que permanece debido a su labor industrial.
Y si la lectura del libro, que puede jugarse en la página del Centro Cultural Digital, tiende al pesimismo es porque la relación actual que mantiene la sociedad con la tecnología habla de un futuro nada halagüeño.
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