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Coahuila

Yo conocí a Naamán

Por Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Hace 10 meses

Tenía un retiro de fin de semana para personas que habían atravesado la difícil situación del divorcio, allá en Allende, Nuevo León, en la casa de retiros del Seminario Arquidiocesano, hace como 15 años (2009-2010). Un servidor confesaba fuera de la capilla en ese momento, cuando se acercó un señor moreno, maduro, que tenía mucho tiempo de no confesarse, 25 años aproximadamente. Lo confesé frente al hermoso y soleado jardín de la casa de retiros, lleno de anacahuitas, sabinos, crespones, naranjos y mandarinos. Esa tarde en especial se respiraba un fino olor a azahares y a tierra húmeda. Este amable señor, después de confesarse, se quedó muy complacido por lo que Dios había hecho en su corazón.

Por lo que de repente me sorprendió con su pregunta: Padre, ¿puedo llevarme un poco de tierra de aquí?

Me asombré mucho, y le pregunté: ¿Para qué la quieres?

Para sembrar un árbol y unas flores, solo un poco de tierra, para tenerla en mí jardín, quiero llevármela de recuerdo y hacer crecer un álamo o quizá un encino.

Lo miré escudriñando sus ojos, y le dije, ¿tú eres Naamán, verdad?

¿What? – Me contestó.

Claro que se quedó completamente desconcertado, y azorado, por lo que, ipso facto, me pregunta: padre, ¿de qué me está hablando?

Y yo le repetí: Sí, ¡tú eres Naamán!

Pero ¿por qué me dice eso?

Y le contesté: sí, en la Biblia se habla de un hombre como tú que fue con el profeta Elías a curarse, y el profeta en el nombre de Dios, lo curó, y el hombre muy agradecido, le pidió un poco de tierra para hacer un altar, ello, ante la negativa del profeta de recibir los regalos y riquezas que este señor le llevaba.

Así que tú eres Naamán, le espeté. Y siguió admirado y desconcertado. Y me preguntó: ¿dónde puedo encontrar eso? Y le contesté: búscalo en la Sagrada Escritura, en el Antiguo Testamento. Y se alejó caminando sobre el césped, bajo los rayos de sol que atravesaban los árboles y pegaban en su rostro.

Antes de irme de ese retiro, él ya había preguntado e investigado: “Segunda de reyes”, me alcanzó a decir, lleno de júbilo y emoción. Y se fue muy contento de ese retiro, con el perdón de Dios en su corazón, la cita bíblica bajo su brazo y un poco de tierra, en un saco de ixtle en su mano, para construirle a Dios un pequeño altar en su privilegiado jardín.

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