Los mexicanos somos un “Gran Pueblo”. Somos apasionados, alegres, entusiastas, creativos, carismáticos, hospitalarios, trabajadores, luchones, solidarios, tenaces, altruistas, y muchos más calificativos positivos, que nos permiten a los mexicanos conjugarnos en ese “Gran Pueblo” al que me refiero.
Por supuesto que también tenemos defectos y elementos negativos en nuestra personalidad nacional, que nos dañan en cuanto a nuestro desarrollo personal y comunitario.
Pero entre todas estas actitudes y acciones perniciosas que nos impiden avanzar, hay una que se destaca, y aunque aparentemente –por su bajo perfil– no es tan mala como otras más notorias, esta actitud negativa avanza, carcome y destruye como un cáncer silencioso y casi invisible, que poco a poco, pero inexorablemente, corroe por dentro el alma, el espíritu, y la fortaleza del “Gran Pueblo de Mexico”.
Esa actitud que asesina silenciosamente a nuestro ser es la “resignación”. La resignación es la aceptación pasiva de una situación adversa, caracterizada por la inacción o el conformismo. Implica rendirse ante un hecho creyendo que no puede modificarse, lo que a menudo genera sentimientos de frustración, impotencia y malestar emocional.
Resignarse es este sentido es perder la voluntad de rebelarse ante el sometimiento, es dejar de luchar por lo que es justo y correcto, es permitir que todos los días nos mientan, nos roben y nos traicionen, y tenemos más de 8 años “resignándonos” a que esto suceda, una vez tras otra, y otra también.
La intención de este artículo es reflexionar sobre el gran peligro de seguir “resignándonos” indefinidamente hasta quedarnos sin un país viable para vivir en él con paz, seguridad y desarrollo, es una reflexión relacionada con lo que nos está pasando en los ámbitos políticos, sociales y culturales, pero antes de llegar a ello, voy a realizar una analogía con lo que acaba de suceder este pasado domingo en el partido en el que el equipo de Inglaterra eliminó a nuestra Selección Nacional del Mundial de Futbol 2026.
Hace más de un mes, y debido a la inseguridad y a todos los demás problemas añadidos que prevalecen en nuestra lamentablemente vapuleada patria, se ponía en duda que la parte que nos correspondía como coanfitriones de este Mundial de Futbol 2026, se pudiera llevar a cabo en México.
Paradójicamente no había un sentimiento de júbilo u orgullo, porque nuestro país pudiera lograr el honor de ser el que más veces ha organizado la Copa Mundial de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), siendo el único en albergar el torneo en tres ocasiones, en comparación con otros países que ya han realizado el torneo en dos ocasiones, tales como: Italia, Francia, Brasil y Alemania.
Todos ellos países potencias futboleras, que incluso han ganado el Mundial en mas de una ocasión, siendo Brasil quien lidera este selecto grupo con cinco campeonatos, seguido por Alemania e Italia con cuatro títulos cada una, y Francia con dos mundiales ganados.
Es notorio y destacable que, aunque nuestro equipo nacional nunca haya pasado más allá de los Cuartos de Final del Mundial, seamos el país que mas veces hayamos sido sede del evento deportivo históricamente más visto del planeta, alcanzando audiencias globales acumuladas que superan los 5 mil millones de espectadores.
¿A qué se debe esto? Con todo respeto a nuestra Selección de futbol, no se debe a ellos, sino a la “gran afición y hospitalidad del pueblo de México”. Pero, aún cuando seriamos privilegiados en este sentido, el sentimiento ante la posibilidad de no lograr este gran honor, era de resignación total.
Ante el peligro de este inminente desastre, no había quejas, ni tristezas, ni siquiera miedo, sólo había una silenciosa resignación. Sin embargo, sorpresivamente, a raíz de ese primer triunfo de México ante Sudáfrica, todo cambió diametralmente, el gran pueblo mexicano despertó y todos juntos como una gran nación unida por el mismo sueño y esperanza, reímos, cantamos y nos abrazamos olvidando la división y rencillas que el Gobierno federal y Morena han estado propiciando intensamente desde hace 8 años en nuestra gente.
Y juntos gozamos y festejamos apasionadamente todos los maravillosos triunfos de México, reviviendo nuestra “alma mexicana festiva de alegría desbordada”, hasta que llegó el domingo, pero aún en los últimos segundos del partido no perdíamos la actitud de lucha ardiente, repitiendo como una sola voz el lema del “sí se puede”, pero inmediatamente después del silbatazo que finalizó el partido en el que fuimos deportivamente derrotados, la infinitamente mas peligrosa y triste “derrota espiritual” se apoderó del alma de los mexicanos.
En sus rostros inanimados como “zombis” no había tristeza, ni molestia, ni decepción, no hubo gritos, ni quejas, sólo una “gélida y mortal resignación”, y después del alegre sueño futbolero, despertamos a nuestra terrible realidad, en la que casi todos los días hay terribles noticias, a las que sólo reaccionamos con una “terrible resignación”.
Ese es la verdadera tragedia, que ya estamos acostumbrados y resignados a que este nefasto sistema todos los días nos mienta, nos robe y nos traicione, en todos los ámbitos y en todos sentidos.
Por eso mi respuesta y pregunta al título de esta columna es: ¿Qué hay que hacer para no resignarnos, y confrontar nuestra oscura realidad, qué hacer para brillar nuevamente, sin dudar que sí se puede, lograr ser de nuevo ese gran pueblo de México?
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