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Coahuila

Y las golondrinas se fueron también…

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 5 años

Mi primer encuentro con al Hotel y Banco de Coahuila tuvo lugar a mis 10 años, cuando acompañé a mi abuelito Jesús Dávila Morán,  priista de hueso colorado, a un mitin del único candidato a la Presidencia de la República, Adolfo Tomás Ruiz Cortinez, el hombre del eterno moño sobre el cuello de su camisa, como símbolo de su personalidad fifí, quien desde el balcón que daba al norte de la calle de Allende, del inmueble de 6 pisos, se dirigió a la concurrencia.

Saltillo era una ciudad chaparra en materia de construcciones y este edificio sobresalía del resto de la mancha urbana  y era visible desde los cuatro puntos cardinales. Su fachada de cantera potosina y su estructura señorial le daban una característica especial a la ciudad.

En 1902 se inaugura en la capital del estado este edificio que albergaría en toda su vida al Banco de Coahuila, un edificio de cantera a cargo del arquitecto americano Alfred Guindó, llama la atención que este edificio tenía dos propósitos. Por la calle de Allende era el Banco (plata baja) y entrando por la calle de Juárez era el “Hotel Coahuila” (pisos superiores). Era el hotel más fino de la ciudad en aquellos días llegándose a hospedar ahí Francisco I. Madero. El edificio se ubicaba en la manzana delimitada por las calles Victoria, Allende, Juárez, y Morelos en el centro de Saltillo. En su planta baja operaba una cantina, denominada la De los Bajos del Hotel Coahuila y una famosa peluquería.

Desde uno de los balcones el señor Madero, que arengaba  al pueblo durante su campaña presidencial, para tumbar del poder al dictador Díaz, recibió la orden del inspector de la Policía local, lógicamente identificado con el porfirismo, de bajar del balcón y a quien después sería conocido como el mártir de la democracia, simplemente cambió de balcón y desde ahí seguía con su mensaje. Cuando el gendarme llegó a dicho balcón se cambió de lugar y así lo hizo sucesivamente, ante el regocijo de la concurrencia, que seguía entre risas dicha persecución.

Todo esto queda en el recuerdo, pues el edificio fue bárbaramente destruido y nada se pudo hacer contra la incuria y la ignorancia. Un grupo de distinguidas damas saltillenses, encabezadas por doña Conchita Rodríguez Narro, en vano se empeñó en rescatar para la comunidad saltillense el que consideraban preciado e histórico edificio de estilo colonial.

Correspondió al entonces gobernador Miguel Cárdenas colocar la primera piedra de este monumento inmueble que por más de seis décadas fue un símbolo de la ciudad, y según sus constructores, poseía la fortaleza para durar muchos años; sin embargo, el pretexto es que los interiores estaban en muy  mal estado y amenazaban con caer y provocar una tragedia. Sesenta y cuatro años después, el 6 de junio de 1965, el edificio fue derribo criminalmente, ante la complacencia de nuestras autoridades locales y estatales.

Inexplicablemente no lo supimos conservar aduciendo mal estado del edificio. En realidad solo su interior había resentido el peso del tiempo, pero era todavía “un adulto fuerte”.

El Hotel Coahuila era el mejor de la república, ofrecía baños de tina, regadera y ruso, peluquería, elevador eléctrico, plan europeo y americano, restaurante, cantina de primer orden; 30 cuartos con baño, todas con servicio de agua caliente y fría; 20% de descuento para los agentes viajeros y el mejor clima de México. Rezaba la publicidad.

La decisión ya estaba tomada por los poderosos señores capitalistas, nuevos dueños del edificio, encabezados por el tristemente célebre Manuel Espinosa Yglesias, poderoso banquero de la Ciudad de México.

Se perdió así uno de los edificios más señoriales y emblemáticos de la ciudad, al que estaba unido el recuerdo de muchos saltillenses. Fueron en vano las protestas y los esfuerzos de muchas personas, que conscientes del gran valor histórico del edificio trataron de oponerse a su destrucción.

Antonio Martínez, “La Bola”, el legendario y  ya desaparecido distribuidor de periódicos y revistas, un voceador “honoris causa” por la Universidad de la Vida, recuerda que fue tan sorpresiva la demolición, que pensó que el edificio se estaba cayendo solo. “Acomodaba mis periódicos, cuando escuché unos ruidos y golpes de barras de acero y martillos, que me obligaron, como a mucha gente, a voltear hacia el Banco y sentí cómo con cierta prisa fueron acabando con un hermoso edificio, que ni el presidente Orozco Melo, ni el gobernador Braulio Fernández, pudieron defender”.

El rostro de la ciudad era otro, quedaba como mutilada, pues por más de seis decenios la gente se acostumbró al monumental edificio y hasta las golondrinas que anidaban en él dijeron adiós. Decenas de estas aves se desplazaban mañana a mañana, tarde a tarde, rumbo a la Alameda  Zaragoza, tomando como ruta de ida y regreso la calle de Victoria, en forma  armoniosa y vertiginosa a la vez.

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