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Coahuila

¿Y tú, que estás dispuesto a hacer?

Por Irene Spigno

Hace 2 semanas

¿Se han dado cuenta de que un gran porcentaje de nuestras comunicaciones cotidianas son quejas? Según ciertos estudios, las personas “normales” se quejan un promedio de 15 a 20 veces al día. Nos podemos quejar de una infinidad de cosas: de nuestras familias, amistades, pareja, colegas de trabajo (y especialmente de nuestras jefas o jefes).

Pero también nos quejamos de la política, del clima, del tráfico, de la economía mundial y de muchas cosas más. Claro, hay personas más “negativas”, que tienen la tendencia a quejarse de todo, y personas más “positivas”, que tratan —aunque en muchos casos les cueste un esfuerzo considerable— de encontrar lo bonito incluso en las peores adversidades.

¿Por qué nos quejamos tanto? Quizás una de las razones podría ser simplemente tener un tema de conversación con alguien más. En otros casos, podría ser porque estamos enojados, tristes o frustrados y buscamos apoyo o consuelo en las demás personas.

Sin embargo, nos cuesta reconocer qué quejarse, casi nunca, incluso cuando hay problemas reales, constituye una vía para encontrar una solución. La queja es algo que solamente contribuye a disminuir nuestras vibraciones y nivel energético. Pero, de ninguna manera, nos permite analizar una situación determinada para tener la claridad suficiente y encontrar una solución adecuada a una situación que, real o aparentemente, nos está generando un profundo malestar.

Problemas hay por todos lados y en gran cantidad. Y muchas veces estamos tan ocupados victimizándonos y —por supuesto— quejándonos, que no prestamos atención a las posibles soluciones, que también pueden existir en gran cantidad y por todos lados. Esta “incapacidad” en la búsqueda de posibles soluciones está profundamente relacionada con la sensación que muchas veces tenemos de no valer mucho y de no contar con las herramientas suficientes y adecuadas para encontrar una nueva vía.

O, en muchos casos, la vida misma nos ofrece distintas opciones en bandeja de plata y nosotros, al verlas, las rechazamos porque nos da miedo incorporarlas a nuestras vidas. Esto podría implicar hacer un cambio importante, y el cambio asusta.

Sin embargo, todas y todos podemos hacer muchas cosas y en muchos niveles para cambiar la realidad de la que tanto nos quejamos: pueden ser cambios pequeños, casi imperceptibles, como una gota de agua, o cambios importantes que generan revoluciones. No importa la dimensión de la acción que se tome: los océanos son la unión de muchas gotas de agua.

Hace un par de días tuve la oportunidad de dialogar con un grupo de estudiantes de la licenciatura en Derecho de una universidad española que están participando en un programa cuyo objetivo es la implementación de varios proyectos de apoyo a comunidades en situación de vulnerabilidad en distintos países del sur global. Una de sus principales preocupaciones estaba relacionada con cómo una persona que estudia Derecho puede hacer algo útil para los demás, ya que no conocen el derecho nacional de todos los países en los cuales se implementarían estos proyectos.

El conocimiento es fundamental para que podamos desarrollar nuestras actividades con competencia y profesionalismo. Sin embargo, para poder hacer algo útil y necesario para resolver los problemas que aquejan a nuestras sociedades (y por los que no sirve de mucho quejarse), se requiere de una gran voluntad, valor y, por supuesto, acción.

Nunca pensemos que no podemos hacer nada. Siempre hay algo que se puede hacer, por pequeño e insignificante que nos pueda parecer. Pero quizás ese acto minúsculo, esa gotita de agua, puede cambiar vidas.

Esto es lo que todas las personas podemos —y deberíamos— hacer. Cada uno de nosotros puede hacer muchas cosas. Pero entonces, la verdadera pregunta sería: ¿y tú, qué estás dispuesto a ha

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